La Vida en la Ciudad de los Muertos

Un día, sin más, morí. Luego seguí mi vida con toda normalidad, como todos. La “muerte en vida” había sido adoptada por las autoridades de la ciudad para evitar los crímenes e imponer el orden. La vida había sido diseñada para que, llegada cierta edad, todo residente muriera y se convirtiera de esa forma en ciudadano. Todo aquel que no se apegara a esta ley era considerado rebelde y condenado a la muerte que, en todo caso, era la privación de la libertad. Pero hacía muchos que nadie recibía ese castigo, pues los que estaban “bajo sospecha de vida” eran buscados por grupos secretos y condenados a la muerte definitiva. A nadie le importaba que las cosas fueran así, porque realmente todos estaban muertos.

Pero mi destino había de ser muy diferente al de los demás, pues, tras muchos años de haber fallecido, pasó algo que cambio mí existencia: conocí a la mujer más llena de vida en este mundo de muertos. Todo sucedió una tarde, cuando regresaba del trabajo, en una de las tantas calles de la ciudad. Ella estaba sentada en una acera y, en el preciso momento en que nuestros ojos se cruzaron, mi corazón latió de nuevo. Fue algo muy pequeño, casi imperceptible, como un golpecito en el pecho. Ella era una mujer hermosa, de piel morena y ojos sencillos. De esas mujeres que puedes ver un instante, pero cuyo recuerdo perdura toda la vida…

Fue apenas un segundo, pero sentí que en ese segundo se abreviaba toda una eternidad, una eternidad donde mi corazón revivió de nuevo por un pequeño momento y luego volvió a morir. Y recordé lo que era sentirse vivo, pues desde que mi corazón dejo de latir se fueron todos mis miedos y temores, todo aquello que me hacia un cobarde; pero también perdí todo el amor que pudiera sentir… hasta esta tarde, cuando volví a sentirlo en mi pecho, cuando mis ojos se cruzaron con los de Verónica. Ella simplemente sonrió.

Ese día regrese a mi departamento un tanto asustado, pero trate de restarle importancia a lo sucedido. Sin embargo en los días siguientes seguí encontrándomela, con esa sonrisa suya que me desarmaba. Y mi corazón volvía de nuevo a latir, a vivir en lapsos, en golpecitos de pecho. Entonces, muy preocupado, decidí ir al medico.

El medico era un viejo amigo de la infancia quien, después de examinarme, me dijo que estaba en excelentes condiciones físicas y que seguía tan muerto como todo el mundo pero que tuviera cuidado porque “poseer un corazón humano era una enfermedad sin remedio”, luego se me quedo viendo un rato, directamente a los ojos, como esperando algo. Yo me quede un tanto confundido, sin embargo, sabía que no podía engañarlo, entonces le conté lo que me había sucedido en los últimos días. Cuando termine me dijo con un suspiro: “Voy a ser totalmente sincero contigo, la enfermedad que padeces puede definirse como un brote de origen desconocido, que aparece en cualquier parte sin que el individuo lo sepa ni lo desee, se le conoce como amor. Ahora bien, en una ciudad como la nuestra es todo un privilegio estar muerto y a cualquiera lo matarían por el sólo hecho de estar vivo.” Después me despacho con una palmada en el hombro.

Sabía muy bien lo que había querido decir el médico, así que tome mis precauciones y opte por una nueva ruta para regresar al edificio donde se encontraba mi departamento.

Durante los primeros días volví a sentirme tan muerto como antes. En el trabajo regrese a ser, nuevamente, uno de los más eficientes pues, en los últimos días, había estado un tanto distraído y me retrasaba a la hora de entrega, además, mis jefes y compañeros me miraban con desconfianza, y obtuve dos faltas en menos de una semana.

La soledad volvió a ser mi traje de todos los días, el traje de uso común en esta ciudad, y la tristeza mi máscara.

Pero días más tarde, cada vez que me encontraba en la soledad de la noche, me acordaba de nuevo de ella…y mi corazón volvía a latir. Pero no era un golpecito en el pecho, no: eran varios, cientos, miles: mi corazón revivía. Regresaron a mi una serie de sentimientos que yo creía olvidados y una sonrisa se dibujaba en mi rostro cada noche. Estaba vivo de nuevo.

Durante algún tiempo logre disimular recordando la advertencia del médico, sin embargo no soporte por mucho tiempo y un día tome una decisión. Me levante muy temprano, como siempre, pero en lugar de ir al trabajo iría a buscar a Verónica, sin embargo, la sorpresa me esperaba en la puerta: ella estaba sentada en el pasillo, esperándome.

“Sabía que te encontraría vivo” me dijo al verme, y no fueron necesarias más palabras: un abrazo, un beso, un día, dos…había firmado mi sentencia de muerte.

Al tercer día, muy temprano, evacuaron mi edificio y sellaron todas las entradas, un escuadrón entro a mi departamento y lo incendio. Pero, cuando lo hicieron, Verónica y yo ya estábamos muy lejos, camino al lugar secreto a donde escapan los vivos…

Algún tiempo después me entere que Verónica había pasado años bajo vigilancia por la sospecha de estar viva. Su familia había sido muy influyente en años anteriores al régimen y eso la había mantenido con vida. La mañana que fue a mi apartamento había logrado evadir a los vigilantes pero uno de los tantos “orejas” de la policía les había alertado de su presencia en mi apartamento y de mi extraño comportamiento, el cual confirmaron en mi trabajo. Fue entonces cuando decidieron actuar.

El nombre del lugar al cual fuimos me reservo, por el momento. Sin embargo puedo decir que aquí he encontrado la inmortalidad…esa inmortalidad que sólo se encuentra en la memoria de los hombres…

Prosa032

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