Category: Prosa


La Vida en la Ciudad de los Muertos

June 8th, 2007 — 11:09am

Un día, sin más, morí. Luego seguí mi vida con toda normalidad, como todos. La “muerte en vida” había sido adoptada por las autoridades de la ciudad para evitar los crímenes e imponer el orden. La vida había sido diseñada para que, llegada cierta edad, todo residente muriera y se convirtiera de esa forma en ciudadano. Todo aquel que no se apegara a esta ley era considerado rebelde y condenado a la muerte que, en todo caso, era la privación de la libertad. Pero hacía muchos que nadie recibía ese castigo, pues los que estaban “bajo sospecha de vida” eran buscados por grupos secretos y condenados a la muerte definitiva. A nadie le importaba que las cosas fueran así, porque realmente todos estaban muertos.

Pero mi destino había de ser muy diferente al de los demás, pues, tras muchos años de haber fallecido, pasó algo que cambio mí existencia: conocí a la mujer más llena de vida en este mundo de muertos. Todo sucedió una tarde, cuando regresaba del trabajo, en una de las tantas calles de la ciudad. Ella estaba sentada en una acera y, en el preciso momento en que nuestros ojos se cruzaron, mi corazón latió de nuevo. Fue algo muy pequeño, casi imperceptible, como un golpecito en el pecho. Ella era una mujer hermosa, de piel morena y ojos sencillos. De esas mujeres que puedes ver un instante, pero cuyo recuerdo perdura toda la vida…

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El Terminal

June 8th, 2007 — 11:09am

El día que Leni lo conoció no fue por obra de un encuentro casual, una cita a ciegas o el hipnotismo danzarín de las epilépticas discos de Marbella. Se lo habían presentado en el Programa de Adopción de Adictos Terminales.

Fue un trámite sencillo. La empleada administrativa le indicó como completar el formulario de Hacienda y que pasara el pulgar por la lectora del DNI digital. Le entregaron el “Catálogo de Disponibles”. Corrió las páginas de adelante para atrás y de atrás para adelante. Aunque dubitativa por tanta foto que la abrumaba, no le pasó por la cabeza claudicar sobre su misión: recuperar para el corral a una oveja descarriada.

Frente a las imágenes de los disponibles, detuvo el paso cansino del índice derecho y estacó la uña en el plexo del álbum. Quedó un minuto en silencio, luego dijo

- Quiero a este.

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Vanessa: Novelita rosa con espinas

June 8th, 2007 — 11:09am

Para V. A. V., donde quiera que estés

I

Había llegado un día antes y tomado posesión de un claustrofóbico cuartito en una pensión para estudiantes universitarios. No asistiría a esa universidad, cuyo campus se localizaba a poquísimas cuadras de allí, sino a una escuela de arte dramático, a una distancia considerable. Sabía que me quedaría por poco tiempo, pues había planeado volver a mudarme para seguir los estudios en un sitio mucho mejor, y me hallaba algo fastidiado. Los resultados finales del examen de ingreso me daban un segundo puesto, y estaba seguro de que se había cometido cierta irregularidad. El primer puesto (competidor seguramente igual a los demás, por el que no habría apostado ni mis calcetines rotos) me aventajaba por demasiados puntos, y tenía un nombre femenino en el que casi no reparé.

Fui a la escuela caminando y sin afeitar. La ciudad no me agradaba mucho, pero no me disgustó hacer ese primer recorrido a través de calles que no dibujaban aquel oscuro garabato donde había sufrido incontables días y noches de polvo y humillación. Cuando arribé al edificio, recordé la hora en que me decidí, de una vez, a probar mi valía tras los pasos de mi héroe de siempre, Dustin Hoffman. Aunque no entraba en el Actors Studio, en algún lugar había que empezar. Cubriendo los varios pabellones, subiendo las pétreas escaleras, la escuela se me antojó poco menos que asfixiante, y más gris todavía.

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El Escocés Tejedor

June 8th, 2007 — 11:08am

Desde muy pequeño había sentido predilección por la falda escocesa y por las muñecas. No podía decirse que fuera afeminado, sin embargo. Ni por un asomo. Le gustaban las mujeres como al que más. Sobre todo si llevaban falda escocesa y parecían muñecas.

El whisky también le gustaba y tenía un disco de Tin Lizzy del que escuchaba continuamente”Whiskey in the jar”. Le gustaban las faldas escocesas, las muñecas y el whisky

Y coser y borar. Y tricotar. Le dabas unas agujas y te podías despedir de él, que te lo agradecería: Salía a la terraza ,mínima e impracticable , de su minúsculo apartamente y se ponía a confeccionar un sueter, con innnata habilidad. Invertía horas en ello, olvidándose , a veces, hasta de las comidas. Días había que se los pasaba en ello, de sol a sol , y era una rutina más ,en medio o al lado de las cotidianas rutinas, el tráfico, los pájaros, la gente…

La gente sabía poco de él.Apenas que a la edad de 30 años agarró un premio fuerte de la lotería, tras lo cual abandonó toda actrividad laboral, repartiendo su tiempo entre un club deportivo a donde acudía para conservar la forma física y las agujas de tricotar, que empleaba para mantener la psíquica. Al club podía faltar algún dia. A las agujas nunca

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Octavia quedó en la guerra

June 8th, 2007 — 11:07am

(1)
NIÑAS QUE MIRAN

Estaba frente al espejo y en ardua tarea no dejaba detalle al azar esmerándose en la práctica cotidiana para que pareciera coquetería. Un espejo siempre hay que mirar antes de salir de la casa mi tía lo sabía, mas difícil por lo visto le resultaba eludir continuamente la feminización seductora que provocaba su inmanejable belleza. Podía ser que se pareciera a esa sensación horrorosa de mirar una foto propia de juventud ida y no eludir la nostalgia arrulladora que la haría desembocar en la segura frustración, eso mi imaginaba. Seguramente sería un descanso - aunque no la relajara el acto, el pensamiento se le apilaría tenso pero conocido- la tarea de desmejorarse y que pareciera descuido accidental, porque ese día, como le ocurre a cualquiera, no tuvo tiempo de arreglarse todo lo que hubiera deseado, que por un día quien la mirara comprendiera y asimilara la desarmonía como quien mira un cuadro torcido y amablemente lo enderezara con la mirada.

El equilibrio se ponía en marcha trabajosamente entonces, su belleza límpida se tergiversaba en una mala interpretación. Ella había sido el blanco de críticas subdesarrolladas por las ignoradas formas de armonía avanzada que aun no habían llegado a este país y que hasta descarnarla con agresiones no habían parado, avisada estaba, era una experiencia que no provocaría de nuevo. Nunca mas le ocurriría su belleza. ¿Pero por dónde escaparía esta? Se le ocurrió que tenía que ser en el reconocimiento desapercibido, mirarla y olvidarla al mismo tiempo, todos en todos los sitios, sin excepción, en la calle, en el ómnibus, en la oficina, en el vecindario, en la familia. Todos tenían que olvidarse del mismo recuerdo, habían visto a una mujer bella pero que ahora no podían describir cómo era y así sentía que esos “todos” se tranquilizaban, estaban seguros gracias a ella y su labor cotidiana y garantida además, si la volvían a ver ocurriría el mismo olvido y éste sería renovable ad perpetuam, no sería una belleza persistente en la estampación de ningún recuerdo armonioso sino como un olvido abstracto imposible de describir por esa gente y además sin importancia. Mi tía quería ser vista como una mensajera de paz a su puro costo, no como una mujer, ella no provocaría discusiones entre esposos por miradas furtivas del buen hombre ni de la actuación payasesca de mujeres menguadas siempre dispuestas a llamar la atención con guaranguerías. Ella prefirió su debilidad a asumirse en la casualidad de ser bella en un sexo todavía admirado con exclamaciones contorsionantes en su juventud, prefirió no correr ella el riesgo de ser apedreada con palabras. Nosotras estábamos ahí mirándola frustradas de que no pudiera ser extasiada nuestra visión.

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El viaje interminable

June 8th, 2007 — 11:07am

Un momento de tránsito eterno: eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse sobre la realidad inocua el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a S.L. estaba en su cuarto haciendo las maletas; por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando con claridad meridiana hacia el oeste.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Sería objetivo contabilizarlo en instantes? ¿Por qué no, a quién le iba importar ese computo… o cualquier otro? ¿a Todo? ¿Es, acaso, trascendental el cómputo de algo en una inmensidad cíclica y monótona de sombras? Esta vez, cuando S.L. terminó de hacer sus maletas ya era mediodía. Sentada en el borde de la cama buscó un pitillo en el cajón de la mesilla, lo encendió y escudriñó un lugar donde parar su mirada para repasar los capítulos de su itinerario, con la frialdad calculada de un caminante experimentado. El jardín estaba en calma. Desde la guirnalda, sus flores amarillas rompían la monotonía en verde del que fuera su jardín aquella mañana. Conjugar en pasado es la naturalidad de la señora marquesa; el presente se diluye en el viaje interminable: ni una sombra, cuánta luz en este premeditado desorden. Tomó la campanilla y la hizo sonar; al instante Fry, el mayordomo, estuvo tras la puerta: dos suaves golpecillos

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EL RELOJ

June 8th, 2007 — 11:06am

Dicen que el tiempo es un enemigo incansable que como un gusano nos roe el espíritu deteriorándonos lentamente hasta llevarnos hacia una inexorable y agónica muerte. Durante miles de años, los hombres lucharon contra este enemigo invisible buscando cientos de remedios que consiguieran el bien más preciado, la inmortalidad.

La casa era muy vieja, los muros desconchados que la sostenían emitían crujidos extraños lamentándose del peso que habían estado soportando desde su nacimiento, ya derrotados por la vejez, amenazaban con derrumbarse mientras aguantaban una enorme techumbre a la que faltaban algunas tejas como si fuera la cabeza de un anciano que va perdiendo el abundante cabello que tuvo en su juventud. Las puertas y ventanas miraban a la calle con ojos cansados desde unos vidrios sucios y gastados por los años que se mostraban como quevedos hacía tiempo ya, inservibles. En la mansión vivía un anciano al que todos en el pueblo tenían por una persona amable y muy querida.

El viejo Marcos, que era como le llamaban, era un hombre muy alto de cabellos níveos y de rostro agradable desde el cual unos ojos azules miraban con la alegría y calidez del mar en un hermoso día de verano. El longevo Marcos, pese a su edad, estaba lleno de vitalidad, y eran innumerables las veces que sorprendía a sus conocidos con sus muestras de energía casi juvenil. Hombre alegre, tenía dos hijas que marcharon del pueblo hacía tiempo, al casarse con hombres apuestos y de sólida posición, tal y como correspondía a los usos del momento. Al quedarse sólo, se decidió a contratar a un ama de llaves que habitaba en una casa contigua a la mansión principal y que se ocupaba de los quehaceres domésticos. Ésta, era ya una mujer gastada por el tiempo de carácter dulce y apacible que al quedarse viuda siendo muy joven, se había trasladado a la propiedad del anciano, huyendo tal vez, de una condena a la soledad que con el tiempo habría sido perpetua.

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El escocés tejedor

May 31st, 2007 — 2:50pm

Categoría: Prosa
Título: El Escocés Tejedor
Autor: Prosa029

Desde muy pequeño había sentido predilección por la falda escocesa y por las muñecas. No podía decirse que fuera afeminado, sin embargo. Ni por un asomo. Le gustaban las mujeres como al que más. Sobre todo si llevaban falda escocesa y parecían muñecas.
El whisky también le gustaba y tenía un disco de Tin Lizzy del que escuchaba continuamente”Whiskey in the jar”. Le gustaban las faldas escocesas, las muñecas y el whisky
Y coser y borar. Y tricotar. Le dabas unas agujas y te podías despedir de él, que te lo agradecería: Salía a la terraza ,mínima e impracticable , de su minúsculo apartamente y se ponía a confeccionar un sueter, con innnata habilidad. Invertía horas en ello, olvidándose , a veces, hasta de las comidas. Días había que se los pasaba en ello, de sol a sol , y era una rutina más ,en medio o al lado de las cotidianas rutinas, el tráfico, los pájaros, la gente…
La gente sabía poco de él.Apenas que a la edad de 30 años agarró un premio fuerte de la lotería, tras lo cual abandonó toda actrividad laboral, repartiendo su tiempo entre un club deportivo
a donde acudía para conservar la forma física y las agujas de tricotar, que empleaba para mantener la psíquica. Al club podía faltar algún dia. A las agujas nunca
Su traje de ponerse a tricotar , su uniforme(porque estaba convencido de que cada ocasión reuiere una vestimente adecuada), era falda escocesa, camiseta del Bayern de Munich, sandalias de playa y gorra de jockey. Ya fuera invierno o o verano, cayendo chuzos de punta o plomo derretido, unas veces más horas y otras menos, pero siempre dos como mínimo. allí estaba, en la terraza con plantas de su mínimo apartamento en el edificio Arco iris. Tricotando.
¿Relaciones?No se le conocían muchas relaciones al escocés tejedor. Este era el mote que le habían puesto los desocupados observadores. Un amigo de vez en cuando. Incidentalmente, se sospechaba que previo pago, una señorita…Pero básicamente el escocés tejedor era un tipo solitario; no taciturno, pero sí solitario. Salía muy poco y las veces que lo hacía eran para acodarse en la barra del EffenBar, un local de mala vida, dos manzanas mas allá de la calle Fifty. Tal vez quien mejor le conociera fuera Steady, quien siempre nos decía cuando le habábamos de él.
-Excelente tipo si no fuera porque es es un esquizofrénico paranoico agresivo cabrón.
Con las buenas referencias de Steady el escocés tejedor se había labrado un prestigio en el barrio bien capaz de conseguir que el timbrte de su puerta no sonara ni por error, y que el último saludo recibido ya fuera para McFile un recuerdo infantil.
Sin embargo, aquel día el timbre de su puerta sonó. Fue a abrir y alguien dijo
-Hola
Era una pelirroja de ojos claros, no muy alta, con medias verdes y aspecto de andar de vuelta de todo.
-¿Eres Ambulance?
-Sí-dijo ella.
-Pues vaya un nombre
-El mejor para atender según que tipo de urgencias..Ya sabrás, guapo que son veinte mil y las copas las pones tú. En euros no te sé decir
-Adelante, tú no te preocupes por eso.
La llegada había sorprendido a McFile tricotando un sueter blanco y negro y Ambulance le encontró vestido con lo que hemos llamado su uniforme de trabajo.
-¿Tú de que vas, macho?
-Es mi ropa de estar por casa.
-Anda que si….¿Me darás un trago?
-Te daré hasta un bocado-dijo él
-Con eso cuento
-Pues no cuentes tanto, que era por hacer la gracia. Siéntate, que te serviré algo. ¿Qué quieres tomar?
Ambulance se dejó caer en una forma absolutamente descuidada sobre un sofá en donde habías seis o siete muñecas vestidas a cuadros
-Un gin fizz, si no es mucho pedir
-No es mucho pedir, que va….
Cuando él se fue a prepararlo, la buena de Ambulance (estaba buena) se desperezó y empezó a quitarse la ropa maquinalmente. McFile volvió y ella ya estaba desnuda, únicamente con los zapatos y las medias verdes
-¿No tienes calor? Quítate esas medias, - dijo él
-Je, je…Graciosín el escocés Hmmm…Un gin fizz excelente. Los sabes hacer muy bien. ¿Quién te enseñó?
-Chandler
-¿Quién es ese?
–No le conoces. Y también me ayudó Steady, el del Effenbar
-Ah, si, conozco el sitio. Yo misma vivo en esa calle-dijo Ambulance, arrojándole una media a la cara.
-Vaya. ¿Y desde cuando te dedicas a …esto?
-¿A…urgencias? Pues…déjame pensar….Creo que exactamente desde que no tuve más remedio
McFile rió, con una perversa risa de punto de cruz. La otra media que Ambulance le arrojó quedó colgando de sus gafas y era en su cara como una gran lengua verde.
-¿Vamos ahora al tajo?
-Nada de tajo, Ambulance.- dijo él, colgando la media de la lámpara de pie.
-¿No estás preparado aún?La verdad es que no detecto gran excitación debajo del …skirt? ¿Se llama a sí? Siempre me ha intrigado saber que llevan los escoceses debajo de eso
-Pues debajo de eso llevan los dos escocese y…un inglés.
-Je,je. Por los menos ingles, si que llevarán.
-Tengo aquí debajo algo para ti y te lo daré en su debido momento..Ahora acábate el gin fizz
-De acuerdo, amorcito.No tenemos prisa. Con veinte mil pagas la tarde y la noche
Ambulance se volvió a sentar, tan completamente desnuda como estaba, y con las piernas cruzadas..Mientras tanto McFile hurgaba en el armario ropero.
-Estoy buscando algo para que te lo pongas
-Hombre…un fetichista,Lo que yo te diga, un muchacho muy completo.
-De fetichista nada. Es uns simple y pequeña manía. Tal vez la única que tengo.
Ella no pudo evitar una sonrisa.
-Si. Por lo demás eres un tipo normal y vistes muy corriente
McFile sacó una bolsa grande y con ella en la mano dijo
-¡Sígueme!
Fueron hasta el dormitorio. Ella se sentó en la cama.
-Hombre, mi querida pariente de las cuatro patas. ¿Cómo estás, amor?. Llevo ya cuatro horas sin verte.
-¿Esta mañana ya has estado de…?
-Sí. Un servicio. Ambulance siempre está dispuesta. No es por presumir, pero a una la solicitan. ¿Qué es eso?
-Un sueter
-Monisimo
-Pues sí.
-¿Dónde los has comprado? ¿En Jodebis?
-No. Lo he hecho yo
-¿Tú?¡No jodas! Déjame que vea…Pero si es perfecto.
-Póntelo
-¿Que me lo ponga? Deja, deja…Estoy desnuda y aún así tengo calor.
-¡¡Que te lo pongas he dicho!!
-Vale, hombre. Me lo voy a poner, no seas un sicópata
En los ojos del escocés tejedor graznaba la furia
.Ambualnce se colocó la prenda, que le quedaba ancha y le cubría hasta mitad del muslo.
-Me queda grande,señor tejedor de sueters. Y…una cosa. ¿Aquí no tienes probadores?
-Desde luego que vamos a probar.
La empujó contra la cama y forcejeó(aunque la verdad ella se dejaba, era su oficio).No hubo sin embargo resultados apreciables
McFile se levantó y dijo
-Claro. No es tu talla.
-Una de dos. O no es mi talla o no es tu día. O es la primera vez que te pasa.
-Graciosita eres…Espera un momento.
McFile volvió con la bolsa grande y volcó el contenido en el cercano sillón. Había como una docena de jerseys de de distintos colores y hechuras.
-Venga, pruébate este.-dijo, ofreciéndole uno gris perla
-Caprichosillo el nene-dijo ella mientras se lo colocaba-¿No te saldría más barato comprarte una maniquí?
-Con una maniquí no podría…
La arrojó de nuevo contra el lecho y se puso a la tarea con el mismo penoso resultado anterior.
-Ni con una maniquí ni aquí con servidora. Ya me dio mala espina esto de las falditas y tanta muñequita. Esos barros traen estos lodos, porque no se pueden llamar polvos….
-Encima me mandaron a la ingeniosa. Tu tranquila, ten paciencia. Prueba con este.
Le ofreció un sueter verde. Y tras el verde vino el fucsia, tras este el violeeta, luego el marrón. Los resultados fueron similarmente patéticos.
-Mira, McFile. estoy por irme. Otra tarde quedamos y agotamos la bolsa.
-Tenemos toda la tarde, cariño
-¡Cariño! ¡Hay que ver lo que une esto de los empujones baldíos!
McFile la miraba con su mirada famosamente enloquecida y tierna. Y con un sueter turquesa extendido ante ella como un capote.
Ambualnce entró al trapo. Se lo puso y dijo
-¡Venga, majo!
Y vaya si fue majo. Las potencias del deseo resurgieron en McFile como desde las profundidades de la tierra y del volcán de su entrepierna surgió jurásica fuerza. Ambulance vióse transportada a paraísos desconocidos de placer, sufriendo dos o tres violentos extasís en los que, haciendo honor a su nombre, no pudo por menos que ulular.
Cuando volvió al mundo real, Ambulance, que no por joven, dejaba de tener una dilatada experiencia sexual convino para si misma que en su (puta) vida se lo había pasado mejor con un hombre. Y ese hombres estaba allí mismo, faldita escocesa, Camiseta del Bayern, gorrita de jockey y sin nada debajo de l skirt.
O con mucho.
Le ofrecía un vaso
-¿Otro gin –fizz?
-Sí, cariño
-Vaya. ¿Cariño? Esto de los empujones exitosos hay que ver lo que auna.
Rieron ambos a una.
-Toma. Tu dinero.
-Llámame cuando quieras,dijo ella cogiéndo los billetes. Y se iba a quitar el sueter, cuando dijo él
-No. Puedes quedártelo. Ya te dije que el problema era dar con el adecuado.
….
Actualamente Ambulance está intentando dejar el oficio más antiguo del mundo. Encontró trabajo de dependienta en una tienda de objetos de arte, y ha hallado en alguno de sus clientes el mejor objeto artístico conocido, que es el amor. Dos o tres relaciones esporádicas en las que tiene comprobado que el acto nunca es del todo satisfactorio si no se a acuerda de llevar puesto el sueter que le regaló Mc.File. A veces, cuando ve en la calle o en su misma tienda a mujeres con sueters de hechuras parecidas les sonríe con maligna complicidad
En cuanto a McFile, es ese señor que ahí véis, en la cola del hipermercado, apoyando en su carrito, esperando el turno en caja. Ese que hay detrás de la morena de ojos azules. ¿Qué qué hace con las manos? ¿Por qué las mueve en el aire y luego las mantiene quietas a ciertas distancias, como tomando nortas? No sé a ustedes, pero a mí me parece como si estuviera tomando las medidas para un sueter..

Prosa029

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La vida en la ciudad de los muertos

May 31st, 2007 — 2:49pm

Categoría: Prosa
Título: La Vida en la Ciudad de los Muertos
Autor: Prosa032

Un día, sin más, morí. Luego seguí mi vida con toda normalidad, como todos. La “muerte en vida” había sido adoptada por las autoridades de la ciudad para evitar los crímenes e imponer el orden. La vida había sido diseñada para que, llegada cierta edad, todo residente muriera y se convirtiera de esa forma en ciudadano. Todo aquel que no se apegara a esta ley era considerado rebelde y condenado a la muerte que, en todo caso, era la privación de la libertad. Pero hacía muchos que nadie recibía ese castigo, pues los que estaban “bajo sospecha de vida” eran buscados por grupos secretos y condenados a la muerte definitiva. A nadie le importaba que las cosas fueran así, porque realmente todos estaban muertos.
Pero mi destino había de ser muy diferente al de los demás, pues, tras muchos años de haber fallecido, pasó algo que cambio mí existencia: conocí a la mujer más llena de vida en este mundo de muertos. Todo sucedió una tarde, cuando regresaba del trabajo, en una de las tantas calles de la ciudad. Ella estaba sentada en una acera y, en el preciso momento en que nuestros ojos se cruzaron, mi corazón latió de nuevo. Fue algo muy pequeño, casi imperceptible, como un golpecito en el pecho. Ella era una mujer hermosa, de piel morena y ojos sencillos. De esas mujeres que puedes ver un instante, pero cuyo recuerdo perdura toda la vida…
Fue apenas un segundo, pero sentí que en ese segundo se abreviaba toda una eternidad, una eternidad donde mi corazón revivió de nuevo por un pequeño momento y luego volvió a morir. Y recordé lo que era sentirse vivo, pues desde que mi corazón dejo de latir se fueron todos mis miedos y temores, todo aquello que me hacia un cobarde; pero también perdí todo el amor que pudiera sentir… hasta esta tarde, cuando volví a sentirlo en mi pecho, cuando mis ojos se cruzaron con los de Verónica. Ella simplemente sonrió.
Ese día regrese a mi departamento un tanto asustado, pero trate de restarle importancia a lo sucedido. Sin embargo en los días siguientes seguí encontrándomela, con esa sonrisa suya que me desarmaba. Y mi corazón volvía de nuevo a latir, a vivir en lapsos, en golpecitos de pecho. Entonces, muy preocupado, decidí ir al medico.
El medico era un viejo amigo de la infancia quien, después de examinarme, me dijo que estaba en excelentes condiciones físicas y que seguía tan muerto como todo el mundo pero que tuviera cuidado porque “poseer un corazón humano era una enfermedad sin remedio”, luego se me quedo viendo un rato, directamente a los ojos, como esperando algo. Yo me quede un tanto confundido, sin embargo, sabía que no podía engañarlo, entonces le conté lo que me había sucedido en los últimos días. Cuando termine me dijo con un suspiro: “Voy a ser totalmente sincero contigo, la enfermedad que padeces puede definirse como un brote de origen desconocido, que aparece en cualquier parte sin que el individuo lo sepa ni lo desee, se le conoce como amor. Ahora bien, en una ciudad como la nuestra es todo un privilegio estar muerto y a cualquiera lo matarían por el sólo hecho de estar vivo.” Después me despacho con una palmada en el hombro.
Sabía muy bien lo que había querido decir el médico, así que tome mis precauciones y opte por una nueva ruta para regresar al edificio donde se encontraba mi departamento.
Durante los primeros días volví a sentirme tan muerto como antes. En el trabajo regrese a ser, nuevamente, uno de los más eficientes pues, en los últimos días, había estado un tanto distraído y me retrasaba a la hora de entrega, además, mis jefes y compañeros me miraban con desconfianza, y obtuve dos faltas en menos de una semana.
La soledad volvió a ser mi traje de todos los días, el traje de uso común en esta ciudad, y la tristeza mi máscara.
Pero días más tarde, cada vez que me encontraba en la soledad de la noche, me acordaba de nuevo de ella…y mi corazón volvía a latir. Pero no era un golpecito en el pecho, no: eran varios, cientos, miles: mi corazón revivía. Regresaron a mi una serie de sentimientos que yo creía olvidados y una sonrisa se dibujaba en mi rostro cada noche. Estaba vivo de nuevo.
Durante algún tiempo logre disimular recordando la advertencia del médico, sin embargo no soporte por mucho tiempo y un día tome una decisión. Me levante muy temprano, como siempre, pero en lugar de ir al trabajo iría a buscar a Verónica, sin embargo, la sorpresa me esperaba en la puerta: ella estaba sentada en el pasillo, esperándome.
“Sabía que te encontraría vivo” me dijo al verme, y no fueron necesarias más palabras: un abrazo, un beso, un día, dos…había firmado mi sentencia de muerte.
Al tercer día, muy temprano, evacuaron mi edificio y sellaron todas las entradas, un escuadrón entro a mi departamento y lo incendio. Pero, cuando lo hicieron, Verónica y yo ya estábamos muy lejos, camino al lugar secreto a donde escapan los vivos…
Algún tiempo después me entere que Verónica había pasado años bajo vigilancia por la sospecha de estar viva. Su familia había sido muy influyente en años anteriores al régimen y eso la había mantenido con vida. La mañana que fue a mi apartamento había logrado evadir a los vigilantes pero uno de los tantos “orejas” de la policía les había alertado de su presencia en mi apartamento y de mi extraño comportamiento, el cual confirmaron en mi trabajo. Fue entonces cuando decidieron actuar.
El nombre del lugar al cual fuimos me reservo, por el momento. Sin embargo puedo decir que aquí he encontrado la inmortalidad…esa inmortalidad que sólo se encuentra en la memoria de los hombres…

Prosa032

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El Terminal

May 31st, 2007 — 2:48pm

Categoría: Prosa
Título: El Terminal
Autor: Prosa031

El día que Leni lo conoció no fue por obra de un encuentro casual, una cita a ciegas o el hipnotismo danzarín de las epilépticas discos de Marbella. Se lo habían presentado en el Programa de Adopción de Adictos Terminales.
Fue un trámite sencillo. La empleada administrativa le indicó como completar el formulario de Hacienda y que pasara el pulgar por la lectora del DNI digital. Le entregaron el “Catálogo de Disponibles”. Corrió las páginas de adelante para atrás y de atrás para adelante. Aunque dubitativa por tanta foto que la abrumaba, no le pasó por la cabeza claudicar sobre su misión: recuperar para el corral a una oveja descarriada.
Frente a las imágenes de los disponibles, detuvo el paso cansino del índice derecho y estacó la uña en el plexo del álbum. Quedó un minuto en silencio, luego dijo
- Quiero a este.
La foto del catálogo no lo favorecía. Estaba retratado de perfil y el hueso de la quijada, nacido detrás del lóbulo del oído, parecía un arete gigante (de esos que usan algunas tribus africanas) con forma de medialuna y clavado, del otro extremo, en la comisura del labio escurrido.
Despachó una seguidilla de lágrimas acribillando el barniz de la foto. Pidió verlo.
A un zumbido de cigarra le siguió la apertura de la puerta.
Leni retuvo un pestañeo aguachento cuando lo vio. El joven era un muñeco de trapo oliendo a lavandas y cítricos. Un gordo vestido de delantal celeste que lo asía del brazo irrumpió con una carita de tío bueno
- Le gusta bañarse. Con este descarte problemas de olores.
El Terminal la encandiló con la sordidez de unos ojos embolsados. Leni le sujetó la mano mortecina que sostenía un bolsito y descomprimió una nueva secuencia de lágrimas. Las gotitas pincharon el dorso de las muñecas del Terminal, justo sobre una cicatriz trasversal a las venas. Cruzaron miradas y en el latido de las pupilas mostró un corazón de hiel. Leni pensó que nunca le soltaría la mano y sentenció
- Está bien. Lo llevo.
Firmó el contrato de adopción, sellaron los papeles, cambiaron los registros digitales del hombre. Leni insufló el pecho con adultez espiritual.

Condujo exultante hasta la oficina del asesor fiscal para entregarle el formulario de Hacienda y desgravar al adoptado en la declaración de rentas.
Dejó el carro en marcha, el trámite ocuparía segundos. El Terminal, dentro del auto, estaba ocupado en la vivisección de la nada.
El Contador le confirmó que casi no debería pagar impuestos, la felicitó por la actitud y sentenció con absoluto convencimiento: “te has ganado tu plaza en el paraíso”. Ella dibujó una sonrisa de estampita.

Arribaron al hogar, Leni le quitó el bolsito y, ofrendándole el primer acto de desapego, puso en los dedos frágiles el control remoto de la tele. El Terminal desparramó el cuerpo macilento e hizo del sillón su camastro. Los destellos de la pantalla, desmembraban el rostro de azufre.

Habían pasado los primeros sesenta minutos de convivencia y estaba orgullosa de la nueva etapa sin sobresaltos.

Leni no modificó la rutina, debía concurrir al trabajo y se reencontrarían en casita sobre el final del día. Antes de partir verificó la autosuficiencia del nuevo compañero: el Terminal pasaba los canales sin requerir ayuda.

Cuando regresó de la tienda de mascotas le trajo unas galletas que había comprado en el chino. Despellejó el cuello del paquete y le vertió el contenido en las manos. El Terminal mascaba aplomado, como hipopótamo. Al rato una nevisca de migas pintó escamas doradas sobre el pecho.

Para complacerlo, llenó la tina. Corrió desde el baño y se detuvo en el sillón; afirmó los dedos de algodón para quitarle el control remoto. Estiró el brazo derecho para ayudarlo a ponerse de pie.
Fueron hasta el baño y le sacó la ropa. Lo hizo con gestos delicados, como si los harapos que cubrían ese cuerpo semi muerto fuesen de seda.
– ¡Al agua pato!
Lo dejó medio flotando, medio hundido. Luego tiró sobre el estanque tibio unos juguetes para las mascotas que vendían en la tienda.
El Terminal quedó a la deriva, los omóplatos iban cayendo bajo el agua sin resistencia y escollaron en el punto snorkel de la nariz. Soplando pequeñas olas movía los chiches plásticos, amenazándolos con hundimiento.

Leni regresó al reino de las hornallas para auscultar con una varilla de cocción las ollas en deshielo. Cuando el cocido brotó perfumes de salsas en las casas vecinas, llegó el momento de dar por finalizado el baño.

-Vamos, ¡Arriba y a sacudir las plumas!- ordenó con maternal voz. Lo ayudó a levantarse y le enroscó una toalla blanca, parecía un canelón. Se secó por simple proceso de chorreo. Luego le calzó una bata extra large (comprada para un novio que nunca tuvo) que le sobraba por todos lados. Le subió la capucha y dio un paso atrás; maravillada, estuvo a punto de arrodillarse para besarle los pies; reprimió el arrebato.

El Terminal con los pelos todavía goteando fue a la mesa para compartir la cena.
Leni hizo un trípode con los brazos y manos para disparar una plegaria. Agradecía al Creador con los ojos humectados. El Terminal, con la cabeza reclinada y el mentón clavado en el esternón, miraba el humeante plato de cocido lleno de pedacitos hervidos y especiados al límite del estornudo. En esa sustancia que estaba a punto de engullirse contemplaba el paso de la vida.
Leni le sacó de debajo del mantel la mano derecha y le ató una cuchara con la servilleta. Luego le calzó el codo en el precipicio de la mesa. El Terminal subía y bajaba la cuchara temblorosamente y en el frágil tránsito algunas gotitas del cocido crisparon pecas sobre el hule.

Leni chirriaba los molares y masticaba con revancha. Evocaba las pancartas maternas colgadas en cuanta pared había dentro de la casa de Las Rosas: “Espero que ´tu hombre´ no te llegue de vieja infértil o acaso no piensas regalarme cuanto menos un nietito”.
En el pisito subterráneo de Marbella tragaba orgullo, alimentándose en su propia familia, como mandaba el Señor.

Discurrió el primer día de la convivencia. Leni era conciente que con tanta entrega iba a ser recompensada. “Manda buenas y recibirás solo buenas” susurró en voz dulce mientras, en la noche del viernes, arropaba al Terminal con la frazada térmica.

El sábado trabajó media jornada en la tienda de mascota y pasó la otra mitad del día dentro de casa; a cada rato se le cruzaba delante de la pantalla. El Terminal desenvolvió los dientes sarrosos y los mantuvo así hasta llegada la hora de la cena. Con el labio inferior chirlo frente a la presión del contacto dental llegó pálido a la hora de dormir.

El domingo, cuando despertó con la garganta seca porque el pisito había sido invadido por una nube de tostadas al carbón el humor había empeorado.
Leni lo notó alterado porque rehusó saltar de la cama cuando le dijo “Upalalá, a tomar la leche”. El Terminal amaneció con los ojotes inyectados sobre el filo de la frazada térmica. Leni dio un paso hacia atrás y desactivo la calefacción de la cama. El Terminal sacó a relucir las ojeras repulgadas en bolsitas grises. Leni disparó el encendido de la tele y soltó el control remoto sobre la cobija, a la altura del pecho. El Terminal sacó la huesuda mano derecha y lo tomó. Leni suspiró profundo y fue a la cocina para cargar el desayuno. Mientras desenroscaba el frasco de mermelada y apilaba los panes carbonizados, se sentía pletórica porque había sorteado con éxito el primer desaguisado de la casa.

Las campanas venidas desde la calle se anticiparon a las palabras de la joven. Estaban finalizando el desayuno y ella tintineó con los pestañeos, frotándose las manos.
- Ha sido una semana maravillosa, debemos agradecerle al Señor personalmente por habernos dado la oportunidad de conocernos. Hoy vamos a misa.
El Terminal intentaba verse en un trozo de pan ensopado.

Hacía un frío terrible y como era la primera vez que lo sacaba del pisito subterráneo lo arropó para la ocasión. Al final le calzó un gorro con una borla de juego pendular que le estorbó a cada paso y le ocasionó un sistemático cierre de ojos. Leni lo tenía engarzado de los dedos. Juntos hicieron con los pasos un corredor a través del invierno húmedo de Marbella que finalizaba en el templo.

Minutos antes de la ceremonia, los adoptantes de la comunidad religiosa se juntaron en el portal, sonreían gozosos y competían alzando la voz. Los Terminales secundaban con sus silencios paralelos. En la cúspide de la iglesia la cruz y la veleta asistían estáticas.

Las campanas acabaron con la tertulia y la asistencia arrastró los pasos al ritmo de la liturgia.

Leni y el Terminal ocuparon un sitio al frente, en el banco de las viudas. Las redes y mantitas negras uniformaban el techo de las cabezas. Sobre estas, la mortecina luz coladas por los vitraux suspendía del espacio haces violáceos, coagulados y negruzcos.

El oficio religioso comenzó con las fórmulas conocidas, pero el pastor no tuvo una tarde iluminada y confundió varias veces la estructura de las oraciones. Parecía, por momentos un disco pasado al revés. Esto distrajo al Terminal quien descubrió como el sacerdote miraba insistentemente de soslayo una imagen del Cristo. Era una figura desgarbada clavada a una cruz y crispada de manchones sanguinolentos. Recordó las motas de cocido sobre el hule. Oteó por la mirilla del ojo izquierdo los gestos de Leni. Parecía no percatarse del yerro del orador. Ella repetía fraseos que rimaban rigidez con el engarzamiento sobre los dedos.
El Terminal viró los ojos lentamente para ajustar el prisma en la figura del Pastor. El hombre leía sin prestar atención a las páginas, transpiraba y una marea roja avanzaba por la piel dejando manchones borra vinos; la mano le temblaba
- En el nombre del Padre, del hijo…..
El sacerdote hablaba con voz trémula. Mientras se santiguaba los clavos de la cruz fueron saliendo uno en uno, disparados, en sentido de la puerta. El Terminal tiró atrás los ojos, esperando ilusoriamente poderlos instalar en la nuca para así saber a dónde fueron a parar los clavos. Volvió a pasar la mirada por el rabillo izquierdo, Leni sumaba su voz a un “Amén” seco. Tras ese cierre un desplome de material suelto lo llevó nuevamente a mirar adelante. La cruz se había caído al piso y estaba hecha polvos.
El sacerdote tiritaba gotas de hielo y la concurrencia cantaba
- El amor de Dios es maravilloso, el amor de Dios es maravilloso, el amor…
El Terminal miró hacia adelante, el Cristo sin cruz estaba suspendido en el aire, anteponiéndose a la columna que antes lo sostenía. La figurilla comenzó a inclinarse hacia el frente hasta quedar paralela al piso.
Los feligreses seguían en la cantinela “El amor de Dios es maravilloso, el amor…”. El cura había sido capturado por la estética de una foto instantánea.
El Cristo, con los brazos abiertos y las piernas pegadas, tomó propulsión y salió volando hacia la puerta, montado a las trazas de los cuatro clavos.
El Terminal giró el torso intuitivamente para seguir el vuelo de la figura perdiéndose más allá de las fauces del arco de entrada al templo.
Las voces seguían instaladas en el sinfín “El Amor de Dios es maravilloso, el amor…”.
El Terminal cayó en la cuenta que había podido girar sin la retención de Leni. Recogió el brazo izquierdo. Sobresaltado descubrió que la piel había vuelto a ser rosada y que las cicatrices sobre las venas habían desaparecido. La mano de Leni era el grillete de otra mano, cadavérica y dibujada de heridas. Se separó dando un paso de costado y luego otro, hasta abandonar el banco de la viudas.
Con una fuerza que desconocía dio la espalda al atrio y salió del templo.
Una vez afuera un zumbido portentoso lo detuvo en el descenso de las escalinatas.
Giró y ubicó el ruido en el cielorraso del templo. Trepando con la mirada más allá de las gárgolas de cemento, en lo más alto de las puntas góticas de la iglesia se topó primero con la cruz y en un costado con la veleta de gallo que no paraba de dar vueltas.
No había signos en la superficie que diera idea de ventoleras o tormentas.
El ruido de lata de la veleta lanzó un vagido ensordecedor y sobre el giro informe apareció un fastuoso gallo. Desde el lomo hasta la cola un colorido paño de plumas, destacaban en negros, marrones, rojizos y verdes los crespones enalteciendo la realeza que imanaba el porte del ave.
En el cenit de la cúpula de la iglesia, engarzando las garras de las patas a la cruz, hizo sombra a la mitad de la plaza.
Al minuto se hizo de noche.

El Gallo extendió las alas y cantó. El alarido explotó en el pico en forma de trueno e inmediatamente el fogonazo de una centella partió al medio el aire.
Todo fue silencio.
Luego oyó “Plic – Plic – Plic – Plic”
Los cuatro clavos cayeron a sus pies.
El Terminal no se agachó a para tocarlos.
De espaldas al templo ensombrecido, miró el horizonte. En cada pestañeo repartía día y noche. Hacia delante divisó la figurilla de brazos extendidos en vuelo, tejiendo cielo y tierra.

Entonces, dio un paso al frente.

Prosa031

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