Octavia quedó en la guerra
Categoría: Prosa
Título: Octavia quedó en la guerra
Autor: Prosa028
(1)
NIÑAS QUE MIRAN
Estaba frente al espejo y en ardua tarea no dejaba detalle al azar esmerándose en la práctica cotidiana para que pareciera coquetería. Un espejo siempre hay que mirar antes de salir de la casa mi tía lo sabía, mas difícil por lo visto le resultaba eludir continuamente la feminización seductora que provocaba su inmanejable belleza. Podía ser que se pareciera a esa sensación horrorosa de mirar una foto propia de juventud ida y no eludir la nostalgia arrulladora que la haría desembocar en la segura frustración, eso mi imaginaba. Seguramente sería un descanso - aunque no la relajara el acto, el pensamiento se le apilaría tenso pero conocido- la tarea de desmejorarse y que pareciera descuido accidental, porque ese día, como le ocurre a cualquiera, no tuvo tiempo de arreglarse todo lo que hubiera deseado, que por un día quien la mirara comprendiera y asimilara la desarmonía como quien mira un cuadro torcido y amablemente lo enderezara con la mirada.
El equilibrio se ponía en marcha trabajosamente entonces, su belleza límpida se tergiversaba en una mala interpretación. Ella había sido el blanco de críticas subdesarrolladas por las ignoradas formas de armonía avanzada que aun no habían llegado a este país y que hasta descarnarla con agresiones no habían parado, avisada estaba, era una experiencia que no provocaría de nuevo. Nunca mas le ocurriría su belleza. ¿Pero por dónde escaparía esta? Se le ocurrió que tenía que ser en el reconocimiento desapercibido, mirarla y olvidarla al mismo tiempo, todos en todos los sitios, sin excepción, en la calle, en el ómnibus, en la oficina, en el vecindario, en la familia. Todos tenían que olvidarse del mismo recuerdo, habían visto a una mujer bella pero que ahora no podían describir cómo era y así sentía que esos “todos” se tranquilizaban, estaban seguros gracias a ella y su labor cotidiana y garantida además, si la volvían a ver ocurriría el mismo olvido y éste sería renovable ad perpetuam, no sería una belleza persistente en la estampación de ningún recuerdo armonioso sino como un olvido abstracto imposible de describir por esa gente y además sin importancia. Mi tía quería ser vista como una mensajera de paz a su puro costo, no como una mujer, ella no provocaría discusiones entre esposos por miradas furtivas del buen hombre ni de la actuación payasesca de mujeres menguadas siempre dispuestas a llamar la atención con guaranguerías. Ella prefirió su debilidad a asumirse en la casualidad de ser bella en un sexo todavía admirado con exclamaciones contorsionantes en su juventud, prefirió no correr ella el riesgo de ser apedreada con palabras. Nosotras estábamos ahí mirándola frustradas de que no pudiera ser extasiada nuestra visión.
Esta mujer frente a nosotras que hubiera desalojado a a Anita Ekberg de la fuente y ubicado correctamente en una bañera de pensión se acomodaba el prendedor que en ese traje sastre pasaba desapercibido como adecuado a la prenda o lo contrario, tenía un enchape en oro y el diseño era acorde a la ignorancia de las personas con las que se toparía en el camino a la oficina, de esa forma estaba segura de aparentar una la ostentación pobre, adornarse con objetos que a nadie llamarían la atención ni para una mirada y si ocurría la casualidad que esta recorriera el sitio de la solapa no daría ni para una conclusión indiferente.
Pero esta mujer estaba cumpliendo ante nuestros ojos de niñas un rito, como todos los días. Sin fascinación, sin curiosidad y sin aburrimiento las tres, yo incluida, - me pregunto ahora si no fue mi primera experiencia de indiferencia compartida, por la inequívoca información sin palabras que nos intercambiábamos luego que mi tía se retiraba, y que ya nos dejaba prontas para continuar con el juego como si no hubiera ocurrido el espejo que la esmeraba- esperábamos a que terminara de una vez para comprobar una vez mas cómo no nos equivocábamos. La despedida incluía besos a sus hijas y a mí, su sobrina Octavia, que nunca nos rozaba ninguna parte del otro cuerpo aunque tampoco se escurría todo, un poco de aliento salivoso siempre llegaba aunque ya frío lo que nos señalaba que la distancia era mucha para un beso pero no para un beso de corridas de mujer trabajadora. Una vez mas estuvimos ahí para comprobarlo. Nos chocamos las palmas.
Yo no era de la casa así que podía no hablar, como todos en esa casa, del tema de la adopción de mis primas, yo sabía de qué hablar, pero estaba exonerada pero yo por un motivo menos fatigante que los adultos, yo era una niña, que me miraran por arriba y por el costado era una niña siempre aunque sabía de qué hubiera tenido que hablar, -como todos-, pero era un tema extraño para quien demostraba sin necesidad de documento de identidad la coherencia del reconocimiento a la niñez, aunque yo cargaba con la desconfianza que se deposita, con razón, en los niños cuya amenaza permanente no reconoce flancos fuertes en nadie, no me importa porque yo era una niña extraña a la casa y los temas adrede sabidos falsos podía dejárselos a los otros y yo ni siquiera quedarme a contemplarlos. Todo tendía a suponer que no era conveniente visitar la casa de la mentira consentida donde el error acechaba en todos los rincones sin embargo nadie resistía visitar la casa del descanso del tema equívoco. De esos temas no se habla así que se supone que ninguna conclusión podía yo sacar sobre los besos sin baba de la madre a sus hijas, idénticos a los míos, y una sobrina no se adopta como tema de conversación por nadie, así que mas segura me sentía aun yo allí. Había otras comodidades para mí en esa casa, la diferencia con mis primas, las feas eran ellas.
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(2)
UNA CASA PARA IMAGINAR QUÉ PASA
Cuando todavía no podía recordar que ya sabía memorizar mi nombre me sentía imprescindible en una casa que no era la mía. En la casa de mi tía, en la que ocurrían cosas que solo una mente dispuesta a la deformación infantil se atrevía a la faena de comprender. Un hecho legal sin precedentes en el país, decían los sinceros uruguayos de aquella época, -los que ni sacando prolijos apuntes de fantasía de Disney les entraba la idea de que Uruguay no era suficiente para completarlo-, se había protagonizado por dos habitantes de esa casa. No había sido casual, por el contrario todos los errores antiguos de esa saga llevaban a confiar en el resultado vuelto suceso que los incautos conciudadanos no paraban hasta volverlo internacional y ahí estaba yo pronta con mis fantasías para acompañar quién sabe adónde me llevaran. Las inocentes pruebas dejadas a su paso, un matrimonio, había dado permiso a la apropiación del suceso por un ejército de cretinos fácilmente reconocibles como testigos de la legalidad por las manos siempre como empuñando arroz pronto a descargarlo cuantas veces fuera necesario para recordar y recrear para su regocijo que no habían sido ellos los protagonistas apenas los custodios sonrientes. La sonrisa era estúpida de tanto llevarla siempre pronta, gastada, sin matices, desaliñada, la misma siempre para el mismo recuerdo, ni un pulido con los años, para qué, pensarían, el hecho era irreversible y la desgracia ajena. Todo comenzó cuando mi tía tenía treinta y pico de años y no había excusa, en Montevideo lo único que pasaba era el vapor de la carrera el viernes de noche para que comprobara cómo Buenos Aires no era París y como regresaba igual de paria al mismo lugar el lunes, pero no contradijo al destino esperó algo peor que la esquizofrenia que ya había venido en su socorro, disciplinada y militante activa de sus traumas los gobernó con mano de hierro, ninguno se escaparía por ahí a hacer desastres, segura de estar a salvo del diagnóstico los dividió, mas seguro sería el respeto social, cuantos pos grados ya tuviera la facultad de medicina ella los requeriría en sus consultas, sería una adaptada rápida y sin sospechas a la impuesta salud, por mencionar una de sus integraciones a la alienación. El matrimonio vino después. Un corro del suceso se tarareó por años y la incansable supremacía que otorgaba hablar de él a vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo no parecía tener fin. Nadie hubiera distinguido un atrevido de otro. También es verdad que los atrevidos estaban atrapados en argumentos iguales y perdurables si alguno buscaba la diferencia yo misma aunque niña me hubiera atrevido a empujarlo a la fila con los pares, a ser chorizo del mismo molde. No puedo dejar de conmoverme cuantos mas sucesos nutrían aquel desprecio ajeno, empezando por la previsible llegada de las hijas feas. Yo era de la familia así que siempre estaba con mi vergüenza impresentable, eran mis primas feas con las que yo debía jugar mientras la gente dejaba entrever cual era la pregunta que no hacían en vez de la atrevida amabilidad con la que no se olvidaban de cercarnos. Los intrusos se defendían, ¿por qué nunca se mueven, por qué dejan a los espectadores atrapados en la misma actitud degenerativa? Inmutable, haciendo de familia mi tía consideraba todos los días - para resolverlo hasta con sudor que cualquiera podía comprobar era el mismo de la mañana que continuaba en la tarde y en la noche nadie estaba para desmentir que era el que sigue al de la ducha caliente -, su rol de mujer sola con hijas que criar, con obligaciones que ella no permitía se le asesoraran fueran legales. Eran del corazón. Cuanto mas provocaba con colegios inaccesibles a su costo pero religiosamente pagados menos se sospecharía que no era amor. En su lugar terceros críticos, sin creerlo pero sin cohibirse, especulaban sobre los sacrificios de una empleada pública y yo supongo que mi tía emplearía esos momentos para tomar un descanso mientras pensaba cómo añadirle otros adminículos a la imaginación circundante para estirar sus horas de paz, el aprendizaje de idiomas con profesoras particulares y de origen, - francesa e inglesa -, fue otro de los inventos que la mantuvo a salvo.
A poco de ir recordando detalles, segura del monstruo que creaba a mi alrededor –uno solo para abarcarlos a todos- con los seres a los que no les venía nada mal, según mi opinión, ensancharles la deformación para que mas holgados encastraran en mi ya cómoda deserción de benevolencia hacia ellos. Mientras todos esos preparativos ocurrían en mi tranquila inteligencia, de la que nadie sospechaba producía memoria, me gustaba sentir esa casa ajena como mi alienación favorita, siempre podía contraponerles mi imaginación a la amenaza que provenía de sus habitantes.
Mientras pendiente estaba que de ese tema nunca se hablaría y cuando el silencio se hacía insoportable, entonces ahí se podía llorar sobre el imposible tema de conversación. Yo no era de la casa así que no solo estaba exonerada de participar sino que creo que hasta tenía prohibido el llanto por ese motivo, si me caía y me lastimaba la rodilla se me prestaría solidaridad para algunas lágrimas pero intuía que no podía participar en el llanto que me parecía sincronizado a un código oculto y además porque no era mi drama, éste estaba para ser exhibido y por eso yo estaba ahí, creía. Pero el llanto ocurría, todos sobre todos, mis primas una sobre otra, mi tía luego en trensito con mis primas y el círculo se completaba. Ahora me parece increíble lo bien que sabían resolverlo, con lágrimas como todo el mundo. Es verdad que ya en aquel entonces aprobé en silencio las treguas de llanto que aseguraban que el drama seguía ahí, segura que nunca habría cámaras ocultas pidiendo un corten, vuelvan a sus vidas, para nada, los infelices atrapados actuaban para mí, los silencios eran ajenos, el llanto ni lo oía, era gratis no como en el cine que tenía que pagar y seguramente los dibujos ni animaban estos escabrosos personajes, qué mas podía pedir, no conocí el aburrimiento en ese tiempo lo que influyó para siempre en sentir culpa a la que para ahorrarla en actitud siempre la guardaba para la misma ocasión, para cuando inocentes párvulas venían y me preguntaban ¿esas que están ahí son tus primas?
Qué hubiera dado mi tía para que esa trama que ella había inventado que transcurría existiera en el lugar del drama de utilería puesto a vivir en los seres elegidos, que existiera ese marido que la abandonara luego de no poder quedarse a justificar la existencia de esas hijas, que se supieran noticias por terceros del cobarde, como ocurre en estos casos, según versiones comparadas, que cumpliera con ser la figura de padre ausente que sus hijas precisaban en los test psicológicos para que la verdad no rodara como versión sino con el espaldarazo de la ciencia cómplice.
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(3)
POR QUÉ LLORAN
La mitad de los funcionarios públicos que se comprometen a asistir a una fiesta de la oficina no lo hace, la haraganería de una mala excusa siempre pasa mejor desapercibida que las molestias de aguantar preguntar el rato del pudor convencional ¿aquel pasillo conducirá al baño de mi sexo? cuando el burócrata ya se siente que elaboró la broma a su necesidad sobre si los pasillos conducen a la confusión de los gabinetes con la que se desternillarán sus compañeros a su paso hacia ellos. Pero no era el caso de mi tía, ella nunca dejó de asistir a cualquier reunión, temía que confundieran su actitud con el desprecio que no sentía por indiferencia. No quería ser descubierta en el proceso de adaptación a esa extrañeza que era su vida con preguntas erradas, qué hace esta mujer en un país donde no puede ser comparada con nadie, cómo se puede sobrevivir sin cotejo, mi tía lo resolvió, en algún sitio de su cumplidora personalidad la inercia la absorbió y se puso a sufrir esa quietud que prometía lo definitivo de su vida, así que cabalgando lo inmutable preguntó, ¿dónde es la dirección?, dicharachera llegó a la fiesta en la que, como no podía ser de otra forma en el Uruguay, la mitad de las sillas estaban vacías. El negro compañero de la repartición en la que trabajaba se acercó, gustosa se cambió de silla, había muchas, para dejar conversar a los dos negros de la oficina, pero la negrita compañera funcionaria no conocía de pruritos, ella había llegado antes a la fiesta así que nadie sospechó que no se merecía lo que pedía, ¿dónde está el baño?, preguntó, ahí quedaron entonces conversando los que todavía no estaban en hora con las sillas apartadas primero, después mas juntas por falta de asesoramiento, mi tía tanteaba dónde quedaría la ofensa que no quería cometer, si no me acerco mas creerán que lo hago por lo que realmente siento, pensó, el asco insoportable de la osadía de este negro de venir a practicar seducción distraída, si fuera explícita podría ofenderme y poner distancia pero era lánguida, casi sin diferencia con las conversaciones y movimientos corporales que ponía en práctica en las horas de letargo de la oficina cuando el aburrimiento ponía creativos de envejecimiento precoz a los funcionarios. Cuánto le acarreaba ser rubia y divina, esos advenedizos caracteres en una oficina pública de Montevideo debían pagarse con educación, por eso buscó el baño la negra para que de una vez mi tía empezara. Menos de casamiento no aceptaban para que pasara la prueba.
Mi tía suspendió sus derechos a cuestionar un sentimiento tan atrevido del negro, con qué otra cosa cuenta éste se culpo y se dejó inundar por la osadía del negro como por un sentir inaccesible para ella, ella se había revestido de falsa timidez, llamaba a ser abordada por sentimientos desconocidos que la inutilizaran para cualquier decisión libre, cedió el desborde a los otros, temía ser linchada por su despliegue de ironía no conocida aun por estas latitudes. Así pues que desarmada abrió el flanco, que entre el negro nomás, dijo. Ella era la única que lo llamaba por el nombre y no “negro” como los demás compañeros de trabajo y creyó que él tenía derecho a vengar esa discriminación educada.
Yo no podía olvidarme que un día encontré a mis primas llorando y tal vez me hubieran mentido sobre el motivo así que me sobrepuse a mi propia impresión y fui en busca de ellas. La información había llegado a sus compañeros del jardín de infantes, ya no tenían escape. La maestra estaba en el baño, había pedido permiso, así que sin custodia se asomaron las cabezas de los sinceros, ustedes no son adoptadas, gritaban, vuestro padre es … no pudieron completar la frase, intervino la maestra quien apurada y sin alivio corrió hacia sus angelitos al descubrir la intención de lo que seguía, lo primero es lo primero, los felicitó por el pronombre correctamente ubicado en la frase sin terminar y los retó por no percibir lo inapropiado de la intención de continuar completando la verdad, es un desaprovechamiento de sus niñeces, serían injustamente recordados por violarse a si mismos en la ingenuidad sagrada de sus inocencias y con la amabilidad dura los instó a recordar sus edades y qué hacer en lo inmediato para asegurar la preservación de la infancia casi arriesgada, vayan al salón de juego para criaturas que gatean, - les ordenó -. Cuando se va a ser ofensivo con la verdad es erróneo fraccionarla en datos niños, (primero fue didáctica con las formas), los padres de estas nenas formaron el primer matrimonio de una islandesa y un afroamericano en la primera mitad del siglo XX en el Uruguay. Dejen la crueldad de la inocencia para otra vez ahora es totalmente innecesario, el caso saldrá en la próxima edición de SELECCIONES avisen a sus padres para que la compren.
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FIN
Prosa028
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