Benjamín Pantier
Era un hombre tan afortunado que apenas si me lo creía. Había llegado a pellizcarme tantas veces en esas épocas que los moretones cubrían casi todo mi brazo derecho. Soy zurdo claro.
Por esos años había logrado éxitos laborales impensables, y la única mujer deseada por todos me había elegido, dos años después de que yo la eligiera a ella. Una primera charla, algunos encuentros, y derecho al altar. No me hubiese permitido tocarla de otro modo, así que a pesar de mi judaísmo fui con el cura y jure amarla ante la Biblia hasta que la muerte nos separe. Por eso, cuando lo decidí, recordé mi juramento y supe que la única forma de no traicionarlo seria siguiéndolo al pie de la letra.
Ella era una maldita perra mal parida. De haber sabido cuanto veneno tenía encima la habría matado en el momento mismo del primer encuentro, pero claro, estas cuestiones deben padecerse primero para que la venganza sea, como fue en mi caso, un verdadero placer impostergable y definitivo.
Estaba harto de ella y sus humillaciones. Comenzaron al poco tiempo de casados. Nunca pude olvidar esa risa enfermiza que me crispaba los nervios. Ella se reía más y más fuerte, primero por el tamaño de mi miembro, después por la poca erección que lograba o por el color rojo incandescente de mi rostro, no de vergüenza, como ella suponía, sino consecuencia de la fuerza que hacía para contenerme y no propinarle un golpe en medio de los dientes que le borrara de la boca esa mueca que me provocaba nauseas.
Al principio era buena. Cocinaba, planchaba mis camisas, mantenía la casa en orden y era cariñosa. Con el tiempo empezó a tener fuertes dolores de cabeza, sobretodo por las noches. Yo entonces salía de la cama y me iba al comedor. Tomaba casi media botella de Whisky, y mientras pensaba cual seria el modo de terminar con todo, contemplaba a Nig, mi perro, que recostado a mis pies me miraba con ojos tristes.
Las mañanas eran fatales: ella se levantaba temprano y abría las ventanas de la habitación, desarmaba la cama y a los empujones me hacía girar sobre mi mismo hasta tirarme al piso. Sus gritos retumbaban en mi cabeza y mi cuerpo anestesiado por el alcohol no sentía los puntapiés que me daba al grito de: “¡borracho asqueroso!, ¡ya no te soporto!, ¡ojalá te mueras!”.
Durante el día no se ocupaba de otra cosa más que de su aspecto: ropa, perfume y maquillaje. Puras banalidades. La casa de a poco se fue convirtiendo en un caos, salvo su habitación, - hacía un par de meses que se había mudado a la pieza contigua – el resto era un muestrario de comida en mal estado, basura, ropa, y un olor nauseabundo que me revolvía el estómago. Cierta noche, de regreso a casa, la escuché llorando detrás de la puerta de su habitación. Golpee muy despacio primero, más fuerte después. No respondió. Entré de todas formas. La encontré hecha un ovillo en un rincón. Me acerqué para intentar consolarla mientras le preguntaba porque lloraba. Cuando estuve a dos centímetros de su cuerpo, se incorporó de repente y me ataco con algo punzante que llegó a atravesar mi mano. El dolor fue agudo y profundo. El golpe que le di también.
Un día, no pude abrir la puerta principal: la muy perra había cambiado la cerradura y en el porche de entrada había dejado tres o cuatro bolsos con algunas de mis pertenencias. Fue inútil golpear o patear. Yo mismo había contratado a un carpintero hacía un año para que cambiara la vieja puerta por una blindada.
Con un odio que me rebalsaba los poros tome mis cosas y fui al departamento que utilizaba como oficina. Hacía cinco años que había terminado de pagar las cuotas y la propiedad ya me pertenecía. Por suerte le había hecho caso a Carlos, quien me aconsejó en aquel momento que adquiriera el viejo departamento que quedaba “arriba de la panadería”. Más tarde, me ocupe de reformarlo para adaptarlo a mis necesidades laborales. Lo convertí en una oficina con una habitación al fondo, un baño pequeño pero cómodo, y una salita que hacía las veces de cocina.
Compré unas cuantas botellas de Whisky, un poco de pan, algo de fiambre y alimento para Nig, mi fiel y casi única compañía por esos días. Los que habían sido mis amigos en algún momento, daba la sensación que se habían aliado con mi ex mujer, vaya uno a saber que cosas les había dicho, cuales han creído y que es lo que pensaban cuando me miraban. Seguro nada bueno. Adivinaba en ellos una mezcla de lástima y desprecio.
Solo me acompañaba mi alma, mi botella y mi perro. Mi único consuelo llegaba durante mis reiterados estados de ebriedad, en los que mi compañía se duplicaba casi mágicamente, entonces me acompañaban mis dos almas, mis dos botellas y mis dos perros. Una buena manera de multiplicar presencias.
No tenia televisor, casi no leía. Pasaba las madrugadas limpiando la Colt modelo Anaconda, calibre 44. Una joyita. Única herencia de mi padre. El día estaba cerca y mi venganza también, solo tenía que esperar a que mi Colt brillara hasta encandilarme.
El revólver pegado al cuerpo me provocaba una sensación de seguridad y certeza, de trabajo “casi” terminado, de felicidad.
La vi bajar del auto y dirigirse al porche mientras buscaba la llave en su bolso, la llave de la nueva cerradura, la que yo no conocía. En ese momento me pregunté si sería como todas las llaves o como esas largas que parecen la punta de un destornillador. No debía olvidarme de mirar la llave cuando terminara el trabajo. Me carcomía la curiosidad.
Me acerqué lo suficiente hasta tenerla en la mira, mi Colt brillaba en medio de esa noche tan cerrada como mi puerta blindada. Apunté y ¡Bang! ¡Bang! Listo. Es como si la viera: Cae desplomada igual que una bolsa de arpillera llena de papas, yo me aproximo, muy despacio, un hilo de sangre y baba corre por su rostro desde una de las comisuras de sus labios. La muy perra se había cortado el pelo.
Levanto la llave del piso. Siempre tengo razón, era la punta de un destornillador, quise usarla, pero no abrí la puerta, la abrí a ella, después de todo era su llave. Buen instrumento ese, deberían usarlo los cirujanos.
Me incorporo. Alguien me toma por los hombros. En pocos minutos estoy esposado arriba de un auto lleno de luces y sonidos extraños, claro, era una fiesta. Todos estábamos felices. No puedo dejar de reírme.
Extraño a mi perro.
Prosa024
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