Category: Prosa


Vanessa : Novelita rosa con espinas

May 31st, 2007 — 2:42pm

Categoría: Prosa
Título: Vanessa: Novelita rosa con espinas
Autor: Prosa030

Para V. A. V., donde quiera que estés

I

Había llegado un día antes y tomado posesión de un claustrofóbico cuartito en una pensión para estudiantes universitarios. No asistiría a esa universidad, cuyo campus se localizaba a poquísimas cuadras de allí, sino a una escuela de arte dramático, a una distancia considerable. Sabía que me quedaría por poco tiempo, pues había planeado volver a mudarme para seguir los estudios en un sitio mucho mejor, y me hallaba algo fastidiado. Los resultados finales del examen de ingreso me daban un segundo puesto, y estaba seguro de que se había cometido cierta irregularidad. El primer puesto (competidor seguramente igual a los demás, por el que no habría apostado ni mis calcetines rotos) me aventajaba por demasiados puntos, y tenía un nombre femenino en el que casi no reparé.

Fui a la escuela caminando y sin afeitar. La ciudad no me agradaba mucho, pero no me disgustó hacer ese primer recorrido a través de calles que no dibujaban aquel oscuro garabato donde había sufrido incontables días y noches de polvo y humillación. Cuando arribé al edificio, recordé la hora en que me decidí, de una vez, a probar mi valía tras los pasos de mi héroe de siempre, Dustin Hoffman. Aunque no entraba en el Actors Studio, en algún lugar había que empezar. Cubriendo los varios pabellones, subiendo las pétreas escaleras, la escuela se me antojó poco menos que asfixiante, y más gris todavía.

II

Recuerdo que su visión me detuvo en el umbral. Fuera y dentro mucha gente se movía o simplemente respiraba; ella fue la primera persona que vi, y la única que perturbó mi calma. Llevaba mis gafas puestas, pero no miré su exterior o sus líneas porque algo menos preciso absorbió mi atención. Sólo segundos después de penetrar en aquel recinto, debí de saber que la amaría. Su nombre era Vanessa, y su voz agredía el silencio de cristal. Su cuerpo era menudo y sus movimientos enérgicos. Su risa era plena, llena de emoción, deslumbrante. Sus ojos eran pequeños y claros, y conducían a un espacio infinitamente triste. Cierta intensidad pasional animaba cada uno de sus gestos, a la vez que una introspección insondable frustraba la sola idea de acceder a su esfera. Me sentía en la presencia de un ángel u otro ser extraordinario de parigual naturaleza. La certeza de lo prodigioso se manifestaba insoportable. No sabía qué hacer.

. . .

En el centro del salón había una escalera doble; cerca de la puerta, pegado a la pared, observaba a Vanessa recitando a Shakespeare encaramada en aquella cosa. Era Julieta. No podía ser una coincidencia. El destino la señalaba con la luz de un reflector. Y estaba confesando su amor a Romeo, ignorando su verdadera presencia. Igual que los demás, indiferente ante mis penosas contorsiones. Por supuesto, era la mejor actriz del salón. Sin ninguna duda.

. . .

Llegué tarde. Después de que el profesor me amonestó a través de la puerta entreabierta, la ví en el extremo opuesto. Fui directamente a sentarme a su lado en el piso. Cada miembro de la clase esperaba su turno para leer en voz alta un fragmento de “Romeo y Julieta”, y ella tenía su copia en las manos. Inmediatamente después de sentarme, la oí preguntarme si no había traído la mía. Cuando le respondí negativamente, ella me acercó la suya, sosteniéndola con su mano derecha todo el tiempo. Yo no podía leer la copia, no podía moverme.

III

Vanessa no estaba interesada en mí. Por otro lado, mi inhibición, la falta de una gentileza mínima en mi trato casi inexistente con ella, no mejoraba la situación. Mi pena era tal, y la revelación de mis sentimientos tan apremiante, que decidí armarme de todo el valor que hiciera falta.

Al filo de la segunda o tercera semana de clases, un viaje intempestivo que el caprichoso azar me impuso significó una retirada que emprendí sumiso y aliviado, pese a que un segundo antes me sentía dispuesto a dar el primer paso. Retorné tras una semana, e inicié un inmediato período de lasitud, convencido cada hora más de que no deseaba volver al escenario de mi drama íntimo, aunque eso comportase renunciar a mi instrucción académica y así perder otro año de mi vida. Salía de mi cubículo para alimentarme: recogía la bandeja de la mesita junto a mi puerta y volvía a cerrar ésta tras de mí. Sin embargo, el lunes me encontró en una carpeta escuchando un discurso absurdamente solemne más. Entonces descubrí que ella no asistía los lunes.
. . .

Aquel martes llegué temprano a la clase de actuación. Algo me decía que ella entraría en cualquier momento, y eso es lo que esperaba con un ansia que escapaba a mi comprensión. La conciencia de mi cautiverio, de que me había humillado ante el infame directorcillo de aquel antro indigno de mi educación porque me aceptasen de nuevo y no quedarme en la calle; que me había humillado, digo, por nada, pues sabía que las cosas sólo podían ir peor –al menos los cursos–, hacía agolparse a mis ojos una mezcla violenta de sentimientos que hacían implosión y me dejaron clavado al lado de la puerta esperando lo súbitamente indeseado, la reaparición de la culpable de toda mi confusión. Así la miré a los ojos, con tan desorientador disfraz, improvisando junto con él mi condena.
. . .

Cuando, después de interminables tardes, en la clase de expresión oral se acercó adonde yo me hallaba, tendido en el parqué aprendiendo a respirar, e intentó ayudarme, casi no lo creía. El día siguiente, la abordé a la salida. La fugaz imagen de mi avergonzada gratitud (aparentemente reticente, forzada, resignada) y su “¡De nada! ¡Chau!”, sonriente y justamente esquiva, minaba mi ánimo, pero la circunstancia que la originó me ofrecía ahora un pretexto que debía aprovechar.

Elegí ser sincero. En “Tootsie” hay una escena donde Jessica Lange le refiere a Dustin cierta fantasía femenina sobre el hombre siendo franco en el acercamiento sexual.

IV

No lo hice mejor que Dustin. Ya no había nada que pudiese hacer. Los primeros días que siguieron a esa manifestación infeliz la ignoré y eludí alternativamente, prolongando mi rudeza hacia ella. Transcurrido un tiempo muy corto, sin embargo, mi actitud empezó a cambiar. Las cosas retornaron, entonces, a sus acostumbradas apariencias. Ella entraba y yo sentía que algo me atravesaba y clavaba en donde estaba, o la oscura fuerza que me agitaba hacía perceptible, muy ocasionalmente, un breve pero notable movimiento de todo mi cuerpo hacia el suyo, como el paso de un autómata, que me admiraba por su temeridad y que era el mismo que había marcado el inicio de aquella repentina y premeditada revelación; durante esos momentos no podía dejar de mirarla, y ella se aproximaba y saludaba a todos, excepto a mí.

V

Aún faltaban varios minutos para la clase, los suficientes. Lo resolví en el último minuto. Hacía algún tiempo que había comenzado a pensar en ello, y un día muy reciente había visto esfumarse una buena oportunidad. Aquella tarde Vanessa llegó al salón y dejó su bolso y se ausentó una eternidad. Eran los minutos previos al inicio de esa clase, y la rosa roja de largo tallo habría esperado su regreso con euforia si hubiese actuado entonces. Ahora iba a hacerlo.

Cuando comprobé que el tiempo me era favorable, di media vuelta y me puse a correr. No sabía exactamente a dónde ir. Pregunté (lo que no suelo hacer) y encallé, después de dar algunas vueltas en círculo, en comercios exiguos con ofertas marchitas. Además del maltrato de alguna vendedora –el cual finalmente me condujo al sitio indicado por no beneficiarla–, me vi en la necesidad de tomar un taxi para cubrir las tres breves cuadras que me separaban del instituto y poder estar en el salón, ya casi sin esperanza, a tiempo. La rosa sin espinas descansaba dentro de una bolsa negra sobre mi regazo.

Ingresé al salón junto con una de sus amigas. Ella no estaba, pero había tres bolsos bajo el largo espejo horizontal. Pregunté a la chica si eso era suyo. No señalé exactamente ningún bolso, pero la chica me respondió: “Esto es de Vanessa, esto de … y esto es mío.” La última parte de su respuesta, la única que contestaba mi pregunta, no me habría sacado del callejón. Feliz, esperé a que saliera, a que el profesor no pudiese verme ni tampoco los que hablaban con él, y a que algo me anunciase que ya era el instante, que podía colocar la rosa por el agujero del bolso, esbelta, erecta, modestamente orgullosa, cual si hubiese germinado ahí mismo, sin que ella regresase demasiado pronto y me sorprendiese en el acto. Cuando terminé, aún quedaban varios segundos para su retorno.

La oí llegar. Como siempre, acompañada por sus dos amigas. Como siempre, no pareció enterarse de mi presencia. Como siempre, yo fingí ignorarla. Supe cuando descubrió la rosa. Oí su voz preguntando si habían visto a quien la había puesto allí. Entonces estuve seguro de que no me había equivocado de bolso. Me hallaba frente al gran espejo, asido a la barra, sin atreverme a dirigir la vista hacia el compacto grupo a mi costado. Casi no quitaba la mirada de encima a mi propio reflejo, serio primero (al escuchar unas risas intrigantes) y después un poco sonriente, cuando una voz que no era la suya exclamó: “¡Yo sé quién fue… Christian!”

Un momento después, ella estaba a mi lado, frente al espejo, realizando aquellos ejercicios de vocalización. Y un momento después, sentí su mirada sobre mí.

Prosa030

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Octavia quedó en la guerra

May 31st, 2007 — 2:40pm

Categoría: Prosa
Título: Octavia quedó en la guerra
Autor: Prosa028

(1)
NIÑAS QUE MIRAN
Estaba frente al espejo y en ardua tarea no dejaba detalle al azar esmerándose en la práctica cotidiana para que pareciera coquetería. Un espejo siempre hay que mirar antes de salir de la casa mi tía lo sabía, mas difícil por lo visto le resultaba eludir continuamente la feminización seductora que provocaba su inmanejable belleza. Podía ser que se pareciera a esa sensación horrorosa de mirar una foto propia de juventud ida y no eludir la nostalgia arrulladora que la haría desembocar en la segura frustración, eso mi imaginaba. Seguramente sería un descanso - aunque no la relajara el acto, el pensamiento se le apilaría tenso pero conocido- la tarea de desmejorarse y que pareciera descuido accidental, porque ese día, como le ocurre a cualquiera, no tuvo tiempo de arreglarse todo lo que hubiera deseado, que por un día quien la mirara comprendiera y asimilara la desarmonía como quien mira un cuadro torcido y amablemente lo enderezara con la mirada.

El equilibrio se ponía en marcha trabajosamente entonces, su belleza límpida se tergiversaba en una mala interpretación. Ella había sido el blanco de críticas subdesarrolladas por las ignoradas formas de armonía avanzada que aun no habían llegado a este país y que hasta descarnarla con agresiones no habían parado, avisada estaba, era una experiencia que no provocaría de nuevo. Nunca mas le ocurriría su belleza. ¿Pero por dónde escaparía esta? Se le ocurrió que tenía que ser en el reconocimiento desapercibido, mirarla y olvidarla al mismo tiempo, todos en todos los sitios, sin excepción, en la calle, en el ómnibus, en la oficina, en el vecindario, en la familia. Todos tenían que olvidarse del mismo recuerdo, habían visto a una mujer bella pero que ahora no podían describir cómo era y así sentía que esos “todos” se tranquilizaban, estaban seguros gracias a ella y su labor cotidiana y garantida además, si la volvían a ver ocurriría el mismo olvido y éste sería renovable ad perpetuam, no sería una belleza persistente en la estampación de ningún recuerdo armonioso sino como un olvido abstracto imposible de describir por esa gente y además sin importancia. Mi tía quería ser vista como una mensajera de paz a su puro costo, no como una mujer, ella no provocaría discusiones entre esposos por miradas furtivas del buen hombre ni de la actuación payasesca de mujeres menguadas siempre dispuestas a llamar la atención con guaranguerías. Ella prefirió su debilidad a asumirse en la casualidad de ser bella en un sexo todavía admirado con exclamaciones contorsionantes en su juventud, prefirió no correr ella el riesgo de ser apedreada con palabras. Nosotras estábamos ahí mirándola frustradas de que no pudiera ser extasiada nuestra visión.

Esta mujer frente a nosotras que hubiera desalojado a a Anita Ekberg de la fuente y ubicado correctamente en una bañera de pensión se acomodaba el prendedor que en ese traje sastre pasaba desapercibido como adecuado a la prenda o lo contrario, tenía un enchape en oro y el diseño era acorde a la ignorancia de las personas con las que se toparía en el camino a la oficina, de esa forma estaba segura de aparentar una la ostentación pobre, adornarse con objetos que a nadie llamarían la atención ni para una mirada y si ocurría la casualidad que esta recorriera el sitio de la solapa no daría ni para una conclusión indiferente.

Pero esta mujer estaba cumpliendo ante nuestros ojos de niñas un rito, como todos los días. Sin fascinación, sin curiosidad y sin aburrimiento las tres, yo incluida, - me pregunto ahora si no fue mi primera experiencia de indiferencia compartida, por la inequívoca información sin palabras que nos intercambiábamos luego que mi tía se retiraba, y que ya nos dejaba prontas para continuar con el juego como si no hubiera ocurrido el espejo que la esmeraba- esperábamos a que terminara de una vez para comprobar una vez mas cómo no nos equivocábamos. La despedida incluía besos a sus hijas y a mí, su sobrina Octavia, que nunca nos rozaba ninguna parte del otro cuerpo aunque tampoco se escurría todo, un poco de aliento salivoso siempre llegaba aunque ya frío lo que nos señalaba que la distancia era mucha para un beso pero no para un beso de corridas de mujer trabajadora. Una vez mas estuvimos ahí para comprobarlo. Nos chocamos las palmas.

Yo no era de la casa así que podía no hablar, como todos en esa casa, del tema de la adopción de mis primas, yo sabía de qué hablar, pero estaba exonerada pero yo por un motivo menos fatigante que los adultos, yo era una niña, que me miraran por arriba y por el costado era una niña siempre aunque sabía de qué hubiera tenido que hablar, -como todos-, pero era un tema extraño para quien demostraba sin necesidad de documento de identidad la coherencia del reconocimiento a la niñez, aunque yo cargaba con la desconfianza que se deposita, con razón, en los niños cuya amenaza permanente no reconoce flancos fuertes en nadie, no me importa porque yo era una niña extraña a la casa y los temas adrede sabidos falsos podía dejárselos a los otros y yo ni siquiera quedarme a contemplarlos. Todo tendía a suponer que no era conveniente visitar la casa de la mentira consentida donde el error acechaba en todos los rincones sin embargo nadie resistía visitar la casa del descanso del tema equívoco. De esos temas no se habla así que se supone que ninguna conclusión podía yo sacar sobre los besos sin baba de la madre a sus hijas, idénticos a los míos, y una sobrina no se adopta como tema de conversación por nadie, así que mas segura me sentía aun yo allí. Había otras comodidades para mí en esa casa, la diferencia con mis primas, las feas eran ellas.
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(2)
UNA CASA PARA IMAGINAR QUÉ PASA
Cuando todavía no podía recordar que ya sabía memorizar mi nombre me sentía imprescindible en una casa que no era la mía. En la casa de mi tía, en la que ocurrían cosas que solo una mente dispuesta a la deformación infantil se atrevía a la faena de comprender. Un hecho legal sin precedentes en el país, decían los sinceros uruguayos de aquella época, -los que ni sacando prolijos apuntes de fantasía de Disney les entraba la idea de que Uruguay no era suficiente para completarlo-, se había protagonizado por dos habitantes de esa casa. No había sido casual, por el contrario todos los errores antiguos de esa saga llevaban a confiar en el resultado vuelto suceso que los incautos conciudadanos no paraban hasta volverlo internacional y ahí estaba yo pronta con mis fantasías para acompañar quién sabe adónde me llevaran. Las inocentes pruebas dejadas a su paso, un matrimonio, había dado permiso a la apropiación del suceso por un ejército de cretinos fácilmente reconocibles como testigos de la legalidad por las manos siempre como empuñando arroz pronto a descargarlo cuantas veces fuera necesario para recordar y recrear para su regocijo que no habían sido ellos los protagonistas apenas los custodios sonrientes. La sonrisa era estúpida de tanto llevarla siempre pronta, gastada, sin matices, desaliñada, la misma siempre para el mismo recuerdo, ni un pulido con los años, para qué, pensarían, el hecho era irreversible y la desgracia ajena. Todo comenzó cuando mi tía tenía treinta y pico de años y no había excusa, en Montevideo lo único que pasaba era el vapor de la carrera el viernes de noche para que comprobara cómo Buenos Aires no era París y como regresaba igual de paria al mismo lugar el lunes, pero no contradijo al destino esperó algo peor que la esquizofrenia que ya había venido en su socorro, disciplinada y militante activa de sus traumas los gobernó con mano de hierro, ninguno se escaparía por ahí a hacer desastres, segura de estar a salvo del diagnóstico los dividió, mas seguro sería el respeto social, cuantos pos grados ya tuviera la facultad de medicina ella los requeriría en sus consultas, sería una adaptada rápida y sin sospechas a la impuesta salud, por mencionar una de sus integraciones a la alienación. El matrimonio vino después. Un corro del suceso se tarareó por años y la incansable supremacía que otorgaba hablar de él a vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo no parecía tener fin. Nadie hubiera distinguido un atrevido de otro. También es verdad que los atrevidos estaban atrapados en argumentos iguales y perdurables si alguno buscaba la diferencia yo misma aunque niña me hubiera atrevido a empujarlo a la fila con los pares, a ser chorizo del mismo molde. No puedo dejar de conmoverme cuantos mas sucesos nutrían aquel desprecio ajeno, empezando por la previsible llegada de las hijas feas. Yo era de la familia así que siempre estaba con mi vergüenza impresentable, eran mis primas feas con las que yo debía jugar mientras la gente dejaba entrever cual era la pregunta que no hacían en vez de la atrevida amabilidad con la que no se olvidaban de cercarnos. Los intrusos se defendían, ¿por qué nunca se mueven, por qué dejan a los espectadores atrapados en la misma actitud degenerativa? Inmutable, haciendo de familia mi tía consideraba todos los días - para resolverlo hasta con sudor que cualquiera podía comprobar era el mismo de la mañana que continuaba en la tarde y en la noche nadie estaba para desmentir que era el que sigue al de la ducha caliente -, su rol de mujer sola con hijas que criar, con obligaciones que ella no permitía se le asesoraran fueran legales. Eran del corazón. Cuanto mas provocaba con colegios inaccesibles a su costo pero religiosamente pagados menos se sospecharía que no era amor. En su lugar terceros críticos, sin creerlo pero sin cohibirse, especulaban sobre los sacrificios de una empleada pública y yo supongo que mi tía emplearía esos momentos para tomar un descanso mientras pensaba cómo añadirle otros adminículos a la imaginación circundante para estirar sus horas de paz, el aprendizaje de idiomas con profesoras particulares y de origen, - francesa e inglesa -, fue otro de los inventos que la mantuvo a salvo.

A poco de ir recordando detalles, segura del monstruo que creaba a mi alrededor –uno solo para abarcarlos a todos- con los seres a los que no les venía nada mal, según mi opinión, ensancharles la deformación para que mas holgados encastraran en mi ya cómoda deserción de benevolencia hacia ellos. Mientras todos esos preparativos ocurrían en mi tranquila inteligencia, de la que nadie sospechaba producía memoria, me gustaba sentir esa casa ajena como mi alienación favorita, siempre podía contraponerles mi imaginación a la amenaza que provenía de sus habitantes.

Mientras pendiente estaba que de ese tema nunca se hablaría y cuando el silencio se hacía insoportable, entonces ahí se podía llorar sobre el imposible tema de conversación. Yo no era de la casa así que no solo estaba exonerada de participar sino que creo que hasta tenía prohibido el llanto por ese motivo, si me caía y me lastimaba la rodilla se me prestaría solidaridad para algunas lágrimas pero intuía que no podía participar en el llanto que me parecía sincronizado a un código oculto y además porque no era mi drama, éste estaba para ser exhibido y por eso yo estaba ahí, creía. Pero el llanto ocurría, todos sobre todos, mis primas una sobre otra, mi tía luego en trensito con mis primas y el círculo se completaba. Ahora me parece increíble lo bien que sabían resolverlo, con lágrimas como todo el mundo. Es verdad que ya en aquel entonces aprobé en silencio las treguas de llanto que aseguraban que el drama seguía ahí, segura que nunca habría cámaras ocultas pidiendo un corten, vuelvan a sus vidas, para nada, los infelices atrapados actuaban para mí, los silencios eran ajenos, el llanto ni lo oía, era gratis no como en el cine que tenía que pagar y seguramente los dibujos ni animaban estos escabrosos personajes, qué mas podía pedir, no conocí el aburrimiento en ese tiempo lo que influyó para siempre en sentir culpa a la que para ahorrarla en actitud siempre la guardaba para la misma ocasión, para cuando inocentes párvulas venían y me preguntaban ¿esas que están ahí son tus primas?

Qué hubiera dado mi tía para que esa trama que ella había inventado que transcurría existiera en el lugar del drama de utilería puesto a vivir en los seres elegidos, que existiera ese marido que la abandonara luego de no poder quedarse a justificar la existencia de esas hijas, que se supieran noticias por terceros del cobarde, como ocurre en estos casos, según versiones comparadas, que cumpliera con ser la figura de padre ausente que sus hijas precisaban en los test psicológicos para que la verdad no rodara como versión sino con el espaldarazo de la ciencia cómplice.
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(3)
POR QUÉ LLORAN
La mitad de los funcionarios públicos que se comprometen a asistir a una fiesta de la oficina no lo hace, la haraganería de una mala excusa siempre pasa mejor desapercibida que las molestias de aguantar preguntar el rato del pudor convencional ¿aquel pasillo conducirá al baño de mi sexo? cuando el burócrata ya se siente que elaboró la broma a su necesidad sobre si los pasillos conducen a la confusión de los gabinetes con la que se desternillarán sus compañeros a su paso hacia ellos. Pero no era el caso de mi tía, ella nunca dejó de asistir a cualquier reunión, temía que confundieran su actitud con el desprecio que no sentía por indiferencia. No quería ser descubierta en el proceso de adaptación a esa extrañeza que era su vida con preguntas erradas, qué hace esta mujer en un país donde no puede ser comparada con nadie, cómo se puede sobrevivir sin cotejo, mi tía lo resolvió, en algún sitio de su cumplidora personalidad la inercia la absorbió y se puso a sufrir esa quietud que prometía lo definitivo de su vida, así que cabalgando lo inmutable preguntó, ¿dónde es la dirección?, dicharachera llegó a la fiesta en la que, como no podía ser de otra forma en el Uruguay, la mitad de las sillas estaban vacías. El negro compañero de la repartición en la que trabajaba se acercó, gustosa se cambió de silla, había muchas, para dejar conversar a los dos negros de la oficina, pero la negrita compañera funcionaria no conocía de pruritos, ella había llegado antes a la fiesta así que nadie sospechó que no se merecía lo que pedía, ¿dónde está el baño?, preguntó, ahí quedaron entonces conversando los que todavía no estaban en hora con las sillas apartadas primero, después mas juntas por falta de asesoramiento, mi tía tanteaba dónde quedaría la ofensa que no quería cometer, si no me acerco mas creerán que lo hago por lo que realmente siento, pensó, el asco insoportable de la osadía de este negro de venir a practicar seducción distraída, si fuera explícita podría ofenderme y poner distancia pero era lánguida, casi sin diferencia con las conversaciones y movimientos corporales que ponía en práctica en las horas de letargo de la oficina cuando el aburrimiento ponía creativos de envejecimiento precoz a los funcionarios. Cuánto le acarreaba ser rubia y divina, esos advenedizos caracteres en una oficina pública de Montevideo debían pagarse con educación, por eso buscó el baño la negra para que de una vez mi tía empezara. Menos de casamiento no aceptaban para que pasara la prueba.

Mi tía suspendió sus derechos a cuestionar un sentimiento tan atrevido del negro, con qué otra cosa cuenta éste se culpo y se dejó inundar por la osadía del negro como por un sentir inaccesible para ella, ella se había revestido de falsa timidez, llamaba a ser abordada por sentimientos desconocidos que la inutilizaran para cualquier decisión libre, cedió el desborde a los otros, temía ser linchada por su despliegue de ironía no conocida aun por estas latitudes. Así pues que desarmada abrió el flanco, que entre el negro nomás, dijo. Ella era la única que lo llamaba por el nombre y no “negro” como los demás compañeros de trabajo y creyó que él tenía derecho a vengar esa discriminación educada.

Yo no podía olvidarme que un día encontré a mis primas llorando y tal vez me hubieran mentido sobre el motivo así que me sobrepuse a mi propia impresión y fui en busca de ellas. La información había llegado a sus compañeros del jardín de infantes, ya no tenían escape. La maestra estaba en el baño, había pedido permiso, así que sin custodia se asomaron las cabezas de los sinceros, ustedes no son adoptadas, gritaban, vuestro padre es … no pudieron completar la frase, intervino la maestra quien apurada y sin alivio corrió hacia sus angelitos al descubrir la intención de lo que seguía, lo primero es lo primero, los felicitó por el pronombre correctamente ubicado en la frase sin terminar y los retó por no percibir lo inapropiado de la intención de continuar completando la verdad, es un desaprovechamiento de sus niñeces, serían injustamente recordados por violarse a si mismos en la ingenuidad sagrada de sus inocencias y con la amabilidad dura los instó a recordar sus edades y qué hacer en lo inmediato para asegurar la preservación de la infancia casi arriesgada, vayan al salón de juego para criaturas que gatean, - les ordenó -. Cuando se va a ser ofensivo con la verdad es erróneo fraccionarla en datos niños, (primero fue didáctica con las formas), los padres de estas nenas formaron el primer matrimonio de una islandesa y un afroamericano en la primera mitad del siglo XX en el Uruguay. Dejen la crueldad de la inocencia para otra vez ahora es totalmente innecesario, el caso saldrá en la próxima edición de SELECCIONES avisen a sus padres para que la compren.
———–
FIN
Prosa028

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El viaje interminable

May 31st, 2007 — 2:38pm

Categoría: Prosa
Título: El viaje interminable
Autor: Prosa027

a María G, con todo el cariño que
pueda caber en “un instante”.

El viaje interminable.

Un momento de tránsito eterno: eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse sobre la realidad inocua el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a S.L. estaba en su cuarto haciendo las maletas; por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando con claridad meridiana hacia el oeste.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Sería objetivo contabilizarlo en instantes? ¿Por qué no, a quién le iba importar ese computo… o cualquier otro? ¿a Todo? ¿Es, acaso, trascendental el cómputo de algo en una inmensidad cíclica y monótona de sombras? Esta vez, cuando S.L. terminó de hacer sus maletas ya era mediodía. Sentada en el borde de la cama buscó un pitillo en el cajón de la mesilla, lo encendió y escudriñó un lugar donde parar su mirada para repasar los capítulos de su itinerario, con la frialdad calculada de un caminante experimentado. El jardín estaba en calma. Desde la guirnalda, sus flores amarillas rompían la monotonía en verde del que fuera su jardín aquella mañana. Conjugar en pasado es la naturalidad de la señora marquesa; el presente se diluye en el viaje interminable: ni una sombra, cuánta luz en este premeditado desorden. Tomó la campanilla y la hizo sonar; al instante Fry, el mayordomo, estuvo tras la puerta: dos suaves golpecillos

–Pase, Fry.
–¿Qué desea la señora Marquesa?
–Prepáreme el baño.
–En un instante, señora ¿Desea que la acompañen sus patitos de goma?
–Por supuesto, que no falte ninguno… Fry…
–Dígame, señora.
–¿Tardarán mucho en volver las sombras al jardín?
–No creo, así que el sol comience a descender, volverán.
–Es una pena, me gusta el jardín sin rincones oscuros.
–Es un instante, no se preocupe por eso.

Efectivamente, es un instante, un instante más y habrá que poner rumbo al este, un instante más y las sombras volverán al jardín completando su periplo hasta que la noche las engulla con todo lo demás. Cuánto es Todo. Quién es Todo. Dónde esta Todo… y lo buscó con la mirada, sempiterna presencia peluda que la acompañaba desde que alguien le regaló su primer rayo de luz, siempre el mismo, siempre distinto, siempre presente, siempre peludo y perezoso. Todo dormitaba a pleno sol envuelto en su traje de piel. Se revolvió un poco sobre la tumbona y buscó a palpas la campanilla que encima de su vientre llevaba meciéndose arriba y abajo, al ritmo de su respiración, toda, toda, toda la mañana. La cogió con delicadeza entre sus dedos gordos y la hizo sonar. En un instante Fry apareció por la puerta de la cocina, impecable. Fry siempre impecable.

–¿Qué desea?
–¿Qué hora es, Fry?
–Mediodía ya
–¿Lo sabe la señora marquesa?
–Sí.

Lo dijo mientras la veía detrás de los cristales de su ventana, expeliendo el humo con aristocrática gracia.

–Dígame Fry ¿al fin se va de viaje?
–Se va, ya tiene las maletas preparadas.
–Las sombras y yo la echaremos de menos.
–Las sombras y usted no importan.
–Usted tampoco, Fry, no lo olvide.

Y volvió a partir. Navegó, la señora marquesa, por un cauce sereno hasta su nuevo destino. Navegó, la señora marquesa, por un cauce infernal hasta su nuevo destino. Fry se había adelantado con el equipaje y la esperaba, impecable Fry, siempre impecable, a la puerta de su nuevo hogar. Apenas si eran las tres de la tarde cuando llegó. Su otra casa, su otro jardín, su otro Todo, la campanilla encima de su vientre subía y bajaba al ritmo de la respiración:

–Despiértelo, Fry: anuncie que ya he llegado.
–¿No prefiere unos instantes de tranquilidad antes de que se desperece?
–¿A vueltas otra vez con los instantes, Fry? ¿A vueltas otra vez con los instantes? ¿Acaso duermen debajo de Todo? ¿Debajo de este Todo peludo y barrigón? ¿Cuántos instantes necesito antes de despertar a Todo? ¿Quién es Todo, dónde está?…
– Dormitando en el jardín, ajeno a la sombras y a su viaje, con su sempiterno traje peludo. No es necesario que se ponga irónica, señora marquesa.
–Despiértelo, Fry.

FIN

Prosa027

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El Reloj

May 31st, 2007 — 2:27pm

Categoría: Prosa
Título: El Reloj
Autor: Prosa026

EL RELOJ
Dicen que el tiempo es un enemigo incansable que como un gusano nos roe el espíritu deteriorándonos lentamente hasta llevarnos hacia una inexorable y agónica muerte. Durante miles de años, los hombres lucharon contra este enemigo invisible buscando cientos de remedios que consiguieran el bien más preciado, la inmortalidad.

La casa era muy vieja, los muros desconchados que la sostenían emitían crujidos extraños lamentándose del peso que habían estado soportando desde su nacimiento, ya derrotados por la vejez, amenazaban con derrumbarse mientras aguantaban una enorme techumbre a la que faltaban algunas tejas como si fuera la cabeza de un anciano que va perdiendo el abundante cabello que tuvo en su juventud. Las puertas y ventanas miraban a la calle con ojos cansados desde unos vidrios sucios y gastados por los años que se mostraban como quevedos hacía tiempo ya, inservibles. En la mansión vivía un anciano al que todos en el pueblo tenían por una persona amable y muy querida. El viejo Marcos, que era como le llamaban, era un hombre muy alto de cabellos níveos y de rostro agradable desde el cual unos ojos azules miraban con la alegría y calidez del mar en un hermoso día de verano. El longevo Marcos, pese a su edad, estaba lleno de vitalidad, y eran innumerables las veces que sorprendía a sus conocidos con sus muestras de energía casi juvenil. Hombre alegre, tenía dos hijas que marcharon del pueblo hacía tiempo, al casarse con hombres apuestos y de sólida posición, tal y como correspondía a los usos del momento. Al quedarse sólo, se decidió a contratar a un ama de llaves que habitaba en una casa contigua a la mansión principal y que se ocupaba de los quehaceres domésticos. Ésta, era ya una mujer gastada por el tiempo de carácter dulce y apacible que al quedarse viuda siendo muy joven, se había trasladado a la propiedad del anciano, huyendo tal vez, de una condena a la soledad que con el tiempo habría sido perpetua.

Así pues, nuestro protagonista vivía solo en la casa donde había estado toda la vida y también es cierto, que ligeramente apartado de las cosas mundanas, llevando en resumen una apacible y tranquila vida.

El caserón puertas hacia dentro, acogía unas enormes estancias preñadas de unos muebles de vetusta madera que soportaban el rigor de los años con la dignidad que otorga una noble vejez. Durante el día todas las ventanas estaban abiertas inundando de luz las habitaciones las cuales se regocijaban al recibir el saludo del astro rey. Al entrar, el visitante ocasional llegaba a un inmenso recibidor que era como un lago donde caían unas escaleras de caracol por las que se accedía al piso de arriba, en el que estaban los dormitorios y una pequeña biblioteca, allí era donde Marcos guardaba su tesoro más preciado, El Reloj. Evidentemente, en la casa había varios relojes de diferentes tamaños y edades, pero sólo uno de ellos era El Reloj. El Reloj, era un hermoso aparato de pie muy antiguo construido de madera y vidrio y que estaba extrañamente decorado. En la parte superior, unos ángeles se enfrentaban a unos demonios en un combate eterno, estaban separados por unos insólitos símbolos escritos en una lengua olvidada hacía siglos. Bajo ellos, una estrella maldita de bronce brillaba de forma suave mientras los rayos de las saetas marcaban sin pausa el paso de unas horas escritas en latín y con los planetas dibujados en ellas con misteriosas combinaciones. La rueda temporal, descansaba sobre una tabla de madera que servía de techo al hueco por donde aparecía, tras un cristal, el eterno péndulo. Es extraño el sonido de un péndulo, yendo y viniendo sin cesar repitiendo esa cadencia hipnótica que se nos mete en los oídos de forma inverosímil como los latidos de un corazón que al marcar la vida también nos avisa del tiempo que nos queda por vivir. El anciano veneraba ese reloj, se pasaba horas y horas cuidándolo y mimándolo como si le fuera la vida en ello. Estaba obsesionado y, pasara lo que pasase, el Reloj nunca debía pararse. Día tras día Marcos revisaba su reloj, lo ajustaba, le daba cuerda y lo miraba con una inconcebible mezcla de odio y afecto que nadie podía entender. Era su ángel que lo esclavizaba, el guardián de su vida y su carcelero. Pasaron los años y la obsesión del anciano por el reloj aumentó con cada día que pasaba. Pronto no hizo otra cosa sino que mirar el diabólico instrumento, sin beber, comer o dormir apenas, quedándose horas
sólo con su reloj. El ama alarmada por el estado del viejo, avisó a la familia de éste llegando al poco tiempo uno de sus nietos, médico de profesión, para examinarlo. Para conseguir que durmiera le hizo tomar unas pastillas que con rapidez hicieron que Marcos cayera en un profundo sueño. Sin amo que le cuidara y le diera cuerda, el reloj se paró una triste noche de tormenta a eso de las doce. Al amanecer del día siguiente el anciano apareció muerto en su lecho. EL corazón se le había parado. Antes de marchar, el nieto de Marcos descubrió El Reloj, allí en la biblioteca, y decidió darle cuerda. Cuando se puso en marcha, el médico notó como una mano helada surgía de las entrañas del instrumento para arrancarle su espíritu y encerrarlo dentro de la madera, fue entonces cuando lo entendió. Comprendió que nunca podría abandonar esa casa, que su corazón latía con el sonido de un terrible péndulo encerrado entre madera y cristal, y que, su secreto, el misterio del Reloj sólo quedaría desvelado cuando éste volviera a pararse.

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Benjamín Pantier

May 23rd, 2007 — 7:50am

Era un hombre tan afortunado que apenas si me lo creía. Había llegado a pellizcarme tantas veces en esas épocas que los moretones cubrían casi todo mi brazo derecho. Soy zurdo claro.

Por esos años había logrado éxitos laborales impensables, y la única mujer deseada por todos me había elegido, dos años después de que yo la eligiera a ella. Una primera charla, algunos encuentros, y derecho al altar. No me hubiese permitido tocarla de otro modo, así que a pesar de mi judaísmo fui con el cura y jure amarla ante la Biblia hasta que la muerte nos separe. Por eso, cuando lo decidí, recordé mi juramento y supe que la única forma de no traicionarlo seria siguiéndolo al pie de la letra.

Ella era una maldita perra mal parida. De haber sabido cuanto veneno tenía encima la habría matado en el momento mismo del primer encuentro, pero claro, estas cuestiones deben padecerse primero para que la venganza sea, como fue en mi caso, un verdadero placer impostergable y definitivo.

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Demasiado amor

May 23rd, 2007 — 5:51am

Me levanto sin ganas de luchar. No tengo ganas de hacer nada. La vida me ha tratado muy mal: me han dejado todas las novias que he tenido; en el trabajo me dicen que tengo que ir a trabajar los fines de semana: bueno, lo dicen los bancos y mi madre, que es una señora de los pies a la cabeza porque lleva trabajando desde los trece años, y a la que se le queda prendida una sonrisa si le aprietas las carnes maternas.

Ahora a ella y a el viejo les quieren quitar un millón y medio de las antiguas pesetas, porque a la Madre se le ocurrió resbalar en una escalera tonta, cosa que hizo enfadar mucho a mi padre, provocándole una iracunda sensación de buscar justicia para el necesitado.

Mi madre piensa que el acto en cuestión había sido por materialismo, aunque no es eso lo que me dicen los ojos de mi padre cuando le descubro mirándola por debajo de la costura rabiosa de los años.

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El éxito

May 21st, 2007 — 10:14am

Un día Él se me apareció en un sueño y me dijo:

-Tienes dos opciones: esforzarte y llegar hasta arriba, o conformarte con la tibia mediocridad de la mayoría, sin tener que pasar los sufrimientos necesarios para la grandeza (ambos sabemos lo que significa para ti en este momento). Siéntete libre, la opción es tuya y sólo tuya.

-¿Y qué me aconsejas? ¿qué es lo que está bien para vos?

-Lo que tú quieras, la única regla que tengo que seguir es la de no interferir en el libre albedrío… y no puedo desafiarla, así que elige ahora.

-Pero..¿.y si no me decido en este momento? ¿por qué no tengo tiempo para una decisión tan difícil? Y… ¿por qué yo? ¿POR QUÉ YO?

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INVITACIÓN AL BANQUETE

May 21st, 2007 — 10:13am

Si usted al título leer, espera un cuento de hechos o actos acaecidos en un pueblo de humanos cerca de alguna ciudad o en pleno campo, no siga porque no lo encontrará.-

Nuestra historia se desarrollará en un pueblo de pocos habitantes que posee una particularidad: no es de personas.- Los personajes principales son ellos, los habitantes del lugar.-

La historia la narrará una mujer, Mercedes de aquí en más, pero otros humanos también intervendrán y son los dueños de donde el pueblo localizado está una pareja Federico y Soledad.-

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EL CLICK

May 21st, 2007 — 9:13am

“¿Cómo es que durante el viaje en el metro no advertí que me observaban?” se interrogó Petunia mientras se ponía la bombacha observando el suave meneo de sus senos. Petunia pensó “tetas”, no senos, y repitió en voz alta “mis tetas, mis tetas” demostrándose que era capaz de llamar a las cosas por su nombre, como si con esa mínima rebelión justificara la aventura que acababa de consumar, en la que había violado normas que le fueran inculcadas en su hogar y que ella, en algún momento, imaginara inscriptas en la bóveda celeste en áureas letras.

Al quedar sola en ese departamento aprovechó para recorrer con displicencia los ambientes, curioseando las fotos colgadas de las paredes y abriendo algunos cajones tratando de no desordenarlos. Después entró al baño, tanto más amplio que el suyo, para higienizarse y recomponer el maquillaje. Cuando se sentó en el sillón del living, advirtió que todavía tenía en la mano las llaves que le diera para poder ingresar allí en futuras ocasiones y recordó que al dársela había agregado en voz más baja, sonriendo como para quitar peso a la frase, “o para el caso en que decidieras venir a vivir conmigo”.

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El sueño de Arrowed

May 21st, 2007 — 9:10am

Y Arrowed le contó que aquél día la puerta no cerró bien y esto le fastidiaba. Hubiera preferido no tener que volver a cerrarla; volvió sobre sus pasos y dio un portazo. Siempre saliendo, su vida se había tornado en un continuo salir, en una huida inacabable. Cada vez más deprisa, cada vez sintiendo más cerca, a su espalda, la prisión, el hedor húmedo y blando del calabozo. Nunca quiso huir pero era necesario. Había que abandonar el nido caliente y mortecino, la estabulación definitiva. Más la vida se preveía dura y agreste. Se sintió un conejo, como un pequeño conejo de granja, acostumbrado a tener el calor y la comida seguros. Ahora todo había cambiado y no había seguridad ni calor, solo miedo a una muerte prematura en un lado y, en el otro, terror a lo desconocido, a la soledad, a tener que valerse por sí mismo. Siempre en compañía, no conseguía hacerse a la idea de estar solo, irremediablemente solo como todos… como se nace se muere – pensó -, y eso no lo puede cambiar nadie. Arrowed necesitaba vivir.

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