El origen de las estrofas

June 4th, 2007 — 10:51am

Sólo conozco el verso como la voz
rara
oculta
desafinada
de mis barriadas más pobres
donde las ideas
hacen malabares para mantenerse en pie
cosen dobladillos y petachos a cero cincuenta
se emborrachan contra los adioses
trampean al feroz casino del tiempo
logran gotas de silencio
hasta no pensar
y
no sentir
y
no saber

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Creencias

May 31st, 2007 — 2:53pm

Categoría: Poesía
Título: Creencias
Autor: Poesia021

Porque creer contigo no es creer por ti,
sino allanarme en mí, identidad caótica,
rebasando el umbral donde destilan
los pesares del alma corroída y
los tormentos de encono tenebroso.

Nada se eterniza en donde habito
salvo vivir en tu memoria o
percibir una luminaria traspasando
la turbación del deseo
-desierto que me renace y me revuelve-

Porque repatriar al espíritu arrancado,
es perpetuar que las ideas expiran
sin más desafío que su orfandad,
como una agonía dilatada o
como el eco que emergiera de una sima.

Nada impide sentir, a pesar del miedo,
el estertor extirpado a un esqueleto
y conservar entre las manos
un aura, un temblor…
o un profundo clamor oscurecido.

Poesia021

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En la ciudad

May 31st, 2007 — 2:52pm

Categoría: Poesía
Título: En la Ciudad
Autor: Poesia023

1: El caos y el potro

El poema hablaba de una mujer
(morena, delgada, guapa, mediana)
que mataba a su caballo y lloraba
con el cuchillo caliente en las manos.

En el bar leí (y cito textual):
“The city is a monument
To the creativity of chaos”.
Hablaba de Chicago
y se refería
al caos de los negocios hechos en invierno
con un pie en la ley y el otro
en el hielo del lago Michigan,
y pensé
que Granada era fruto del caos
simple del magma y de la atmósfera.
Estocolmo del de las corrientes marinas
y las termitas asfixiadas por el barniz en la madera.
Nairobi del caos de los ingleses matando,
de los kikuyu matando,
de los leones matando,
de las facturas falsas,
de los Toyota Prado
y de lo fácil que es
to build a cute little cottage
de trescientos metros cuadrados
sobre la quietud de los mares de caos
al mirarlos de lejos.

Corrí a casa con un potro en los brazos,
abrí el libro por la página donde ella lloraba.
Le puse el potro en las manos:
“como lo mates
te mato”.

2: Nieve sobre el coche

Sobre la superficie de metal
Verde frío de un Saab del noventa
La nieve copo a copo.
En la noche los primeros
Copos de un frente frio en Escandinavia.
El Saab
Toda la noche aparcado en la puerta
De casa desde que ayer por la tarde
Llegaron del trabajo.

La superficie agredida por la luz,
El viento, los años, el tiempo,
La descomposición de los insectos,
Está fría y la nieve
No se ve amenazada.
Se posan los segundos copos
Aún pequeños unos sobre otros.
Tímidos, tranquilos, normales.
Copos pequeños no pesados
Apenas mecidos, desplazados.
Un viento viento recien jubilado
Cansado y triste pasea
Y bosteza un sábado temprano
que compra el periódico,
Sin afeitar, sin duchar, con el pijama
Debajo del abrigo, las botas con clavos.

Diecisiete vueltas al sol
El capó ametrallado por los fotones.

Sigilosamente se adensa la caída de la nieve.
La superficie verde aceituna vencida microscópicamente
Por el viento, mosquitos, el sol, otra nieve.
Los copos se suman, se hacen copo a copo
Una sábana. El viento casi cesa y caen
Casi en vertical. El viento coge el periódico,
Un vaso de café, un cupón de lotería y regresa.
Los copos copo a copo, una manta.

Niños despeinados toman leche en las ventanas naranja.
Miran sin ver la nieve.

Toda la noche al frío
Un Saab el noventa sale el sol y queda quieto. Quieto.
Un tomo de nieve lo tapa bajo la oscuridad del universo.
Ya no cae nada.
El viento está quieto.
Tomando café.
Viendo la Champions.

3: Al menos

Quiero levantarme temprano una vez más,
Con la claridad, no con los ibis.
Ponerme encima cualquier cosa y con el calor del edredón
Aún en la piel, encender mi Rav4 y maniobrar
Escuchando la BBC hasta Java House.
Quiero pedir un expreso doble una vez más
Y abrir otra vez el libro rojo y leer
“quiero levantarme temprano una vez más
Antes de que salga el sol. Antes que los pájaros, incluso.
Quiero echarme agua fría en la cara
Y sentarme en mi mesa de trabajo
Cuando el cielo empieza a iluminarse y aparece
El humo de las chimeneas
De las casas vecinas”.
Quiero que el olor del expreso me alegre una vez más
Y sonreír a la camarera. Poner la punta
De una cucharilla de azúcar y remover
Mirando el remolino y la lengüecita del vapor.
Una vez más dejar que el aroma del café produzca
Un escalofrío de la espalda a las mejillas:
Mis miles de millones de células adictas
A la cafeína se despiertan y desperezan
al mismo tiempo.

Quiero sentarme en mi mesa de trabajo
Y leer: “quiero ver de nuevo los barcos
Que llegan desde cualquier parte del mundo
Y cruzan el estrecho,” y quiero levantar la cabeza y ver
Decenas de matatus bajando Ngong Road, los hombres colgando
De las puertezuelas abiertas y ese fluir de billetes
Doblados en sus dedos. Quiero comparar los matatus con los barcos,
Nairobi con el estrecho de Juan de Fuca.
Quiero ir de Carver a al menos, a Nairobi y a mí
Como las olas van
Del horizonte a la playa
Subiendo cuestas de arena mojada.

“Quiero ver cómo bajan a un hombre del barco
Y lo suben a bordo” cómo suben y bajan
Ellos de los matatus,
Como entran y salen
Los clientes por la puerta,
Mirar donde se sienta, siempre en sus cosas
Sonríen a la camarera, toman sus cafés, hablan
De sus cosas. Ir de al menos a las personas que toman
Café y galletas con bolitas de chocolate crujiente. “Quiero
Pasarme el día viendo estas cosas
Y sacar mis propias conclusiones”. Quiero tomar
Un sorbo del expreso y mirar las nubes de mariposas
Que entran en la caja registradora a cada segundo,
La alegría del dinero.

“Detesto parecer egoísta”, tiene
Muchos motivos para estar agradecido, dice.
Pienso en escribir un poema
En el que alguien se asoma a un poema
Como a una ventana y contempla.
Tomo café.
Reposo la vista en la calle.
Nada ocurre.
Detesto parecer egoísta
Pero quiero leer temprano una vez mas al menos.
Acercarme a mi sitio en un café y contemplar.
Contemplar lo que ocurre.

Para escribir el poema que
Se puede encontrar sobre este párrafo
Fue necesaria una ventana al menos.

Poesia023

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El escocés tejedor

May 31st, 2007 — 2:50pm

Categoría: Prosa
Título: El Escocés Tejedor
Autor: Prosa029

Desde muy pequeño había sentido predilección por la falda escocesa y por las muñecas. No podía decirse que fuera afeminado, sin embargo. Ni por un asomo. Le gustaban las mujeres como al que más. Sobre todo si llevaban falda escocesa y parecían muñecas.
El whisky también le gustaba y tenía un disco de Tin Lizzy del que escuchaba continuamente”Whiskey in the jar”. Le gustaban las faldas escocesas, las muñecas y el whisky
Y coser y borar. Y tricotar. Le dabas unas agujas y te podías despedir de él, que te lo agradecería: Salía a la terraza ,mínima e impracticable , de su minúsculo apartamente y se ponía a confeccionar un sueter, con innnata habilidad. Invertía horas en ello, olvidándose , a veces, hasta de las comidas. Días había que se los pasaba en ello, de sol a sol , y era una rutina más ,en medio o al lado de las cotidianas rutinas, el tráfico, los pájaros, la gente…
La gente sabía poco de él.Apenas que a la edad de 30 años agarró un premio fuerte de la lotería, tras lo cual abandonó toda actrividad laboral, repartiendo su tiempo entre un club deportivo
a donde acudía para conservar la forma física y las agujas de tricotar, que empleaba para mantener la psíquica. Al club podía faltar algún dia. A las agujas nunca
Su traje de ponerse a tricotar , su uniforme(porque estaba convencido de que cada ocasión reuiere una vestimente adecuada), era falda escocesa, camiseta del Bayern de Munich, sandalias de playa y gorra de jockey. Ya fuera invierno o o verano, cayendo chuzos de punta o plomo derretido, unas veces más horas y otras menos, pero siempre dos como mínimo. allí estaba, en la terraza con plantas de su mínimo apartamento en el edificio Arco iris. Tricotando.
¿Relaciones?No se le conocían muchas relaciones al escocés tejedor. Este era el mote que le habían puesto los desocupados observadores. Un amigo de vez en cuando. Incidentalmente, se sospechaba que previo pago, una señorita…Pero básicamente el escocés tejedor era un tipo solitario; no taciturno, pero sí solitario. Salía muy poco y las veces que lo hacía eran para acodarse en la barra del EffenBar, un local de mala vida, dos manzanas mas allá de la calle Fifty. Tal vez quien mejor le conociera fuera Steady, quien siempre nos decía cuando le habábamos de él.
-Excelente tipo si no fuera porque es es un esquizofrénico paranoico agresivo cabrón.
Con las buenas referencias de Steady el escocés tejedor se había labrado un prestigio en el barrio bien capaz de conseguir que el timbrte de su puerta no sonara ni por error, y que el último saludo recibido ya fuera para McFile un recuerdo infantil.
Sin embargo, aquel día el timbre de su puerta sonó. Fue a abrir y alguien dijo
-Hola
Era una pelirroja de ojos claros, no muy alta, con medias verdes y aspecto de andar de vuelta de todo.
-¿Eres Ambulance?
-Sí-dijo ella.
-Pues vaya un nombre
-El mejor para atender según que tipo de urgencias..Ya sabrás, guapo que son veinte mil y las copas las pones tú. En euros no te sé decir
-Adelante, tú no te preocupes por eso.
La llegada había sorprendido a McFile tricotando un sueter blanco y negro y Ambulance le encontró vestido con lo que hemos llamado su uniforme de trabajo.
-¿Tú de que vas, macho?
-Es mi ropa de estar por casa.
-Anda que si….¿Me darás un trago?
-Te daré hasta un bocado-dijo él
-Con eso cuento
-Pues no cuentes tanto, que era por hacer la gracia. Siéntate, que te serviré algo. ¿Qué quieres tomar?
Ambulance se dejó caer en una forma absolutamente descuidada sobre un sofá en donde habías seis o siete muñecas vestidas a cuadros
-Un gin fizz, si no es mucho pedir
-No es mucho pedir, que va….
Cuando él se fue a prepararlo, la buena de Ambulance (estaba buena) se desperezó y empezó a quitarse la ropa maquinalmente. McFile volvió y ella ya estaba desnuda, únicamente con los zapatos y las medias verdes
-¿No tienes calor? Quítate esas medias, - dijo él
-Je, je…Graciosín el escocés Hmmm…Un gin fizz excelente. Los sabes hacer muy bien. ¿Quién te enseñó?
-Chandler
-¿Quién es ese?
–No le conoces. Y también me ayudó Steady, el del Effenbar
-Ah, si, conozco el sitio. Yo misma vivo en esa calle-dijo Ambulance, arrojándole una media a la cara.
-Vaya. ¿Y desde cuando te dedicas a …esto?
-¿A…urgencias? Pues…déjame pensar….Creo que exactamente desde que no tuve más remedio
McFile rió, con una perversa risa de punto de cruz. La otra media que Ambulance le arrojó quedó colgando de sus gafas y era en su cara como una gran lengua verde.
-¿Vamos ahora al tajo?
-Nada de tajo, Ambulance.- dijo él, colgando la media de la lámpara de pie.
-¿No estás preparado aún?La verdad es que no detecto gran excitación debajo del …skirt? ¿Se llama a sí? Siempre me ha intrigado saber que llevan los escoceses debajo de eso
-Pues debajo de eso llevan los dos escocese y…un inglés.
-Je,je. Por los menos ingles, si que llevarán.
-Tengo aquí debajo algo para ti y te lo daré en su debido momento..Ahora acábate el gin fizz
-De acuerdo, amorcito.No tenemos prisa. Con veinte mil pagas la tarde y la noche
Ambulance se volvió a sentar, tan completamente desnuda como estaba, y con las piernas cruzadas..Mientras tanto McFile hurgaba en el armario ropero.
-Estoy buscando algo para que te lo pongas
-Hombre…un fetichista,Lo que yo te diga, un muchacho muy completo.
-De fetichista nada. Es uns simple y pequeña manía. Tal vez la única que tengo.
Ella no pudo evitar una sonrisa.
-Si. Por lo demás eres un tipo normal y vistes muy corriente
McFile sacó una bolsa grande y con ella en la mano dijo
-¡Sígueme!
Fueron hasta el dormitorio. Ella se sentó en la cama.
-Hombre, mi querida pariente de las cuatro patas. ¿Cómo estás, amor?. Llevo ya cuatro horas sin verte.
-¿Esta mañana ya has estado de…?
-Sí. Un servicio. Ambulance siempre está dispuesta. No es por presumir, pero a una la solicitan. ¿Qué es eso?
-Un sueter
-Monisimo
-Pues sí.
-¿Dónde los has comprado? ¿En Jodebis?
-No. Lo he hecho yo
-¿Tú?¡No jodas! Déjame que vea…Pero si es perfecto.
-Póntelo
-¿Que me lo ponga? Deja, deja…Estoy desnuda y aún así tengo calor.
-¡¡Que te lo pongas he dicho!!
-Vale, hombre. Me lo voy a poner, no seas un sicópata
En los ojos del escocés tejedor graznaba la furia
.Ambualnce se colocó la prenda, que le quedaba ancha y le cubría hasta mitad del muslo.
-Me queda grande,señor tejedor de sueters. Y…una cosa. ¿Aquí no tienes probadores?
-Desde luego que vamos a probar.
La empujó contra la cama y forcejeó(aunque la verdad ella se dejaba, era su oficio).No hubo sin embargo resultados apreciables
McFile se levantó y dijo
-Claro. No es tu talla.
-Una de dos. O no es mi talla o no es tu día. O es la primera vez que te pasa.
-Graciosita eres…Espera un momento.
McFile volvió con la bolsa grande y volcó el contenido en el cercano sillón. Había como una docena de jerseys de de distintos colores y hechuras.
-Venga, pruébate este.-dijo, ofreciéndole uno gris perla
-Caprichosillo el nene-dijo ella mientras se lo colocaba-¿No te saldría más barato comprarte una maniquí?
-Con una maniquí no podría…
La arrojó de nuevo contra el lecho y se puso a la tarea con el mismo penoso resultado anterior.
-Ni con una maniquí ni aquí con servidora. Ya me dio mala espina esto de las falditas y tanta muñequita. Esos barros traen estos lodos, porque no se pueden llamar polvos….
-Encima me mandaron a la ingeniosa. Tu tranquila, ten paciencia. Prueba con este.
Le ofreció un sueter verde. Y tras el verde vino el fucsia, tras este el violeeta, luego el marrón. Los resultados fueron similarmente patéticos.
-Mira, McFile. estoy por irme. Otra tarde quedamos y agotamos la bolsa.
-Tenemos toda la tarde, cariño
-¡Cariño! ¡Hay que ver lo que une esto de los empujones baldíos!
McFile la miraba con su mirada famosamente enloquecida y tierna. Y con un sueter turquesa extendido ante ella como un capote.
Ambualnce entró al trapo. Se lo puso y dijo
-¡Venga, majo!
Y vaya si fue majo. Las potencias del deseo resurgieron en McFile como desde las profundidades de la tierra y del volcán de su entrepierna surgió jurásica fuerza. Ambulance vióse transportada a paraísos desconocidos de placer, sufriendo dos o tres violentos extasís en los que, haciendo honor a su nombre, no pudo por menos que ulular.
Cuando volvió al mundo real, Ambulance, que no por joven, dejaba de tener una dilatada experiencia sexual convino para si misma que en su (puta) vida se lo había pasado mejor con un hombre. Y ese hombres estaba allí mismo, faldita escocesa, Camiseta del Bayern, gorrita de jockey y sin nada debajo de l skirt.
O con mucho.
Le ofrecía un vaso
-¿Otro gin –fizz?
-Sí, cariño
-Vaya. ¿Cariño? Esto de los empujones exitosos hay que ver lo que auna.
Rieron ambos a una.
-Toma. Tu dinero.
-Llámame cuando quieras,dijo ella cogiéndo los billetes. Y se iba a quitar el sueter, cuando dijo él
-No. Puedes quedártelo. Ya te dije que el problema era dar con el adecuado.
….
Actualamente Ambulance está intentando dejar el oficio más antiguo del mundo. Encontró trabajo de dependienta en una tienda de objetos de arte, y ha hallado en alguno de sus clientes el mejor objeto artístico conocido, que es el amor. Dos o tres relaciones esporádicas en las que tiene comprobado que el acto nunca es del todo satisfactorio si no se a acuerda de llevar puesto el sueter que le regaló Mc.File. A veces, cuando ve en la calle o en su misma tienda a mujeres con sueters de hechuras parecidas les sonríe con maligna complicidad
En cuanto a McFile, es ese señor que ahí véis, en la cola del hipermercado, apoyando en su carrito, esperando el turno en caja. Ese que hay detrás de la morena de ojos azules. ¿Qué qué hace con las manos? ¿Por qué las mueve en el aire y luego las mantiene quietas a ciertas distancias, como tomando nortas? No sé a ustedes, pero a mí me parece como si estuviera tomando las medidas para un sueter..

Prosa029

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La vida en la ciudad de los muertos

May 31st, 2007 — 2:49pm

Categoría: Prosa
Título: La Vida en la Ciudad de los Muertos
Autor: Prosa032

Un día, sin más, morí. Luego seguí mi vida con toda normalidad, como todos. La “muerte en vida” había sido adoptada por las autoridades de la ciudad para evitar los crímenes e imponer el orden. La vida había sido diseñada para que, llegada cierta edad, todo residente muriera y se convirtiera de esa forma en ciudadano. Todo aquel que no se apegara a esta ley era considerado rebelde y condenado a la muerte que, en todo caso, era la privación de la libertad. Pero hacía muchos que nadie recibía ese castigo, pues los que estaban “bajo sospecha de vida” eran buscados por grupos secretos y condenados a la muerte definitiva. A nadie le importaba que las cosas fueran así, porque realmente todos estaban muertos.
Pero mi destino había de ser muy diferente al de los demás, pues, tras muchos años de haber fallecido, pasó algo que cambio mí existencia: conocí a la mujer más llena de vida en este mundo de muertos. Todo sucedió una tarde, cuando regresaba del trabajo, en una de las tantas calles de la ciudad. Ella estaba sentada en una acera y, en el preciso momento en que nuestros ojos se cruzaron, mi corazón latió de nuevo. Fue algo muy pequeño, casi imperceptible, como un golpecito en el pecho. Ella era una mujer hermosa, de piel morena y ojos sencillos. De esas mujeres que puedes ver un instante, pero cuyo recuerdo perdura toda la vida…
Fue apenas un segundo, pero sentí que en ese segundo se abreviaba toda una eternidad, una eternidad donde mi corazón revivió de nuevo por un pequeño momento y luego volvió a morir. Y recordé lo que era sentirse vivo, pues desde que mi corazón dejo de latir se fueron todos mis miedos y temores, todo aquello que me hacia un cobarde; pero también perdí todo el amor que pudiera sentir… hasta esta tarde, cuando volví a sentirlo en mi pecho, cuando mis ojos se cruzaron con los de Verónica. Ella simplemente sonrió.
Ese día regrese a mi departamento un tanto asustado, pero trate de restarle importancia a lo sucedido. Sin embargo en los días siguientes seguí encontrándomela, con esa sonrisa suya que me desarmaba. Y mi corazón volvía de nuevo a latir, a vivir en lapsos, en golpecitos de pecho. Entonces, muy preocupado, decidí ir al medico.
El medico era un viejo amigo de la infancia quien, después de examinarme, me dijo que estaba en excelentes condiciones físicas y que seguía tan muerto como todo el mundo pero que tuviera cuidado porque “poseer un corazón humano era una enfermedad sin remedio”, luego se me quedo viendo un rato, directamente a los ojos, como esperando algo. Yo me quede un tanto confundido, sin embargo, sabía que no podía engañarlo, entonces le conté lo que me había sucedido en los últimos días. Cuando termine me dijo con un suspiro: “Voy a ser totalmente sincero contigo, la enfermedad que padeces puede definirse como un brote de origen desconocido, que aparece en cualquier parte sin que el individuo lo sepa ni lo desee, se le conoce como amor. Ahora bien, en una ciudad como la nuestra es todo un privilegio estar muerto y a cualquiera lo matarían por el sólo hecho de estar vivo.” Después me despacho con una palmada en el hombro.
Sabía muy bien lo que había querido decir el médico, así que tome mis precauciones y opte por una nueva ruta para regresar al edificio donde se encontraba mi departamento.
Durante los primeros días volví a sentirme tan muerto como antes. En el trabajo regrese a ser, nuevamente, uno de los más eficientes pues, en los últimos días, había estado un tanto distraído y me retrasaba a la hora de entrega, además, mis jefes y compañeros me miraban con desconfianza, y obtuve dos faltas en menos de una semana.
La soledad volvió a ser mi traje de todos los días, el traje de uso común en esta ciudad, y la tristeza mi máscara.
Pero días más tarde, cada vez que me encontraba en la soledad de la noche, me acordaba de nuevo de ella…y mi corazón volvía a latir. Pero no era un golpecito en el pecho, no: eran varios, cientos, miles: mi corazón revivía. Regresaron a mi una serie de sentimientos que yo creía olvidados y una sonrisa se dibujaba en mi rostro cada noche. Estaba vivo de nuevo.
Durante algún tiempo logre disimular recordando la advertencia del médico, sin embargo no soporte por mucho tiempo y un día tome una decisión. Me levante muy temprano, como siempre, pero en lugar de ir al trabajo iría a buscar a Verónica, sin embargo, la sorpresa me esperaba en la puerta: ella estaba sentada en el pasillo, esperándome.
“Sabía que te encontraría vivo” me dijo al verme, y no fueron necesarias más palabras: un abrazo, un beso, un día, dos…había firmado mi sentencia de muerte.
Al tercer día, muy temprano, evacuaron mi edificio y sellaron todas las entradas, un escuadrón entro a mi departamento y lo incendio. Pero, cuando lo hicieron, Verónica y yo ya estábamos muy lejos, camino al lugar secreto a donde escapan los vivos…
Algún tiempo después me entere que Verónica había pasado años bajo vigilancia por la sospecha de estar viva. Su familia había sido muy influyente en años anteriores al régimen y eso la había mantenido con vida. La mañana que fue a mi apartamento había logrado evadir a los vigilantes pero uno de los tantos “orejas” de la policía les había alertado de su presencia en mi apartamento y de mi extraño comportamiento, el cual confirmaron en mi trabajo. Fue entonces cuando decidieron actuar.
El nombre del lugar al cual fuimos me reservo, por el momento. Sin embargo puedo decir que aquí he encontrado la inmortalidad…esa inmortalidad que sólo se encuentra en la memoria de los hombres…

Prosa032

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El Terminal

May 31st, 2007 — 2:48pm

Categoría: Prosa
Título: El Terminal
Autor: Prosa031

El día que Leni lo conoció no fue por obra de un encuentro casual, una cita a ciegas o el hipnotismo danzarín de las epilépticas discos de Marbella. Se lo habían presentado en el Programa de Adopción de Adictos Terminales.
Fue un trámite sencillo. La empleada administrativa le indicó como completar el formulario de Hacienda y que pasara el pulgar por la lectora del DNI digital. Le entregaron el “Catálogo de Disponibles”. Corrió las páginas de adelante para atrás y de atrás para adelante. Aunque dubitativa por tanta foto que la abrumaba, no le pasó por la cabeza claudicar sobre su misión: recuperar para el corral a una oveja descarriada.
Frente a las imágenes de los disponibles, detuvo el paso cansino del índice derecho y estacó la uña en el plexo del álbum. Quedó un minuto en silencio, luego dijo
- Quiero a este.
La foto del catálogo no lo favorecía. Estaba retratado de perfil y el hueso de la quijada, nacido detrás del lóbulo del oído, parecía un arete gigante (de esos que usan algunas tribus africanas) con forma de medialuna y clavado, del otro extremo, en la comisura del labio escurrido.
Despachó una seguidilla de lágrimas acribillando el barniz de la foto. Pidió verlo.
A un zumbido de cigarra le siguió la apertura de la puerta.
Leni retuvo un pestañeo aguachento cuando lo vio. El joven era un muñeco de trapo oliendo a lavandas y cítricos. Un gordo vestido de delantal celeste que lo asía del brazo irrumpió con una carita de tío bueno
- Le gusta bañarse. Con este descarte problemas de olores.
El Terminal la encandiló con la sordidez de unos ojos embolsados. Leni le sujetó la mano mortecina que sostenía un bolsito y descomprimió una nueva secuencia de lágrimas. Las gotitas pincharon el dorso de las muñecas del Terminal, justo sobre una cicatriz trasversal a las venas. Cruzaron miradas y en el latido de las pupilas mostró un corazón de hiel. Leni pensó que nunca le soltaría la mano y sentenció
- Está bien. Lo llevo.
Firmó el contrato de adopción, sellaron los papeles, cambiaron los registros digitales del hombre. Leni insufló el pecho con adultez espiritual.

Condujo exultante hasta la oficina del asesor fiscal para entregarle el formulario de Hacienda y desgravar al adoptado en la declaración de rentas.
Dejó el carro en marcha, el trámite ocuparía segundos. El Terminal, dentro del auto, estaba ocupado en la vivisección de la nada.
El Contador le confirmó que casi no debería pagar impuestos, la felicitó por la actitud y sentenció con absoluto convencimiento: “te has ganado tu plaza en el paraíso”. Ella dibujó una sonrisa de estampita.

Arribaron al hogar, Leni le quitó el bolsito y, ofrendándole el primer acto de desapego, puso en los dedos frágiles el control remoto de la tele. El Terminal desparramó el cuerpo macilento e hizo del sillón su camastro. Los destellos de la pantalla, desmembraban el rostro de azufre.

Habían pasado los primeros sesenta minutos de convivencia y estaba orgullosa de la nueva etapa sin sobresaltos.

Leni no modificó la rutina, debía concurrir al trabajo y se reencontrarían en casita sobre el final del día. Antes de partir verificó la autosuficiencia del nuevo compañero: el Terminal pasaba los canales sin requerir ayuda.

Cuando regresó de la tienda de mascotas le trajo unas galletas que había comprado en el chino. Despellejó el cuello del paquete y le vertió el contenido en las manos. El Terminal mascaba aplomado, como hipopótamo. Al rato una nevisca de migas pintó escamas doradas sobre el pecho.

Para complacerlo, llenó la tina. Corrió desde el baño y se detuvo en el sillón; afirmó los dedos de algodón para quitarle el control remoto. Estiró el brazo derecho para ayudarlo a ponerse de pie.
Fueron hasta el baño y le sacó la ropa. Lo hizo con gestos delicados, como si los harapos que cubrían ese cuerpo semi muerto fuesen de seda.
– ¡Al agua pato!
Lo dejó medio flotando, medio hundido. Luego tiró sobre el estanque tibio unos juguetes para las mascotas que vendían en la tienda.
El Terminal quedó a la deriva, los omóplatos iban cayendo bajo el agua sin resistencia y escollaron en el punto snorkel de la nariz. Soplando pequeñas olas movía los chiches plásticos, amenazándolos con hundimiento.

Leni regresó al reino de las hornallas para auscultar con una varilla de cocción las ollas en deshielo. Cuando el cocido brotó perfumes de salsas en las casas vecinas, llegó el momento de dar por finalizado el baño.

-Vamos, ¡Arriba y a sacudir las plumas!- ordenó con maternal voz. Lo ayudó a levantarse y le enroscó una toalla blanca, parecía un canelón. Se secó por simple proceso de chorreo. Luego le calzó una bata extra large (comprada para un novio que nunca tuvo) que le sobraba por todos lados. Le subió la capucha y dio un paso atrás; maravillada, estuvo a punto de arrodillarse para besarle los pies; reprimió el arrebato.

El Terminal con los pelos todavía goteando fue a la mesa para compartir la cena.
Leni hizo un trípode con los brazos y manos para disparar una plegaria. Agradecía al Creador con los ojos humectados. El Terminal, con la cabeza reclinada y el mentón clavado en el esternón, miraba el humeante plato de cocido lleno de pedacitos hervidos y especiados al límite del estornudo. En esa sustancia que estaba a punto de engullirse contemplaba el paso de la vida.
Leni le sacó de debajo del mantel la mano derecha y le ató una cuchara con la servilleta. Luego le calzó el codo en el precipicio de la mesa. El Terminal subía y bajaba la cuchara temblorosamente y en el frágil tránsito algunas gotitas del cocido crisparon pecas sobre el hule.

Leni chirriaba los molares y masticaba con revancha. Evocaba las pancartas maternas colgadas en cuanta pared había dentro de la casa de Las Rosas: “Espero que ´tu hombre´ no te llegue de vieja infértil o acaso no piensas regalarme cuanto menos un nietito”.
En el pisito subterráneo de Marbella tragaba orgullo, alimentándose en su propia familia, como mandaba el Señor.

Discurrió el primer día de la convivencia. Leni era conciente que con tanta entrega iba a ser recompensada. “Manda buenas y recibirás solo buenas” susurró en voz dulce mientras, en la noche del viernes, arropaba al Terminal con la frazada térmica.

El sábado trabajó media jornada en la tienda de mascota y pasó la otra mitad del día dentro de casa; a cada rato se le cruzaba delante de la pantalla. El Terminal desenvolvió los dientes sarrosos y los mantuvo así hasta llegada la hora de la cena. Con el labio inferior chirlo frente a la presión del contacto dental llegó pálido a la hora de dormir.

El domingo, cuando despertó con la garganta seca porque el pisito había sido invadido por una nube de tostadas al carbón el humor había empeorado.
Leni lo notó alterado porque rehusó saltar de la cama cuando le dijo “Upalalá, a tomar la leche”. El Terminal amaneció con los ojotes inyectados sobre el filo de la frazada térmica. Leni dio un paso hacia atrás y desactivo la calefacción de la cama. El Terminal sacó a relucir las ojeras repulgadas en bolsitas grises. Leni disparó el encendido de la tele y soltó el control remoto sobre la cobija, a la altura del pecho. El Terminal sacó la huesuda mano derecha y lo tomó. Leni suspiró profundo y fue a la cocina para cargar el desayuno. Mientras desenroscaba el frasco de mermelada y apilaba los panes carbonizados, se sentía pletórica porque había sorteado con éxito el primer desaguisado de la casa.

Las campanas venidas desde la calle se anticiparon a las palabras de la joven. Estaban finalizando el desayuno y ella tintineó con los pestañeos, frotándose las manos.
- Ha sido una semana maravillosa, debemos agradecerle al Señor personalmente por habernos dado la oportunidad de conocernos. Hoy vamos a misa.
El Terminal intentaba verse en un trozo de pan ensopado.

Hacía un frío terrible y como era la primera vez que lo sacaba del pisito subterráneo lo arropó para la ocasión. Al final le calzó un gorro con una borla de juego pendular que le estorbó a cada paso y le ocasionó un sistemático cierre de ojos. Leni lo tenía engarzado de los dedos. Juntos hicieron con los pasos un corredor a través del invierno húmedo de Marbella que finalizaba en el templo.

Minutos antes de la ceremonia, los adoptantes de la comunidad religiosa se juntaron en el portal, sonreían gozosos y competían alzando la voz. Los Terminales secundaban con sus silencios paralelos. En la cúspide de la iglesia la cruz y la veleta asistían estáticas.

Las campanas acabaron con la tertulia y la asistencia arrastró los pasos al ritmo de la liturgia.

Leni y el Terminal ocuparon un sitio al frente, en el banco de las viudas. Las redes y mantitas negras uniformaban el techo de las cabezas. Sobre estas, la mortecina luz coladas por los vitraux suspendía del espacio haces violáceos, coagulados y negruzcos.

El oficio religioso comenzó con las fórmulas conocidas, pero el pastor no tuvo una tarde iluminada y confundió varias veces la estructura de las oraciones. Parecía, por momentos un disco pasado al revés. Esto distrajo al Terminal quien descubrió como el sacerdote miraba insistentemente de soslayo una imagen del Cristo. Era una figura desgarbada clavada a una cruz y crispada de manchones sanguinolentos. Recordó las motas de cocido sobre el hule. Oteó por la mirilla del ojo izquierdo los gestos de Leni. Parecía no percatarse del yerro del orador. Ella repetía fraseos que rimaban rigidez con el engarzamiento sobre los dedos.
El Terminal viró los ojos lentamente para ajustar el prisma en la figura del Pastor. El hombre leía sin prestar atención a las páginas, transpiraba y una marea roja avanzaba por la piel dejando manchones borra vinos; la mano le temblaba
- En el nombre del Padre, del hijo…..
El sacerdote hablaba con voz trémula. Mientras se santiguaba los clavos de la cruz fueron saliendo uno en uno, disparados, en sentido de la puerta. El Terminal tiró atrás los ojos, esperando ilusoriamente poderlos instalar en la nuca para así saber a dónde fueron a parar los clavos. Volvió a pasar la mirada por el rabillo izquierdo, Leni sumaba su voz a un “Amén” seco. Tras ese cierre un desplome de material suelto lo llevó nuevamente a mirar adelante. La cruz se había caído al piso y estaba hecha polvos.
El sacerdote tiritaba gotas de hielo y la concurrencia cantaba
- El amor de Dios es maravilloso, el amor de Dios es maravilloso, el amor…
El Terminal miró hacia adelante, el Cristo sin cruz estaba suspendido en el aire, anteponiéndose a la columna que antes lo sostenía. La figurilla comenzó a inclinarse hacia el frente hasta quedar paralela al piso.
Los feligreses seguían en la cantinela “El amor de Dios es maravilloso, el amor…”. El cura había sido capturado por la estética de una foto instantánea.
El Cristo, con los brazos abiertos y las piernas pegadas, tomó propulsión y salió volando hacia la puerta, montado a las trazas de los cuatro clavos.
El Terminal giró el torso intuitivamente para seguir el vuelo de la figura perdiéndose más allá de las fauces del arco de entrada al templo.
Las voces seguían instaladas en el sinfín “El Amor de Dios es maravilloso, el amor…”.
El Terminal cayó en la cuenta que había podido girar sin la retención de Leni. Recogió el brazo izquierdo. Sobresaltado descubrió que la piel había vuelto a ser rosada y que las cicatrices sobre las venas habían desaparecido. La mano de Leni era el grillete de otra mano, cadavérica y dibujada de heridas. Se separó dando un paso de costado y luego otro, hasta abandonar el banco de la viudas.
Con una fuerza que desconocía dio la espalda al atrio y salió del templo.
Una vez afuera un zumbido portentoso lo detuvo en el descenso de las escalinatas.
Giró y ubicó el ruido en el cielorraso del templo. Trepando con la mirada más allá de las gárgolas de cemento, en lo más alto de las puntas góticas de la iglesia se topó primero con la cruz y en un costado con la veleta de gallo que no paraba de dar vueltas.
No había signos en la superficie que diera idea de ventoleras o tormentas.
El ruido de lata de la veleta lanzó un vagido ensordecedor y sobre el giro informe apareció un fastuoso gallo. Desde el lomo hasta la cola un colorido paño de plumas, destacaban en negros, marrones, rojizos y verdes los crespones enalteciendo la realeza que imanaba el porte del ave.
En el cenit de la cúpula de la iglesia, engarzando las garras de las patas a la cruz, hizo sombra a la mitad de la plaza.
Al minuto se hizo de noche.

El Gallo extendió las alas y cantó. El alarido explotó en el pico en forma de trueno e inmediatamente el fogonazo de una centella partió al medio el aire.
Todo fue silencio.
Luego oyó “Plic – Plic – Plic – Plic”
Los cuatro clavos cayeron a sus pies.
El Terminal no se agachó a para tocarlos.
De espaldas al templo ensombrecido, miró el horizonte. En cada pestañeo repartía día y noche. Hacia delante divisó la figurilla de brazos extendidos en vuelo, tejiendo cielo y tierra.

Entonces, dio un paso al frente.

Prosa031

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Mujer, Poesía, Amor, Erotismo

May 31st, 2007 — 2:46pm

Categoría: Poesía
Título: Mujer, Poesía, Amor, Erotismo
Autor: Poesia020
——————

tras ese sueno viaje…..
era una noche de luna,
de estrellas y mil luceros
era mi única noche…….

te toque y me estremecí
te mire y me quede ciega,
te olí y de ti conservo,
la fragancia de esos besos…..

eran las once, o las doce…?
en primavera o verano….?
éramos un solo cuerpo
fundida la carne entera……

—————————————-

siete lunas y sus primaveras
siempre contigo en la cuenta
deshaciendo las querellas,
del amor no retenido……………..
cuenta las noches de ensueño,
recorre caminos viejos
robles de ramas torcidas
nidos de días completos
así vivimos el tiempo
que dejara honda huella
sentencia de amor jurado
hasta la última hora.

———————————-

me enardece tu mentira
calumnia de labios sueltos
pesadumbre en tus errores
calendario de disgustos……
callas las promesas hechas
sin sentir culpa ninguna
a este amor que clandestino
rueda por el mundo solo
porque no tienes respeto
por las caricias sentidas
no lamentes las ausencias
ni reclames desamores
soy la dueña de mi libido.

—————————-

perdiste por una apuesta
con tu corazón cobarde
te la jugaste sin juego
por avaricia en tu pecho
deja quietud inerte
atizando un fuego viejo
ya pasaron muchas lunas
no estoy sola……tengo dueño…….

—————————-

cabálgame nuevamente
no dejes tu furia a un lado
no desperdicies sentires
que bien puedes recobrar……..
átame a tu cuerpo ardiente
complementa mi deseo
profundiza en mis entrañas
dejando huellas en ellas…..

—————————–
no acorrales mi partida
desdibujando mis sueños.
no ruegues, no quiero verte
agoniza mi pasión…..
te lo dije aquella tarde
en la que fumabas lento…..
luego de amarme con ansias
a lo que fácil cedí….
era nuestra despedida,
me entregue por complacerte
agotando mis esencias
en quien no lo merecía.
eres parte del pasado
y que no dejo gran huella
tus amores son porfías
que duran solo horas……

————————–

azote de mis mañanas
es tu recuerdo metido
la llama que al despertarme,
abraza mi entendimiento
proporcionando a mi cuerpo
calideces consentidas……

————————–

sufres con tu desventura
inquietante ave sin vuelo
agonizas en las tardes
cuando te llegan los sueños
nada puede devolverte
el amor que te di ayer
quédate con los recuerdos
jamás me podrás tener..

————————–

heme postrada a tus pies,
jamás yo pedí perdón
hoy vengo con mis desvelos
a recobrarte tu calor
eres dolor en mis noches
recuerdos que me atormentan
sentimientos encontrados
que penetran muy adentro

si regresas te prometo
volver el tiempo perdido
cancelar querellas viejas
desgarrar malos momentos
sin dolor, con mucho amor.

————————

no me mires a los ojos…..
abandona la locura
no quiero, mas, recordarlo
fue una entrega sin sentido
resultado de la lluvia ,
de la bruma, del destino
o de la gran soledad
la tuya junto a la mía
sin pudor ni conveniencias
solo porque el cuerpo clama
de otro cuerpo su calor….

respetemos nuestra historia
no se debe compartir!

—————————

agoniza un gran amor
ese que te di en verano
ya no quedan ilusiones,
las mataste en mi recuerdo
capricho de mis sentidos
dolor de queja y desvelo
añorarte y no tenerte
nunca más entre mi lecho
pero pasaran los días
y querrás volver a verme
levantare la mirada
por encima de tus besos
para decirte un adiós,
que se lo llevara el viento

—————————–

amar en la incertidumbre
es tener dolor ajeno
el amor se da de frente
sin reparos,con entrega
viniste por unas horas?
me deseas con locura?
y que pasara mañana
cuando pase la pasión,
para no recordar más
hasta que te sientas solo?

auséntate ,te lo ruego
permite mi libertad
los lazos que a ti me unen
asfixian hasta el dolor
vete por la noche tarde
que te guíen las estrellas
a otro rumbo,a otras tierras
sin mi libido sedienta……

————————

si me amas….muero
lento,
lenta,
lentamente……..

vivo para tu pasión
por eso no entiendo nada
porque muero si eres vida?
porque sufro si te gozo?

————————

atraviesas mis entrañas
satisfaciendo el deseo
me llevas por donde quieres
sin pedir consentimiento
carezco de voluntad…..
teniéndote cerca mío
me entrego sin condición
aunque luego me arrepiento
abusas de mi pasión
despilfarrador de sueños
mañana estaré bien lejos
y todo serán recuerdos
que no borrara ni el tiempo
porque te llevo muy dentro…….

————————–

mujer nací……..!
solo para amarte entero
sin pensar en otra cosa
que un tú ser,
que aunque cobarde
te pierdas por los senderos
de otros cuerpos…..
de otras ellas……..
que te acarician de día
y te retienen en noches
para que en mi sufrimiento
vuelva el deseo ferviente,
envidia de quienes te aman
dolor y queja del alma
ya que a mi me perteneces

————————
no me despido de ti
el dolor es verdadero
te entregue mi ser entero
porque bebí en tus caricias
la locura que me diste.
de tu cuerpo me sacie
con impulsos desmedidos
sin pensar en consecuencias,
abandonando pudores
saciándome de placer
traspasando la moral
solo para complacerte……….
perdón pido al soberano
porque este amor hace daño
no quiero tenerlo mas!

—————————-
ese sentir que me lleva
cerca de tu pecho,
es tentación y locura
porque en tus brazos encuentro
lo que no tengo conmigo.
sabes de la desventura
que es tener un desengaño
lo viviste igual que yo.
ámame con tus manjares
de caricias y de besos
de ese cuerpo que deseo
que necesito, y que quiero.

——————————–

si después de amar…..amo de nuevo
es porque pienso en los dos….

la locura que pastamos
en los campos y la luna

las ensenadas punzantes
de conspiración de estrellas

nostalgia de tu pasión
compromiso en soledad

armonía que armoniza
la naturaleza toda

esos somos tú y yo
perfección sin condición

catapulta de sentires
que rodando hacen luceros

por eso amar de nuevo
es para mí estar contigo!

——————————–

adiós digo para siempre
a la pasión desmedida
que produce tu refugio
ese que tienes allá
en la cima de la noche
con guitarras expectantes,
latidos de corazón
que agonizan en la tarde
adiós digo para siempre,
aunque luego volveré…..

——————————–

Poesia020

 

 

 

 

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Vanessa : Novelita rosa con espinas

May 31st, 2007 — 2:42pm

Categoría: Prosa
Título: Vanessa: Novelita rosa con espinas
Autor: Prosa030

Para V. A. V., donde quiera que estés

I

Había llegado un día antes y tomado posesión de un claustrofóbico cuartito en una pensión para estudiantes universitarios. No asistiría a esa universidad, cuyo campus se localizaba a poquísimas cuadras de allí, sino a una escuela de arte dramático, a una distancia considerable. Sabía que me quedaría por poco tiempo, pues había planeado volver a mudarme para seguir los estudios en un sitio mucho mejor, y me hallaba algo fastidiado. Los resultados finales del examen de ingreso me daban un segundo puesto, y estaba seguro de que se había cometido cierta irregularidad. El primer puesto (competidor seguramente igual a los demás, por el que no habría apostado ni mis calcetines rotos) me aventajaba por demasiados puntos, y tenía un nombre femenino en el que casi no reparé.

Fui a la escuela caminando y sin afeitar. La ciudad no me agradaba mucho, pero no me disgustó hacer ese primer recorrido a través de calles que no dibujaban aquel oscuro garabato donde había sufrido incontables días y noches de polvo y humillación. Cuando arribé al edificio, recordé la hora en que me decidí, de una vez, a probar mi valía tras los pasos de mi héroe de siempre, Dustin Hoffman. Aunque no entraba en el Actors Studio, en algún lugar había que empezar. Cubriendo los varios pabellones, subiendo las pétreas escaleras, la escuela se me antojó poco menos que asfixiante, y más gris todavía.

II

Recuerdo que su visión me detuvo en el umbral. Fuera y dentro mucha gente se movía o simplemente respiraba; ella fue la primera persona que vi, y la única que perturbó mi calma. Llevaba mis gafas puestas, pero no miré su exterior o sus líneas porque algo menos preciso absorbió mi atención. Sólo segundos después de penetrar en aquel recinto, debí de saber que la amaría. Su nombre era Vanessa, y su voz agredía el silencio de cristal. Su cuerpo era menudo y sus movimientos enérgicos. Su risa era plena, llena de emoción, deslumbrante. Sus ojos eran pequeños y claros, y conducían a un espacio infinitamente triste. Cierta intensidad pasional animaba cada uno de sus gestos, a la vez que una introspección insondable frustraba la sola idea de acceder a su esfera. Me sentía en la presencia de un ángel u otro ser extraordinario de parigual naturaleza. La certeza de lo prodigioso se manifestaba insoportable. No sabía qué hacer.

. . .

En el centro del salón había una escalera doble; cerca de la puerta, pegado a la pared, observaba a Vanessa recitando a Shakespeare encaramada en aquella cosa. Era Julieta. No podía ser una coincidencia. El destino la señalaba con la luz de un reflector. Y estaba confesando su amor a Romeo, ignorando su verdadera presencia. Igual que los demás, indiferente ante mis penosas contorsiones. Por supuesto, era la mejor actriz del salón. Sin ninguna duda.

. . .

Llegué tarde. Después de que el profesor me amonestó a través de la puerta entreabierta, la ví en el extremo opuesto. Fui directamente a sentarme a su lado en el piso. Cada miembro de la clase esperaba su turno para leer en voz alta un fragmento de “Romeo y Julieta”, y ella tenía su copia en las manos. Inmediatamente después de sentarme, la oí preguntarme si no había traído la mía. Cuando le respondí negativamente, ella me acercó la suya, sosteniéndola con su mano derecha todo el tiempo. Yo no podía leer la copia, no podía moverme.

III

Vanessa no estaba interesada en mí. Por otro lado, mi inhibición, la falta de una gentileza mínima en mi trato casi inexistente con ella, no mejoraba la situación. Mi pena era tal, y la revelación de mis sentimientos tan apremiante, que decidí armarme de todo el valor que hiciera falta.

Al filo de la segunda o tercera semana de clases, un viaje intempestivo que el caprichoso azar me impuso significó una retirada que emprendí sumiso y aliviado, pese a que un segundo antes me sentía dispuesto a dar el primer paso. Retorné tras una semana, e inicié un inmediato período de lasitud, convencido cada hora más de que no deseaba volver al escenario de mi drama íntimo, aunque eso comportase renunciar a mi instrucción académica y así perder otro año de mi vida. Salía de mi cubículo para alimentarme: recogía la bandeja de la mesita junto a mi puerta y volvía a cerrar ésta tras de mí. Sin embargo, el lunes me encontró en una carpeta escuchando un discurso absurdamente solemne más. Entonces descubrí que ella no asistía los lunes.
. . .

Aquel martes llegué temprano a la clase de actuación. Algo me decía que ella entraría en cualquier momento, y eso es lo que esperaba con un ansia que escapaba a mi comprensión. La conciencia de mi cautiverio, de que me había humillado ante el infame directorcillo de aquel antro indigno de mi educación porque me aceptasen de nuevo y no quedarme en la calle; que me había humillado, digo, por nada, pues sabía que las cosas sólo podían ir peor –al menos los cursos–, hacía agolparse a mis ojos una mezcla violenta de sentimientos que hacían implosión y me dejaron clavado al lado de la puerta esperando lo súbitamente indeseado, la reaparición de la culpable de toda mi confusión. Así la miré a los ojos, con tan desorientador disfraz, improvisando junto con él mi condena.
. . .

Cuando, después de interminables tardes, en la clase de expresión oral se acercó adonde yo me hallaba, tendido en el parqué aprendiendo a respirar, e intentó ayudarme, casi no lo creía. El día siguiente, la abordé a la salida. La fugaz imagen de mi avergonzada gratitud (aparentemente reticente, forzada, resignada) y su “¡De nada! ¡Chau!”, sonriente y justamente esquiva, minaba mi ánimo, pero la circunstancia que la originó me ofrecía ahora un pretexto que debía aprovechar.

Elegí ser sincero. En “Tootsie” hay una escena donde Jessica Lange le refiere a Dustin cierta fantasía femenina sobre el hombre siendo franco en el acercamiento sexual.

IV

No lo hice mejor que Dustin. Ya no había nada que pudiese hacer. Los primeros días que siguieron a esa manifestación infeliz la ignoré y eludí alternativamente, prolongando mi rudeza hacia ella. Transcurrido un tiempo muy corto, sin embargo, mi actitud empezó a cambiar. Las cosas retornaron, entonces, a sus acostumbradas apariencias. Ella entraba y yo sentía que algo me atravesaba y clavaba en donde estaba, o la oscura fuerza que me agitaba hacía perceptible, muy ocasionalmente, un breve pero notable movimiento de todo mi cuerpo hacia el suyo, como el paso de un autómata, que me admiraba por su temeridad y que era el mismo que había marcado el inicio de aquella repentina y premeditada revelación; durante esos momentos no podía dejar de mirarla, y ella se aproximaba y saludaba a todos, excepto a mí.

V

Aún faltaban varios minutos para la clase, los suficientes. Lo resolví en el último minuto. Hacía algún tiempo que había comenzado a pensar en ello, y un día muy reciente había visto esfumarse una buena oportunidad. Aquella tarde Vanessa llegó al salón y dejó su bolso y se ausentó una eternidad. Eran los minutos previos al inicio de esa clase, y la rosa roja de largo tallo habría esperado su regreso con euforia si hubiese actuado entonces. Ahora iba a hacerlo.

Cuando comprobé que el tiempo me era favorable, di media vuelta y me puse a correr. No sabía exactamente a dónde ir. Pregunté (lo que no suelo hacer) y encallé, después de dar algunas vueltas en círculo, en comercios exiguos con ofertas marchitas. Además del maltrato de alguna vendedora –el cual finalmente me condujo al sitio indicado por no beneficiarla–, me vi en la necesidad de tomar un taxi para cubrir las tres breves cuadras que me separaban del instituto y poder estar en el salón, ya casi sin esperanza, a tiempo. La rosa sin espinas descansaba dentro de una bolsa negra sobre mi regazo.

Ingresé al salón junto con una de sus amigas. Ella no estaba, pero había tres bolsos bajo el largo espejo horizontal. Pregunté a la chica si eso era suyo. No señalé exactamente ningún bolso, pero la chica me respondió: “Esto es de Vanessa, esto de … y esto es mío.” La última parte de su respuesta, la única que contestaba mi pregunta, no me habría sacado del callejón. Feliz, esperé a que saliera, a que el profesor no pudiese verme ni tampoco los que hablaban con él, y a que algo me anunciase que ya era el instante, que podía colocar la rosa por el agujero del bolso, esbelta, erecta, modestamente orgullosa, cual si hubiese germinado ahí mismo, sin que ella regresase demasiado pronto y me sorprendiese en el acto. Cuando terminé, aún quedaban varios segundos para su retorno.

La oí llegar. Como siempre, acompañada por sus dos amigas. Como siempre, no pareció enterarse de mi presencia. Como siempre, yo fingí ignorarla. Supe cuando descubrió la rosa. Oí su voz preguntando si habían visto a quien la había puesto allí. Entonces estuve seguro de que no me había equivocado de bolso. Me hallaba frente al gran espejo, asido a la barra, sin atreverme a dirigir la vista hacia el compacto grupo a mi costado. Casi no quitaba la mirada de encima a mi propio reflejo, serio primero (al escuchar unas risas intrigantes) y después un poco sonriente, cuando una voz que no era la suya exclamó: “¡Yo sé quién fue… Christian!”

Un momento después, ella estaba a mi lado, frente al espejo, realizando aquellos ejercicios de vocalización. Y un momento después, sentí su mirada sobre mí.

Prosa030

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Octavia quedó en la guerra

May 31st, 2007 — 2:40pm

Categoría: Prosa
Título: Octavia quedó en la guerra
Autor: Prosa028

(1)
NIÑAS QUE MIRAN
Estaba frente al espejo y en ardua tarea no dejaba detalle al azar esmerándose en la práctica cotidiana para que pareciera coquetería. Un espejo siempre hay que mirar antes de salir de la casa mi tía lo sabía, mas difícil por lo visto le resultaba eludir continuamente la feminización seductora que provocaba su inmanejable belleza. Podía ser que se pareciera a esa sensación horrorosa de mirar una foto propia de juventud ida y no eludir la nostalgia arrulladora que la haría desembocar en la segura frustración, eso mi imaginaba. Seguramente sería un descanso - aunque no la relajara el acto, el pensamiento se le apilaría tenso pero conocido- la tarea de desmejorarse y que pareciera descuido accidental, porque ese día, como le ocurre a cualquiera, no tuvo tiempo de arreglarse todo lo que hubiera deseado, que por un día quien la mirara comprendiera y asimilara la desarmonía como quien mira un cuadro torcido y amablemente lo enderezara con la mirada.

El equilibrio se ponía en marcha trabajosamente entonces, su belleza límpida se tergiversaba en una mala interpretación. Ella había sido el blanco de críticas subdesarrolladas por las ignoradas formas de armonía avanzada que aun no habían llegado a este país y que hasta descarnarla con agresiones no habían parado, avisada estaba, era una experiencia que no provocaría de nuevo. Nunca mas le ocurriría su belleza. ¿Pero por dónde escaparía esta? Se le ocurrió que tenía que ser en el reconocimiento desapercibido, mirarla y olvidarla al mismo tiempo, todos en todos los sitios, sin excepción, en la calle, en el ómnibus, en la oficina, en el vecindario, en la familia. Todos tenían que olvidarse del mismo recuerdo, habían visto a una mujer bella pero que ahora no podían describir cómo era y así sentía que esos “todos” se tranquilizaban, estaban seguros gracias a ella y su labor cotidiana y garantida además, si la volvían a ver ocurriría el mismo olvido y éste sería renovable ad perpetuam, no sería una belleza persistente en la estampación de ningún recuerdo armonioso sino como un olvido abstracto imposible de describir por esa gente y además sin importancia. Mi tía quería ser vista como una mensajera de paz a su puro costo, no como una mujer, ella no provocaría discusiones entre esposos por miradas furtivas del buen hombre ni de la actuación payasesca de mujeres menguadas siempre dispuestas a llamar la atención con guaranguerías. Ella prefirió su debilidad a asumirse en la casualidad de ser bella en un sexo todavía admirado con exclamaciones contorsionantes en su juventud, prefirió no correr ella el riesgo de ser apedreada con palabras. Nosotras estábamos ahí mirándola frustradas de que no pudiera ser extasiada nuestra visión.

Esta mujer frente a nosotras que hubiera desalojado a a Anita Ekberg de la fuente y ubicado correctamente en una bañera de pensión se acomodaba el prendedor que en ese traje sastre pasaba desapercibido como adecuado a la prenda o lo contrario, tenía un enchape en oro y el diseño era acorde a la ignorancia de las personas con las que se toparía en el camino a la oficina, de esa forma estaba segura de aparentar una la ostentación pobre, adornarse con objetos que a nadie llamarían la atención ni para una mirada y si ocurría la casualidad que esta recorriera el sitio de la solapa no daría ni para una conclusión indiferente.

Pero esta mujer estaba cumpliendo ante nuestros ojos de niñas un rito, como todos los días. Sin fascinación, sin curiosidad y sin aburrimiento las tres, yo incluida, - me pregunto ahora si no fue mi primera experiencia de indiferencia compartida, por la inequívoca información sin palabras que nos intercambiábamos luego que mi tía se retiraba, y que ya nos dejaba prontas para continuar con el juego como si no hubiera ocurrido el espejo que la esmeraba- esperábamos a que terminara de una vez para comprobar una vez mas cómo no nos equivocábamos. La despedida incluía besos a sus hijas y a mí, su sobrina Octavia, que nunca nos rozaba ninguna parte del otro cuerpo aunque tampoco se escurría todo, un poco de aliento salivoso siempre llegaba aunque ya frío lo que nos señalaba que la distancia era mucha para un beso pero no para un beso de corridas de mujer trabajadora. Una vez mas estuvimos ahí para comprobarlo. Nos chocamos las palmas.

Yo no era de la casa así que podía no hablar, como todos en esa casa, del tema de la adopción de mis primas, yo sabía de qué hablar, pero estaba exonerada pero yo por un motivo menos fatigante que los adultos, yo era una niña, que me miraran por arriba y por el costado era una niña siempre aunque sabía de qué hubiera tenido que hablar, -como todos-, pero era un tema extraño para quien demostraba sin necesidad de documento de identidad la coherencia del reconocimiento a la niñez, aunque yo cargaba con la desconfianza que se deposita, con razón, en los niños cuya amenaza permanente no reconoce flancos fuertes en nadie, no me importa porque yo era una niña extraña a la casa y los temas adrede sabidos falsos podía dejárselos a los otros y yo ni siquiera quedarme a contemplarlos. Todo tendía a suponer que no era conveniente visitar la casa de la mentira consentida donde el error acechaba en todos los rincones sin embargo nadie resistía visitar la casa del descanso del tema equívoco. De esos temas no se habla así que se supone que ninguna conclusión podía yo sacar sobre los besos sin baba de la madre a sus hijas, idénticos a los míos, y una sobrina no se adopta como tema de conversación por nadie, así que mas segura me sentía aun yo allí. Había otras comodidades para mí en esa casa, la diferencia con mis primas, las feas eran ellas.
———–

(2)
UNA CASA PARA IMAGINAR QUÉ PASA
Cuando todavía no podía recordar que ya sabía memorizar mi nombre me sentía imprescindible en una casa que no era la mía. En la casa de mi tía, en la que ocurrían cosas que solo una mente dispuesta a la deformación infantil se atrevía a la faena de comprender. Un hecho legal sin precedentes en el país, decían los sinceros uruguayos de aquella época, -los que ni sacando prolijos apuntes de fantasía de Disney les entraba la idea de que Uruguay no era suficiente para completarlo-, se había protagonizado por dos habitantes de esa casa. No había sido casual, por el contrario todos los errores antiguos de esa saga llevaban a confiar en el resultado vuelto suceso que los incautos conciudadanos no paraban hasta volverlo internacional y ahí estaba yo pronta con mis fantasías para acompañar quién sabe adónde me llevaran. Las inocentes pruebas dejadas a su paso, un matrimonio, había dado permiso a la apropiación del suceso por un ejército de cretinos fácilmente reconocibles como testigos de la legalidad por las manos siempre como empuñando arroz pronto a descargarlo cuantas veces fuera necesario para recordar y recrear para su regocijo que no habían sido ellos los protagonistas apenas los custodios sonrientes. La sonrisa era estúpida de tanto llevarla siempre pronta, gastada, sin matices, desaliñada, la misma siempre para el mismo recuerdo, ni un pulido con los años, para qué, pensarían, el hecho era irreversible y la desgracia ajena. Todo comenzó cuando mi tía tenía treinta y pico de años y no había excusa, en Montevideo lo único que pasaba era el vapor de la carrera el viernes de noche para que comprobara cómo Buenos Aires no era París y como regresaba igual de paria al mismo lugar el lunes, pero no contradijo al destino esperó algo peor que la esquizofrenia que ya había venido en su socorro, disciplinada y militante activa de sus traumas los gobernó con mano de hierro, ninguno se escaparía por ahí a hacer desastres, segura de estar a salvo del diagnóstico los dividió, mas seguro sería el respeto social, cuantos pos grados ya tuviera la facultad de medicina ella los requeriría en sus consultas, sería una adaptada rápida y sin sospechas a la impuesta salud, por mencionar una de sus integraciones a la alienación. El matrimonio vino después. Un corro del suceso se tarareó por años y la incansable supremacía que otorgaba hablar de él a vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo no parecía tener fin. Nadie hubiera distinguido un atrevido de otro. También es verdad que los atrevidos estaban atrapados en argumentos iguales y perdurables si alguno buscaba la diferencia yo misma aunque niña me hubiera atrevido a empujarlo a la fila con los pares, a ser chorizo del mismo molde. No puedo dejar de conmoverme cuantos mas sucesos nutrían aquel desprecio ajeno, empezando por la previsible llegada de las hijas feas. Yo era de la familia así que siempre estaba con mi vergüenza impresentable, eran mis primas feas con las que yo debía jugar mientras la gente dejaba entrever cual era la pregunta que no hacían en vez de la atrevida amabilidad con la que no se olvidaban de cercarnos. Los intrusos se defendían, ¿por qué nunca se mueven, por qué dejan a los espectadores atrapados en la misma actitud degenerativa? Inmutable, haciendo de familia mi tía consideraba todos los días - para resolverlo hasta con sudor que cualquiera podía comprobar era el mismo de la mañana que continuaba en la tarde y en la noche nadie estaba para desmentir que era el que sigue al de la ducha caliente -, su rol de mujer sola con hijas que criar, con obligaciones que ella no permitía se le asesoraran fueran legales. Eran del corazón. Cuanto mas provocaba con colegios inaccesibles a su costo pero religiosamente pagados menos se sospecharía que no era amor. En su lugar terceros críticos, sin creerlo pero sin cohibirse, especulaban sobre los sacrificios de una empleada pública y yo supongo que mi tía emplearía esos momentos para tomar un descanso mientras pensaba cómo añadirle otros adminículos a la imaginación circundante para estirar sus horas de paz, el aprendizaje de idiomas con profesoras particulares y de origen, - francesa e inglesa -, fue otro de los inventos que la mantuvo a salvo.

A poco de ir recordando detalles, segura del monstruo que creaba a mi alrededor –uno solo para abarcarlos a todos- con los seres a los que no les venía nada mal, según mi opinión, ensancharles la deformación para que mas holgados encastraran en mi ya cómoda deserción de benevolencia hacia ellos. Mientras todos esos preparativos ocurrían en mi tranquila inteligencia, de la que nadie sospechaba producía memoria, me gustaba sentir esa casa ajena como mi alienación favorita, siempre podía contraponerles mi imaginación a la amenaza que provenía de sus habitantes.

Mientras pendiente estaba que de ese tema nunca se hablaría y cuando el silencio se hacía insoportable, entonces ahí se podía llorar sobre el imposible tema de conversación. Yo no era de la casa así que no solo estaba exonerada de participar sino que creo que hasta tenía prohibido el llanto por ese motivo, si me caía y me lastimaba la rodilla se me prestaría solidaridad para algunas lágrimas pero intuía que no podía participar en el llanto que me parecía sincronizado a un código oculto y además porque no era mi drama, éste estaba para ser exhibido y por eso yo estaba ahí, creía. Pero el llanto ocurría, todos sobre todos, mis primas una sobre otra, mi tía luego en trensito con mis primas y el círculo se completaba. Ahora me parece increíble lo bien que sabían resolverlo, con lágrimas como todo el mundo. Es verdad que ya en aquel entonces aprobé en silencio las treguas de llanto que aseguraban que el drama seguía ahí, segura que nunca habría cámaras ocultas pidiendo un corten, vuelvan a sus vidas, para nada, los infelices atrapados actuaban para mí, los silencios eran ajenos, el llanto ni lo oía, era gratis no como en el cine que tenía que pagar y seguramente los dibujos ni animaban estos escabrosos personajes, qué mas podía pedir, no conocí el aburrimiento en ese tiempo lo que influyó para siempre en sentir culpa a la que para ahorrarla en actitud siempre la guardaba para la misma ocasión, para cuando inocentes párvulas venían y me preguntaban ¿esas que están ahí son tus primas?

Qué hubiera dado mi tía para que esa trama que ella había inventado que transcurría existiera en el lugar del drama de utilería puesto a vivir en los seres elegidos, que existiera ese marido que la abandonara luego de no poder quedarse a justificar la existencia de esas hijas, que se supieran noticias por terceros del cobarde, como ocurre en estos casos, según versiones comparadas, que cumpliera con ser la figura de padre ausente que sus hijas precisaban en los test psicológicos para que la verdad no rodara como versión sino con el espaldarazo de la ciencia cómplice.
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(3)
POR QUÉ LLORAN
La mitad de los funcionarios públicos que se comprometen a asistir a una fiesta de la oficina no lo hace, la haraganería de una mala excusa siempre pasa mejor desapercibida que las molestias de aguantar preguntar el rato del pudor convencional ¿aquel pasillo conducirá al baño de mi sexo? cuando el burócrata ya se siente que elaboró la broma a su necesidad sobre si los pasillos conducen a la confusión de los gabinetes con la que se desternillarán sus compañeros a su paso hacia ellos. Pero no era el caso de mi tía, ella nunca dejó de asistir a cualquier reunión, temía que confundieran su actitud con el desprecio que no sentía por indiferencia. No quería ser descubierta en el proceso de adaptación a esa extrañeza que era su vida con preguntas erradas, qué hace esta mujer en un país donde no puede ser comparada con nadie, cómo se puede sobrevivir sin cotejo, mi tía lo resolvió, en algún sitio de su cumplidora personalidad la inercia la absorbió y se puso a sufrir esa quietud que prometía lo definitivo de su vida, así que cabalgando lo inmutable preguntó, ¿dónde es la dirección?, dicharachera llegó a la fiesta en la que, como no podía ser de otra forma en el Uruguay, la mitad de las sillas estaban vacías. El negro compañero de la repartición en la que trabajaba se acercó, gustosa se cambió de silla, había muchas, para dejar conversar a los dos negros de la oficina, pero la negrita compañera funcionaria no conocía de pruritos, ella había llegado antes a la fiesta así que nadie sospechó que no se merecía lo que pedía, ¿dónde está el baño?, preguntó, ahí quedaron entonces conversando los que todavía no estaban en hora con las sillas apartadas primero, después mas juntas por falta de asesoramiento, mi tía tanteaba dónde quedaría la ofensa que no quería cometer, si no me acerco mas creerán que lo hago por lo que realmente siento, pensó, el asco insoportable de la osadía de este negro de venir a practicar seducción distraída, si fuera explícita podría ofenderme y poner distancia pero era lánguida, casi sin diferencia con las conversaciones y movimientos corporales que ponía en práctica en las horas de letargo de la oficina cuando el aburrimiento ponía creativos de envejecimiento precoz a los funcionarios. Cuánto le acarreaba ser rubia y divina, esos advenedizos caracteres en una oficina pública de Montevideo debían pagarse con educación, por eso buscó el baño la negra para que de una vez mi tía empezara. Menos de casamiento no aceptaban para que pasara la prueba.

Mi tía suspendió sus derechos a cuestionar un sentimiento tan atrevido del negro, con qué otra cosa cuenta éste se culpo y se dejó inundar por la osadía del negro como por un sentir inaccesible para ella, ella se había revestido de falsa timidez, llamaba a ser abordada por sentimientos desconocidos que la inutilizaran para cualquier decisión libre, cedió el desborde a los otros, temía ser linchada por su despliegue de ironía no conocida aun por estas latitudes. Así pues que desarmada abrió el flanco, que entre el negro nomás, dijo. Ella era la única que lo llamaba por el nombre y no “negro” como los demás compañeros de trabajo y creyó que él tenía derecho a vengar esa discriminación educada.

Yo no podía olvidarme que un día encontré a mis primas llorando y tal vez me hubieran mentido sobre el motivo así que me sobrepuse a mi propia impresión y fui en busca de ellas. La información había llegado a sus compañeros del jardín de infantes, ya no tenían escape. La maestra estaba en el baño, había pedido permiso, así que sin custodia se asomaron las cabezas de los sinceros, ustedes no son adoptadas, gritaban, vuestro padre es … no pudieron completar la frase, intervino la maestra quien apurada y sin alivio corrió hacia sus angelitos al descubrir la intención de lo que seguía, lo primero es lo primero, los felicitó por el pronombre correctamente ubicado en la frase sin terminar y los retó por no percibir lo inapropiado de la intención de continuar completando la verdad, es un desaprovechamiento de sus niñeces, serían injustamente recordados por violarse a si mismos en la ingenuidad sagrada de sus inocencias y con la amabilidad dura los instó a recordar sus edades y qué hacer en lo inmediato para asegurar la preservación de la infancia casi arriesgada, vayan al salón de juego para criaturas que gatean, - les ordenó -. Cuando se va a ser ofensivo con la verdad es erróneo fraccionarla en datos niños, (primero fue didáctica con las formas), los padres de estas nenas formaron el primer matrimonio de una islandesa y un afroamericano en la primera mitad del siglo XX en el Uruguay. Dejen la crueldad de la inocencia para otra vez ahora es totalmente innecesario, el caso saldrá en la próxima edición de SELECCIONES avisen a sus padres para que la compren.
———–
FIN
Prosa028

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El viaje interminable

May 31st, 2007 — 2:38pm

Categoría: Prosa
Título: El viaje interminable
Autor: Prosa027

a María G, con todo el cariño que
pueda caber en “un instante”.

El viaje interminable.

Un momento de tránsito eterno: eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse sobre la realidad inocua el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a S.L. estaba en su cuarto haciendo las maletas; por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando con claridad meridiana hacia el oeste.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Sería objetivo contabilizarlo en instantes? ¿Por qué no, a quién le iba importar ese computo… o cualquier otro? ¿a Todo? ¿Es, acaso, trascendental el cómputo de algo en una inmensidad cíclica y monótona de sombras? Esta vez, cuando S.L. terminó de hacer sus maletas ya era mediodía. Sentada en el borde de la cama buscó un pitillo en el cajón de la mesilla, lo encendió y escudriñó un lugar donde parar su mirada para repasar los capítulos de su itinerario, con la frialdad calculada de un caminante experimentado. El jardín estaba en calma. Desde la guirnalda, sus flores amarillas rompían la monotonía en verde del que fuera su jardín aquella mañana. Conjugar en pasado es la naturalidad de la señora marquesa; el presente se diluye en el viaje interminable: ni una sombra, cuánta luz en este premeditado desorden. Tomó la campanilla y la hizo sonar; al instante Fry, el mayordomo, estuvo tras la puerta: dos suaves golpecillos

–Pase, Fry.
–¿Qué desea la señora Marquesa?
–Prepáreme el baño.
–En un instante, señora ¿Desea que la acompañen sus patitos de goma?
–Por supuesto, que no falte ninguno… Fry…
–Dígame, señora.
–¿Tardarán mucho en volver las sombras al jardín?
–No creo, así que el sol comience a descender, volverán.
–Es una pena, me gusta el jardín sin rincones oscuros.
–Es un instante, no se preocupe por eso.

Efectivamente, es un instante, un instante más y habrá que poner rumbo al este, un instante más y las sombras volverán al jardín completando su periplo hasta que la noche las engulla con todo lo demás. Cuánto es Todo. Quién es Todo. Dónde esta Todo… y lo buscó con la mirada, sempiterna presencia peluda que la acompañaba desde que alguien le regaló su primer rayo de luz, siempre el mismo, siempre distinto, siempre presente, siempre peludo y perezoso. Todo dormitaba a pleno sol envuelto en su traje de piel. Se revolvió un poco sobre la tumbona y buscó a palpas la campanilla que encima de su vientre llevaba meciéndose arriba y abajo, al ritmo de su respiración, toda, toda, toda la mañana. La cogió con delicadeza entre sus dedos gordos y la hizo sonar. En un instante Fry apareció por la puerta de la cocina, impecable. Fry siempre impecable.

–¿Qué desea?
–¿Qué hora es, Fry?
–Mediodía ya
–¿Lo sabe la señora marquesa?
–Sí.

Lo dijo mientras la veía detrás de los cristales de su ventana, expeliendo el humo con aristocrática gracia.

–Dígame Fry ¿al fin se va de viaje?
–Se va, ya tiene las maletas preparadas.
–Las sombras y yo la echaremos de menos.
–Las sombras y usted no importan.
–Usted tampoco, Fry, no lo olvide.

Y volvió a partir. Navegó, la señora marquesa, por un cauce sereno hasta su nuevo destino. Navegó, la señora marquesa, por un cauce infernal hasta su nuevo destino. Fry se había adelantado con el equipaje y la esperaba, impecable Fry, siempre impecable, a la puerta de su nuevo hogar. Apenas si eran las tres de la tarde cuando llegó. Su otra casa, su otro jardín, su otro Todo, la campanilla encima de su vientre subía y bajaba al ritmo de la respiración:

–Despiértelo, Fry: anuncie que ya he llegado.
–¿No prefiere unos instantes de tranquilidad antes de que se desperece?
–¿A vueltas otra vez con los instantes, Fry? ¿A vueltas otra vez con los instantes? ¿Acaso duermen debajo de Todo? ¿Debajo de este Todo peludo y barrigón? ¿Cuántos instantes necesito antes de despertar a Todo? ¿Quién es Todo, dónde está?…
– Dormitando en el jardín, ajeno a la sombras y a su viaje, con su sempiterno traje peludo. No es necesario que se ponga irónica, señora marquesa.
–Despiértelo, Fry.

FIN

Prosa027

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