Vanessa : Novelita rosa con espinas
Categoría: Prosa
Título: Vanessa: Novelita rosa con espinas
Autor: Prosa030
Para V. A. V., donde quiera que estés
I
Había llegado un día antes y tomado posesión de un claustrofóbico cuartito en una pensión para estudiantes universitarios. No asistiría a esa universidad, cuyo campus se localizaba a poquísimas cuadras de allí, sino a una escuela de arte dramático, a una distancia considerable. Sabía que me quedaría por poco tiempo, pues había planeado volver a mudarme para seguir los estudios en un sitio mucho mejor, y me hallaba algo fastidiado. Los resultados finales del examen de ingreso me daban un segundo puesto, y estaba seguro de que se había cometido cierta irregularidad. El primer puesto (competidor seguramente igual a los demás, por el que no habría apostado ni mis calcetines rotos) me aventajaba por demasiados puntos, y tenía un nombre femenino en el que casi no reparé.
Fui a la escuela caminando y sin afeitar. La ciudad no me agradaba mucho, pero no me disgustó hacer ese primer recorrido a través de calles que no dibujaban aquel oscuro garabato donde había sufrido incontables días y noches de polvo y humillación. Cuando arribé al edificio, recordé la hora en que me decidí, de una vez, a probar mi valía tras los pasos de mi héroe de siempre, Dustin Hoffman. Aunque no entraba en el Actors Studio, en algún lugar había que empezar. Cubriendo los varios pabellones, subiendo las pétreas escaleras, la escuela se me antojó poco menos que asfixiante, y más gris todavía.
II
Recuerdo que su visión me detuvo en el umbral. Fuera y dentro mucha gente se movía o simplemente respiraba; ella fue la primera persona que vi, y la única que perturbó mi calma. Llevaba mis gafas puestas, pero no miré su exterior o sus líneas porque algo menos preciso absorbió mi atención. Sólo segundos después de penetrar en aquel recinto, debí de saber que la amaría. Su nombre era Vanessa, y su voz agredía el silencio de cristal. Su cuerpo era menudo y sus movimientos enérgicos. Su risa era plena, llena de emoción, deslumbrante. Sus ojos eran pequeños y claros, y conducían a un espacio infinitamente triste. Cierta intensidad pasional animaba cada uno de sus gestos, a la vez que una introspección insondable frustraba la sola idea de acceder a su esfera. Me sentía en la presencia de un ángel u otro ser extraordinario de parigual naturaleza. La certeza de lo prodigioso se manifestaba insoportable. No sabía qué hacer.
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En el centro del salón había una escalera doble; cerca de la puerta, pegado a la pared, observaba a Vanessa recitando a Shakespeare encaramada en aquella cosa. Era Julieta. No podía ser una coincidencia. El destino la señalaba con la luz de un reflector. Y estaba confesando su amor a Romeo, ignorando su verdadera presencia. Igual que los demás, indiferente ante mis penosas contorsiones. Por supuesto, era la mejor actriz del salón. Sin ninguna duda.
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Llegué tarde. Después de que el profesor me amonestó a través de la puerta entreabierta, la ví en el extremo opuesto. Fui directamente a sentarme a su lado en el piso. Cada miembro de la clase esperaba su turno para leer en voz alta un fragmento de “Romeo y Julieta”, y ella tenía su copia en las manos. Inmediatamente después de sentarme, la oí preguntarme si no había traído la mía. Cuando le respondí negativamente, ella me acercó la suya, sosteniéndola con su mano derecha todo el tiempo. Yo no podía leer la copia, no podía moverme.
III
Vanessa no estaba interesada en mí. Por otro lado, mi inhibición, la falta de una gentileza mínima en mi trato casi inexistente con ella, no mejoraba la situación. Mi pena era tal, y la revelación de mis sentimientos tan apremiante, que decidí armarme de todo el valor que hiciera falta.
Al filo de la segunda o tercera semana de clases, un viaje intempestivo que el caprichoso azar me impuso significó una retirada que emprendí sumiso y aliviado, pese a que un segundo antes me sentía dispuesto a dar el primer paso. Retorné tras una semana, e inicié un inmediato período de lasitud, convencido cada hora más de que no deseaba volver al escenario de mi drama íntimo, aunque eso comportase renunciar a mi instrucción académica y así perder otro año de mi vida. Salía de mi cubículo para alimentarme: recogía la bandeja de la mesita junto a mi puerta y volvía a cerrar ésta tras de mí. Sin embargo, el lunes me encontró en una carpeta escuchando un discurso absurdamente solemne más. Entonces descubrí que ella no asistía los lunes.
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Aquel martes llegué temprano a la clase de actuación. Algo me decía que ella entraría en cualquier momento, y eso es lo que esperaba con un ansia que escapaba a mi comprensión. La conciencia de mi cautiverio, de que me había humillado ante el infame directorcillo de aquel antro indigno de mi educación porque me aceptasen de nuevo y no quedarme en la calle; que me había humillado, digo, por nada, pues sabía que las cosas sólo podían ir peor –al menos los cursos–, hacía agolparse a mis ojos una mezcla violenta de sentimientos que hacían implosión y me dejaron clavado al lado de la puerta esperando lo súbitamente indeseado, la reaparición de la culpable de toda mi confusión. Así la miré a los ojos, con tan desorientador disfraz, improvisando junto con él mi condena.
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Cuando, después de interminables tardes, en la clase de expresión oral se acercó adonde yo me hallaba, tendido en el parqué aprendiendo a respirar, e intentó ayudarme, casi no lo creía. El día siguiente, la abordé a la salida. La fugaz imagen de mi avergonzada gratitud (aparentemente reticente, forzada, resignada) y su “¡De nada! ¡Chau!”, sonriente y justamente esquiva, minaba mi ánimo, pero la circunstancia que la originó me ofrecía ahora un pretexto que debía aprovechar.
Elegí ser sincero. En “Tootsie” hay una escena donde Jessica Lange le refiere a Dustin cierta fantasía femenina sobre el hombre siendo franco en el acercamiento sexual.
IV
No lo hice mejor que Dustin. Ya no había nada que pudiese hacer. Los primeros días que siguieron a esa manifestación infeliz la ignoré y eludí alternativamente, prolongando mi rudeza hacia ella. Transcurrido un tiempo muy corto, sin embargo, mi actitud empezó a cambiar. Las cosas retornaron, entonces, a sus acostumbradas apariencias. Ella entraba y yo sentía que algo me atravesaba y clavaba en donde estaba, o la oscura fuerza que me agitaba hacía perceptible, muy ocasionalmente, un breve pero notable movimiento de todo mi cuerpo hacia el suyo, como el paso de un autómata, que me admiraba por su temeridad y que era el mismo que había marcado el inicio de aquella repentina y premeditada revelación; durante esos momentos no podía dejar de mirarla, y ella se aproximaba y saludaba a todos, excepto a mí.
V
Aún faltaban varios minutos para la clase, los suficientes. Lo resolví en el último minuto. Hacía algún tiempo que había comenzado a pensar en ello, y un día muy reciente había visto esfumarse una buena oportunidad. Aquella tarde Vanessa llegó al salón y dejó su bolso y se ausentó una eternidad. Eran los minutos previos al inicio de esa clase, y la rosa roja de largo tallo habría esperado su regreso con euforia si hubiese actuado entonces. Ahora iba a hacerlo.
Cuando comprobé que el tiempo me era favorable, di media vuelta y me puse a correr. No sabía exactamente a dónde ir. Pregunté (lo que no suelo hacer) y encallé, después de dar algunas vueltas en círculo, en comercios exiguos con ofertas marchitas. Además del maltrato de alguna vendedora –el cual finalmente me condujo al sitio indicado por no beneficiarla–, me vi en la necesidad de tomar un taxi para cubrir las tres breves cuadras que me separaban del instituto y poder estar en el salón, ya casi sin esperanza, a tiempo. La rosa sin espinas descansaba dentro de una bolsa negra sobre mi regazo.
Ingresé al salón junto con una de sus amigas. Ella no estaba, pero había tres bolsos bajo el largo espejo horizontal. Pregunté a la chica si eso era suyo. No señalé exactamente ningún bolso, pero la chica me respondió: “Esto es de Vanessa, esto de … y esto es mío.” La última parte de su respuesta, la única que contestaba mi pregunta, no me habría sacado del callejón. Feliz, esperé a que saliera, a que el profesor no pudiese verme ni tampoco los que hablaban con él, y a que algo me anunciase que ya era el instante, que podía colocar la rosa por el agujero del bolso, esbelta, erecta, modestamente orgullosa, cual si hubiese germinado ahí mismo, sin que ella regresase demasiado pronto y me sorprendiese en el acto. Cuando terminé, aún quedaban varios segundos para su retorno.
La oí llegar. Como siempre, acompañada por sus dos amigas. Como siempre, no pareció enterarse de mi presencia. Como siempre, yo fingí ignorarla. Supe cuando descubrió la rosa. Oí su voz preguntando si habían visto a quien la había puesto allí. Entonces estuve seguro de que no me había equivocado de bolso. Me hallaba frente al gran espejo, asido a la barra, sin atreverme a dirigir la vista hacia el compacto grupo a mi costado. Casi no quitaba la mirada de encima a mi propio reflejo, serio primero (al escuchar unas risas intrigantes) y después un poco sonriente, cuando una voz que no era la suya exclamó: “¡Yo sé quién fue… Christian!”
Un momento después, ella estaba a mi lado, frente al espejo, realizando aquellos ejercicios de vocalización. Y un momento después, sentí su mirada sobre mí.
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