Felipa

Desmontó. Dejó la escoba en el porche y entró. -Ya sabes que no quiero té. Una copa de vino con sangre de gallo sería un honor para mí.

Ella llegaba y el cielo se ponía verde. Las nubes negras galopaban sobre la pradera y por detrás de ellas se formaban remolinos negros que opacaban la sensación de campo fértil y amarillo del color de fondo.

- ¿A qué debo el honor? -dijo la dueña de casa. -Mis sapos croaron mudos toda la noche. Supe que te estaba pasando algo dramático. Vine para ayudar. - No creo que puedas, nunca te vi trabajar para el bien. - Tú eres una excepción, hermana de sangre. Vamos, dime qué pasa.

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