El viaje interminable

Categoría: Prosa
Título: El viaje interminable
Autor: Prosa027

a María G, con todo el cariño que
pueda caber en “un instante”.

El viaje interminable.

Un momento de tránsito eterno: eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse sobre la realidad inocua el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a S.L. estaba en su cuarto haciendo las maletas; por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando con claridad meridiana hacia el oeste.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Sería objetivo contabilizarlo en instantes? ¿Por qué no, a quién le iba importar ese computo… o cualquier otro? ¿a Todo? ¿Es, acaso, trascendental el cómputo de algo en una inmensidad cíclica y monótona de sombras? Esta vez, cuando S.L. terminó de hacer sus maletas ya era mediodía. Sentada en el borde de la cama buscó un pitillo en el cajón de la mesilla, lo encendió y escudriñó un lugar donde parar su mirada para repasar los capítulos de su itinerario, con la frialdad calculada de un caminante experimentado. El jardín estaba en calma. Desde la guirnalda, sus flores amarillas rompían la monotonía en verde del que fuera su jardín aquella mañana. Conjugar en pasado es la naturalidad de la señora marquesa; el presente se diluye en el viaje interminable: ni una sombra, cuánta luz en este premeditado desorden. Tomó la campanilla y la hizo sonar; al instante Fry, el mayordomo, estuvo tras la puerta: dos suaves golpecillos

–Pase, Fry.
–¿Qué desea la señora Marquesa?
–Prepáreme el baño.
–En un instante, señora ¿Desea que la acompañen sus patitos de goma?
–Por supuesto, que no falte ninguno… Fry…
–Dígame, señora.
–¿Tardarán mucho en volver las sombras al jardín?
–No creo, así que el sol comience a descender, volverán.
–Es una pena, me gusta el jardín sin rincones oscuros.
–Es un instante, no se preocupe por eso.

Efectivamente, es un instante, un instante más y habrá que poner rumbo al este, un instante más y las sombras volverán al jardín completando su periplo hasta que la noche las engulla con todo lo demás. Cuánto es Todo. Quién es Todo. Dónde esta Todo… y lo buscó con la mirada, sempiterna presencia peluda que la acompañaba desde que alguien le regaló su primer rayo de luz, siempre el mismo, siempre distinto, siempre presente, siempre peludo y perezoso. Todo dormitaba a pleno sol envuelto en su traje de piel. Se revolvió un poco sobre la tumbona y buscó a palpas la campanilla que encima de su vientre llevaba meciéndose arriba y abajo, al ritmo de su respiración, toda, toda, toda la mañana. La cogió con delicadeza entre sus dedos gordos y la hizo sonar. En un instante Fry apareció por la puerta de la cocina, impecable. Fry siempre impecable.

–¿Qué desea?
–¿Qué hora es, Fry?
–Mediodía ya
–¿Lo sabe la señora marquesa?
–Sí.

Lo dijo mientras la veía detrás de los cristales de su ventana, expeliendo el humo con aristocrática gracia.

–Dígame Fry ¿al fin se va de viaje?
–Se va, ya tiene las maletas preparadas.
–Las sombras y yo la echaremos de menos.
–Las sombras y usted no importan.
–Usted tampoco, Fry, no lo olvide.

Y volvió a partir. Navegó, la señora marquesa, por un cauce sereno hasta su nuevo destino. Navegó, la señora marquesa, por un cauce infernal hasta su nuevo destino. Fry se había adelantado con el equipaje y la esperaba, impecable Fry, siempre impecable, a la puerta de su nuevo hogar. Apenas si eran las tres de la tarde cuando llegó. Su otra casa, su otro jardín, su otro Todo, la campanilla encima de su vientre subía y bajaba al ritmo de la respiración:

–Despiértelo, Fry: anuncie que ya he llegado.
–¿No prefiere unos instantes de tranquilidad antes de que se desperece?
–¿A vueltas otra vez con los instantes, Fry? ¿A vueltas otra vez con los instantes? ¿Acaso duermen debajo de Todo? ¿Debajo de este Todo peludo y barrigón? ¿Cuántos instantes necesito antes de despertar a Todo? ¿Quién es Todo, dónde está?…
– Dormitando en el jardín, ajeno a la sombras y a su viaje, con su sempiterno traje peludo. No es necesario que se ponga irónica, señora marquesa.
–Despiértelo, Fry.

FIN

Prosa027

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