EL CLICK
“¿Cómo es que durante el viaje en el metro no advertí que me observaban?” se interrogó Petunia mientras se ponía la bombacha observando el suave meneo de sus senos. Petunia pensó “tetas”, no senos, y repitió en voz alta “mis tetas, mis tetas” demostrándose que era capaz de llamar a las cosas por su nombre, como si con esa mínima rebelión justificara la aventura que acababa de consumar, en la que había violado normas que le fueran inculcadas en su hogar y que ella, en algún momento, imaginara inscriptas en la bóveda celeste en áureas letras.
Al quedar sola en ese departamento aprovechó para recorrer con displicencia los ambientes, curioseando las fotos colgadas de las paredes y abriendo algunos cajones tratando de no desordenarlos. Después entró al baño, tanto más amplio que el suyo, para higienizarse y recomponer el maquillaje. Cuando se sentó en el sillón del living, advirtió que todavía tenía en la mano las llaves que le diera para poder ingresar allí en futuras ocasiones y recordó que al dársela había agregado en voz más baja, sonriendo como para quitar peso a la frase, “o para el caso en que decidieras venir a vivir conmigo”.
Mientras fumaba un cigarrillo Petunia ordenó la secuencia de los hechos, deteniéndose en la imprudencia de darle las llaves del departamento a ella siendo que sólo habían pasado un par de horas desde que se conocieran. En eso estaba cuando advirtió, con sorpresa, que desde la ventana de ese dormitorio se veía el interior del suyo. Entonces dedujo que el encuentro había sido deliberado y que aquella incómoda sensación de estar siendo observada, lejos de ser una sensación, se avenía con la realidad.
Aún semidesnuda, parada sobre la alfombra, contoneó la cintura provocando otra vez el suave movimiento de sus senos, repitiendo una y otra vez; “tetas, mis tetas”, agregando esta vez; “las mejores tetas del mundo. Después, con sosiego, continuó vistiéndose sin dejar de admirar su cuerpo reflejado tanto en el amplio espejo que tenía a su frente cuanto en el otro, el enorme que cubría el cielo raso del departamento de Ojeda. Por fin se puso el abrigo, se asomó al palier, llevó la puerta hasta el marco, giró con cuidado el pomo del picaporte y, tras cerrar, se agachó pensando dejar la llave debajo de la puerta pero de pronto, como arrepintiéndose, la guardó en el bolsillo del tapado y siguió hasta el ascensor, cuya caja de madera labrada y la lentitud de su marcha, no dejó de llamar su atención. Ya en la calle llenó sus pulmones con aire fresco, desprendiéndose del respirado durante esas últimas horas.
En la cafetería de la esquina pidió un café y mientras lo bebía nuevamente recapituló los hechos. Esa mañana había bajado de su casa poniéndose el abrigo en el ascensor, sin poder evitar la sensación de ser sumida por el brusco descenso de la caja de metal. Anduvo dos cuadras hasta la estación del subterráneo y bajó las escaleras hasta el andén. Allí, podía reconocerlo ahora, se sintió incómoda por primera vez, sin que en ese momento hubiera podido precisar el motivo de su desazón. Ascendió al vagón y viajó apoyándose en el borde de un asiento, asiéndose de una manija en columpio. La sensación de incomodidad no la abandonaba. Giró un poco para ver a los pasajeros que habían ingresado junto a ella; dos hombres mayores, portafolios en mano, que leían el diario ajenos a todo, aunque uno de ellos, alto, canoso, apuesto, le pareció que exageraba la lectura.
Discretamente recorrió con la vista la periferia sin apercibirse de algo anormal; cada pasajero estaba en lo suyo, algunos leyendo, otros atisbando si los que viajaban sentados hacían movimientos que delataran su próximo descenso, sin contar a los que, cabeceaban un sueñito entre dos estaciones. Por último, a la altura de una puerta más alejada, vio a dos mujeres, distantes entre sí, una que tejía parada y otra muy bien puesta, que vagaba la mirada, abstraída. El resto del pasaje ya venía en el vagón cuando ella ascendió.
Al ascender a la superficie había olvidado su anterior sensación; caminó calculando cumplir, entre la ida y la vuelta, las veinte cuadras de rigor; de paso adquiriría algunas prendas en la boutique de la que era clienta. Pero antes de ingresar al local decidió tomar otro café. Encontró una mesa desocupada.Mientras esperaba al mozo se sintió incómoda pero pronto develó la incógnita, aunque no antes de que quien la venía observando en el subterráneo se acercara a su mesa preguntándole si le incomodaría compartirla. En un rápido recorrido de la mirada, constató que no había ninguna vacía, por lo que asintió por no encontrar la manera de negarse.
-Ojeda, a sus órdenes- le dijo, y se sentó resueltamente frente a ella. Para cuando llegó el mozo ya habían entablado conversación; al principio Petunia asentía con la cabeza, o esbozaba una leve sonrisa pero, poco a poco fue interesándose.
Partiendo de temas del momento -algo sobre el costo de la vida, un comentario sobre los cambios de tiempo, “los inviernos ya no son lo que eran” y otras fórmulas rituales y vacías- llegó a temas personales como la soledad que le describió patéticamente. De pronto, extrayendo unos papeles que sacó del bolsillo, le leyó lentamente y en voz queda, casi musitando, algunos poemas donde la soledad era patente. Aunque no hizo ningún comentario los encontró expresivos. Dijo que escribía para una revista y que en los momentos libres, cuando la angustia se tornaba insoportable, se desahogaba en esos poemas. Ella quedó impresionada por la densidad de esos pensamientos que tenían más de denuncia que de lamento y cuando aún no había salido de esa sensación le oyó decir que tenía una posición desahogada, describiendo su departamento, un piso antiguo heredado de sus padres en el que la buena madera y el mármol de Carrara no escaseaban. Ella encontró sospechoso el giro de la conversación pero para ese momento se sentía más distendida y a la vez entre interesada y divertida. Para cuando le habló de sus lecturas, de sus aspiraciones, de sus metas aún no satisfechas ella ya estaba advertida sobre hacia dónde se encaminaba la cuestión, alarmándose por sin escandalizarse.
Entretanto habían tomado tres cafés y comido unas masas que al principio se negó a aceptar pero que al fin probó sin remilgos ante la insistencia de compartirlas; “con una figura tan esbelta usted no tiene que privarse de los dulces”, dijo, elogiando con pormenores sus encantos. No se sintió turbada, ni entonces ni cuando insistió en acompañarla a hacer sus compras. Pagó la consumición dejando una generosa propina, y caminaron hasta el local. En el trayecto le explicó que su problema nunca había sido el dinero sino la falta de compañía y en ese momento debió sospechar que el encuentro no había sido casual.
En el local ella se probó el vestido que había previsto comprar, momento en que se abrió la puerta del camarín e ingresó acercándole un costoso tapado y un conjunto, pidiéndole que se lo probara; “esto te va a quedar bien” le dijo, sin excusarse por la intromisión que había permitido encontrarla con sostén y en bombacha. Antes de abandonar el probador la miró descaradamente y con un gesto rápido y resuelto le acarició su seno derecho, dejándolo al descubierto. Luego, de súbito, le encajó un chupón del que dio cuenta una persistente aureola morada. Ella quedó temblorosa y con la convicción de que, más por curiosidad que por deseo o interés, sería incapaz de torcer el rumbo de los hechos. Cuando salió del camarín la empleada estaba colocando las prendas en sendas bolsas y la cuenta saldada. Mientras salían, antes de llegar a la calle, le puso en las manos una tarjeta con su dirección, domicilio y teléfono y le dijo; -voy para casa; si estás de acuerdo te espero allí. También le dejó la llave del departamento. Ella quedó ofuscada, sintiendo que le faltaba el aire. Era una proposición inédita, una experiencia nueva, inimaginable, distinta, casi pecaminosa. Caminó sin apuro tratando de decidir sus pasos futuros.
Brevemente repasó su vida, arreglada, prevista, ordenada, sin riesgos y sin emociones. Para cuando subió el subterráneo de regreso ya se había decidido. Se encaminó decididamente al departamento, pero no se atrevió a usar la llave. Tocó el timbre. La atendió ella, Sabina Ojeda.
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